Un mundo sin abogados

Wos saca un tema con el Indio Solari. En cuanta nota se presentan ambos (muchísimo más Wos que Solari, claramente) no tienen más que palabras elogiosas a sendos trabajos personales; se quieren, se admiran, se idolatran, se reconocen alumno y maestro, aunque hagan música distinta, en contextos distintos y aunque entre ellos atraviese un río caudaloso de generaciones, que se desconocen entre quienes se sienten representados con una o con otra. La conjunción perfecta, armoniosa y extremadamente novedosa entre el clásico y la vanguardia. Wos no hace aquello que hizo el Indio Solari, en su apogeo, de romper con un pasado establecido para pararse desde lo nuevo, que no necesita más que su propia consistencia para poder mantenerse, por el contrario, recurre a los viejos cuadros establecido e indiscutibles en busca de una legitimidad, un honor o una calidad que pretende heredar, desconfiando de su autonomía, o bien, como un acto de adulación que nos cuenta que nada de lo que hace es propio sino que se lo debe a sus predecesores; les entrega su propio mérito. Y los Solari, lamentablemente, ya dejados en un arcón de los recuerdos, vapuleados por una contemporaneidad a la que sus mensajes ya no entran, como habían hecho ellos con los tangueros y afines anteriores, buscan, en el último tramo de su vida, el reconocimiento de generaciones que fueron criadas por las redes sociales. Buscan el éxito perdido, la reivindicación de la franja etaria que fue, la que, en su época, los escuchó, los puso arriba y confió en su proyecto disruptivo: quieren seguir representando a la juventud. En vano, porque los ven como abuelos, como les pasó a los chicos que tienen como ídolo a Messi y Maradona es alguien de otra época, de una que nos les corresponde ni les interesa entender.

El caso no es Wos y Solari, ni mucho menos la puesta en duda de sus talentos que son imposibles de discutir, más aún, en un momento de la música en el que la pirámide se achata. El clima de época es la solidaridad: pueden ser Wos y El Indio o Emilia Mernes y Callejero Fino o Lali y Fito Páez. Somos espectadores de un arte que se presenta como una mezcla de todos con todos en una sociedad idílica de felicidad por la plena comprensión del otro, completamente distinto o de una historia ajena, tirando por tierra todo sentido de polémica, debate, discusión. Vivir en una grieta constante donde el mundo se ha tornado maniqueo y divide sus aguas entre buenos muy buenos y malos muy malos que se detestan entre sí, que encolumnan huestes extremistas donde su único objetivo es el exterminio del opuesto, es realmente agobiante. La polémica se degrada en esta sociedad que polemiza mediante el grito, la pelea desaforada, el argumento del que no se mueve un ápice, o el éxito que se cosecha en el compartir constante de memes; se degrada y cansa, aburre; en la política, en Gran Hermano y la música también, si es que eso existiera. Esta nueva generación de músicos que redujo significativamente la cantidad de palabras en una canción y multiplicó como nunca antes la repetición de otras, vino a cerrar una de las grietas que dicen que nos acosan. Y del otro lado se encontraron con una generación de músicos caídos en desgracia, en abstinencia del reconocimiento perdido, dispuestos a fumarse la pipa de la paz.

Fui criado por la televisión, por eso tengo recuerdos patentes de situaciones que se dieron frente a una cámara y con todo un público atento a la pantalla. No recuerdo el año pero sí la situación: el programa era “Sábado bus”, un coloso estrella conducido por un exitoso Nicolás Repetto; entre los invitados se encontraban dos músicos, uno que podría ser el Wos de aquella época, con todos los reparos habidos y por haber, simplemente lo comparo como una figura nueva, emergente: DJ Deró, un músico que se dedicaba a mezclar música de discos como lo hace desde aquella época hasta hoy Hernán Cattaneo; del otro lado se encontraba quien podría el Indio Solari, también con varios recatos: Pappo Napolitano, un clásico del rock y el blues criollo. Lo que hoy se ha transformado en un meme, en aquel momento se dio en la cena de la mesa circular de Repetto. DJ Deró hablaba constantemente de sus cómo tocaba, de cuándo tocaba, de lo que le excitaba tocar música; Pappo observaba gesticulando desagrado con todos los músculos faciales. Nico, siempre atento a la posibilidad de una polémica en puerta, algo más elevadas que aquellas que nos ofrecía Tinelli en el Bailando entre Amalia Granata y Ricardo Fort, le preguntó a Pappo si estaba en desacuerdo con lo que decía el DJ, a lo que Pappo arremetió con su ya conocido “Conseguite un empleo honesto”. Yo, fiel a mi hambre de estar conectado con la vanguardia, con lo nuevo, enfilé detrás de los defensores de DJ Deró, me indigné con un Pappo que se había quedado viejo para el mundo de la música, que envidiaba el éxito de un joven y que lo odiaba por no tener el mismo recorrido que él había hecho, el único recorrido que creía legitimo para convertirse en un músico. Durante años utilicé la vara “línea Pappo” como aquello tradicional, que había quedado rancio. Tiempo después encontré que lo que ese programa me había dado en una polémica televisiva: había sido una formidable discusión sobre qué era hacer música, si saber tocar un instrumento analógico (por decirlo de algún modo) o la capacidad de saber combinar sonidos y componer melodías, con o sin conocimiento de cómo esos sonidos se generan. Hoy desconozco quien tiene la razón o qué te convierte en un músico, lo que entendí es que esa intervención, quizás violenta, polémica, desató un debate que sólo fortaleció y enriqueció el mundo de los músicos y de aquellos quienes lo consumimos. La discusión en la disidencia es la que ayuda a pensarse, intentar arrimar esas dos posiciones, porque la condescendencia entre ambos, en teoría opuestos, aplana el arte a una única visión la música: todos son músicos, todos son buenos, todos se admiran entre sí; sin variaciones, sin niveles, sin diversidad.

 



El progresismo escrutador, vigilante de todo discurso que se sale de sus propias medidas del bien y que se enarbola en cruzadas epopéyicas para cancelar, acallar o ponerle límites al discurso ajeno, opuesto, ha creado, en parte, este miedo a polemizar. Decir algo fuera de lugar, por más que salga del más profundo de tus pensamientos que se han hilvanado con algún sentido argumental, puede costar caro; mejor es evitarlo. Mejor es vivir en un mundo donde todos nos digamos que nos amamos, que nos aceptemos. Que el Indio Solari no apruebe la forma actual de hacer música, me resultaría más interesante porque podría escucharlo esgrimir sus argumentos, que verlo en odas empalagosas a algo que, cualquiera de su edad y su trayectoria, sólo admiraría por novedad o disrupción. Disrupción que nunca termina de darse porque las nuevas generaciones no quieren romper todo con el pasado y hacer la nueva revolución musical, se sienten más contenidos y con un baño de legitimidad si también hacen odas empalagosas para quienes los precedieron, aunque no sepan muy bien quienes son o lo que significaron para la época. Lo mismo ocurre cuando las estrellas pop hacen de cuenta que no les pasa nada al compartir cartel, escenario y canción con cumbieros del que sólo conocen los números económicos que hacen. De eso se trata: de éxitos económicos; el público de niñas teen de Emilia Mernes con el público villero careta de Callejero Fino; el público joven y progre de Wos con el público viejo que aún conservan el resabio del anarquismo de su juventud del Indio Solari. Todos ganan mucha plata, la música se homogeniza.

Cuando nadie irrumpe gritando que eso que llamamos normalidad está mal, vivimos en la propia fantasía que construimos para nuestra aparente felicidad; el mundo feliz de Aldous Huxley. Creer en una normalidad perfecta con aspiraciones de solidaridad mutua, es evadir los errores que allí se pueden producir. No sé si Solari es el encargado de abrir el debate divorciando el viejo mundo del nuevo como lo hizo Pappo en aquel programa de TV, no soy quien para exigirlo ni tampoco me interesa; simplemente me aburre como artista, como el ícono cultural que fue, que moldeó generaciones. La disrupción no es el barro de “Instrusos” como cotorrerío que simplemente entretiene. Jean Paul Sartre escribió un libro entero de ensayos para explicar por qué su otrora amigo, Albert Camus, estaba equivocado en su política de silencio. Puede que algunos estén con Sartre y otros con Camus, pero en el medio de quienes están de un lado y otro, existe un debate que los obliga a pensar, defender y convencerse de su posición; lo que parece una riña de gallos, es un espacio en el que se piensa qué intelectuales o qué músicos o qué políticos, se quiere.

La cultura de la cancelación veta ciertas discusiones bajo el lema de “No se discute con…” nazis, homofóbicos, negacionistas, racistas, o cualquier otro movimiento que se encuentre mal visto por no seguir los cánones de la época. Discutir, se discute con todos, incluso con aquellos cuyos argumentos están basados en falsedades o sensaciones; son justamente los argumentos más fáciles de derribar. Sólo que para eso es necesario saber debatir, y en una educación retraída y una conducta social marcada por el ritmo efímero de las redes sociales, pocos lo saben; repiten dos o tres conceptos que puedan resumirse en una frase con el suficiente punch para transformarse en máxima; bastante lejos de aquello que conocíamos como aforismo y de lo que es una polémica. Pretender llevarse bien con un opuesto o evitar el debate porque lo bien visto es que todos, como sociedad, nos tomemos de las manos alrededor de un fogón y cantemos “una que sepamos todos”, es un acto de pereza intelectual tal como decir “No se discute con…”.

Hace unos días el amigo íntimo y biógrafo del presidente Milei, Nicolás Márquez, en entrevista con Ernesto Tenembaum opinó enfática e insistentemente sobre la homosexualidad y arrojó una cantidad de estadísticas que pretendían aseverar que la homosexualidad es una enfermedad, un acto infeliz, propenso a las drogas, al suicidio, al SIDA y que además tienen menos expectativa de vida. Datos, que tomados al azar y sin un mínimo de contexto, pueden ser ciertos (afirmaría que son ciertos, aunque disiento diametralmente en sus tesis) pero no tienen el espíritu de abrir una discusión para que pensemos, entre todos, qué hacer y cómo tratar la homosexualidad en el mundo, o al menos, en nuestra quinta. Espíritu que tampoco tuvo Tenembaum, ni Straccia, ni Gravia, ni Segovia; todos, absortos ante tamañas declaraciones, dejaron invadirse por la indignación, el asco, la virulencia que emitía con la palabra; y el enojo nunca es un argumento. Cuando alguien recibe algo que considera insulto, se devuelve con otro insulto; el debate se achata, se transforma en la pelea arreglada de vedettes para llenar minutos de los programas de Jorge Rial, antes de su epifanía político social. Enojarse con la opinión del otro, aunque sea violenta, ignorante o poco fundada, no es debatir, es riña.

Uno o dos días después, el filántropo Manu Lozano de la Fundación Si compartió en la radio que tiene una columna semanal, una carta abierta, no sólo confesando su homosexualidad sino contando cómo, alguien que está en mi generación (alrededor de los cuarenta años) sufrió su homosexualidad porque tuvo alrededor un entorno que le hizo creer eso que decía Márquez días atrás: que la homosexualidad es infelicidad. Contó con detalles como incluso profesionales lo instaban al suicidio. Graficó con pocas pinceladas los motivos por los cuales es cierto que los homosexuales caen en drogas, suicidio o descuido en el sexo: porque hay un mundo afuera que nos fustiga, que nos quiere hacer creer, a base de estadísticas, que no podemos felices como Márquez dice que es un heterosexual. Manu Lozano no es un formidable intelectual, simplemente tiene algo que pocos cuentan hoy, que es la capacidad de poder esgrimir un argumento sin tener que gritar o dejarse llevar por la indignación; se entrega al debate, aún cuando del otro lado hay alguien que su opinión es calificada como “discurso de odio”: un sintagma que también denota pereza intelectual porque asume que quien emite ese discurso habla desde el odio y no desde su profunda convicción; cuando, en realidad, quien se deja llevar por el odio es quien anula ese discurso por calificarlo previamente sin debatirlo. Anulan a su contrincante intelectual entendiendo que su discurso está moldeado por una intención maligna que pretende esparcir el odio en la población.

Los libertarios que tiene como gurú filosófico a Nicolás Márquez y a Agustín Laje, ganaron las batallas intelectuales con su lema “Dato mata relato” y se embarcaron a debatir con quienes se le presentaran en frente escupiendo una cantidad de datos inexorables, imposibles de refutar. Demostraron que no había habladurías sino una percepción bastante concreta de la realidad. Debatieron; y lo hicieron hasta el cansancio, y cuando del otro lado tenías a los Insaurralde, su argumento se volvía, en apariencia, incontrastable. La suma de la indignación, la anulación del argumento acusándolo de ser construido sobre bases de odio y con el objetivo malévolo de sembrar el odio y la retirada del debate por estas cuestiones hace que entonces prime un discurso que, desde lejos, se lo nota flojo de papeles (tuve la suerte, o desgracia, de leer los libros que Márquez y Laje han escrito con sus teorías y es impresionante la bajísima calidad académica que tienen, todo son sensaciones y experiencias personales o las que les contó un amigo). A los llamados “discursos de odio" se los combate del mismo modo que los libertarios acribillaron a datos a la falacia de un Estado y una política que nos mejoraban la vida: debatiendo. Si nos dejamos apichonar por cuatro datos tirados al aire sin contexto y no los ubicamos, los repreguntamos, desconfiamos de la veracidad, no va a existir el debate. DJ Deró no se indignó con el argumento de Pappo, explicó qué era lo que él consideraba que lo transformaba en un músico y pelotearon argumentos en busca de una respuesta que, al final, ninguno tenía. Y entre los Márquez y los Tenembaum o los Lozano, tampoco la hay. Lo importante son las búsquedas que hacen de esas respuestas que la humanidad no tiene. Pensar que Platón y lo sofistas no hicieron su trabajo al pedo, para que hoy lloremos porque alguien nos revolea un meme o un reel y creemos que está odiando.

Siguiendo la sucesión de hechos, a los días de la presentación en la radio con Tenembaum y luego de la carta abierta de Manu Lozano, Márquez presentó su libro en la Feria del libro, aludiendo a que ese entorno, el mismo que hace, por lo menos siete años, le viene dando su espacio, le era hostil. Nadie revisa presentaciones anteriores en la Feria del libro; gana la afirmación de Márquez. El progresismo que levanta el dedo para señalar el discurso de odio que debe ser censurado, se preocupó en nimiedades como qué opina un millonario hollywoodense como Vigo Mortensen o cuánta gente estuvo presente en la presentación del libro de Márquez, porque en este, que es el progresismo más loco del mundo, la lógica que importa es la de la acumulación: la del más es mejor; más es validación, es verdad. Difícil sostener el mismo argumento cuando casi el 60% de población eligió a Milei ¿más es mejor? Como si fuera poco, a la señalación moralista, se la acompaña del intento de callar las voces que no gustan y afuera de la sala donde se presentaba el libro, un grupo, en evidencia mayor al que se encontraba adentro, protestó por su presentación al grito de “Los discursos de odio no son literatura”.

Más allá de que el intento de censura de un discurso, por pereza de debatirlo, sólo lo vuelve más fuerte gracias a la victimización, en estos tiempos dónde la realidad es un acto efímero que se da entre el gap que dejan noticias de alto impacto que puedan transformarse en historias para aclararnos a nosotros mismo qué pensamos, aunque no lo podamos sostener. Nicolás Márquez será reemplazado por la “ley bases” o algún otro golpe de efecto nuevo. El problema es que Nicolás Márquez no es un ente autónomo del mundo que tiene ideas intrincadas de la sociedad, sino que es el producto de una sociedad que lo sostiene hace muchísimos años y que llena grandes auditorios lejos de las radios de Palermo con periodistas sensibles. Recorriendo librerías en el exterior, en Latinoamérica, pero en Europa también, he visto los libros que escribía, los que había leído varios años atrás, traducidos en distintos idiomas y ante mi pregunta a los libreros (otra de mis actividades favoritas: hablar con los libreros) de por qué estaba a la venta un libro tan viejo como “El libro negro de nueva izquierda” las respuestas siempre fueron “Porque son los libros que más se venden”. Es cómodo escuchar lo que tienen para decirnos los periodistas de la zona más sensible y progresista de la ciudad más acomodada, tranquila y rica de un país pobre que arrastra, hace casi un lustro, una pobreza infantil que supera la mitad de la población, en detrimento de lo que tiene para decirnos nuestro vecino al que le robaron cinco veces en un año y piensa comprarse un arma; pero no siempre nos ayuda a elaborar diagnósticos acertados. Creer que el discurso de Nicolás Márquez es un discurso hecho a medida para diseminar el odio en la población hacia, por ejemplo, las minorías, es la conformación ilusionista que los mismos que ya, una vez, eligieron mirar a otro lado aludiendo “fingir demencia”. Márquez no se erige como un revelador de la verdad, simplemente es el que mejor puede exponer aquello que piensa una sociedad que elegimos no ver porque estamos ocupados escuchando qué piensan en Palermo de la situación del país. El discurso de Márquez estaba antes que Márquez y se mantuvo inalterable durante toda la fantasía que una mera ley ampliaba derechos, mientras el agua potable era un lujo y los chicos nacían en familias de abuelos que nunca habían tenido un trabajo formal; tanto, que una persona de casi cuarenta años, como Manu Lozano, se crio en un hogar que parece del siglo XVII. Márquez es la síntesis de un pensamiento que se encuentra entre nosotros, mucho más de lo que lo imaginamos, e intentar callarlo es nuevamente “fingir demencia” y recuerden que la última vez que fingieron demencia ante un dólar que pasaba de $100 a $1000 y una pobreza que pasaba de 30% a 60%, mientras en Olivos hacían fiestas y en los hospitales la gente moría en habitaciones solos como en las épocas del desconocimiento de lo que significaba la lepra, ganó un personaje que estaba fuera del radar de las posibilidades que contemplaba Palermo y sus conjunciones solidarias entre poperas y cumbieros, traperos nuevos y rockeros clásicos.

Sofi Martínez, cómoda en el ambiente que provee Andy Kusnetsoff, cuestionó la responsabilidad de Ernesto Tenembaum al exponer un discurso que tanto hería y ofendía su moral y la de todos sus pares que considera que son una población abrumadora porque a la salida de la radio la espera mucha gente. Floja fue la defensa que hizo Ernesto sobre su labor, que le dio luz a un mundo que no se ve y que cuando se hacen visibles, pretenden apagarlos bajo el paraguas del odio. Yo quiero que más discursos masivos que desconozco salgan a la luz, para no llevarme sorpresas posteriores, y quiero salgan más Manu Lozanos a debatir, quiero más Pappos que enfrenten a los DJ Derós, más Sastres en contra de Camus, porque la idea que todos se admiran entre sí, no sólo es aburrida y aplana la vanguardia intrínseca del arte, sino que, además, nos hace creer que vivimos en una realidad que no es tal.

 

Publicado por Juani Martignone.

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