La apropiación del lenguaje

Somos lo que comemos; también somos lo que decimos, cómo lo decimos y cuándo lo decimos. Si decir está estrechamente asociado a leer, en un país donde cada vez menos gente entiende lo que lee y los que leen, leen cortito, cortado y simplificado, es lógico que cada vez se hable más simple, con menos palabras, empastado y buscando expresiones foráneas por desconocimiento del propio lenguaje. Leer, escribir y hablar se volvió una operación simple e insulsa, como nuestra dieta basada en carne roja, pollo, harina, cebolla, papa, tomate, manzana y banana. Si el funcionamiento de nuestro cuerpo se adivina por la dieta tenemos, el funcionamiento de nuestras ideas se deduce por cómo hablamos, cómo escribimos, por lo qué leemos y no importa si eso que leemos es aquello que confirma nuestra idea preconcebida, esa es otra discusión no menor, lo que importa es la complejidad de lo que leemos. Si nos vamos de un lado, no es lo mismo leer a Mario Wainfeld que leer a Jorge Rial; y del otro lado, no es lo mismo leer a Jonathan Viale que leer a Carlos Pagni. Depende qué elijamos leer, además de indicar la ideología, también indicará la complejidad con la que desarrollamos esa ideología. El lenguaje utilizado por las personas deschava su operación intelectual.

El paradigma actual impone mediante la fuerza implacable de la moralidad con la que nos educa Instagram, la obligación a expresarse constantemente en cada temita que bulle en la murga diaria, para que, además de mostrar nuestra carita y nuestro cuerpito y nuestros consumos con fotos llenas de filtros, también mostremos de qué lado de la mecha nos encontramos, y el lenguaje, es tan jodido, que nos expone aun cuando queremos jugar la carta de la imparcialidad, la equidistancia que no tenemos. El lenguaje también es el refugio de los cagones que sienten el impulso de posicionarse sin posicionarse, que ante el mínimo arrinconamiento contra pared, vomitan un manojo de frases hechas que cristalizan la tibieza de la que vienen; cuando dicen “me importan todo, lo de un lado y lo del otro, veamos todo” ya no hay discusión posible, es más fácil que se quede consumiendo memes de positividad tóxica o reels de Rolón con Kusnetzoff emocionado y pueda encontrar las respuestas que busca en ese mundo de filosofías baratas y zapatos de goma.

Las palabras que elige nuestro complejo proceso mental desnudan nuestras más oscuras intenciones, como actos fallidos que se expresan con una sola palabra, pero también revela la pereza intelectual, la adquisición de términos por absorción de lo que uno consume; de la misma manera que de grande uno se ve repitiendo frases de su madre porque cree que así lo piensa, también se encuentra repitiendo lo que dicen aquellos con los que nos informamos, repiten “ajuste”, repiten “casta” sin el mínimo detenimiento a debatírselo internamente para entender exactamente cual es el lado en el que se posicionaron, lo importante es posicionarse del lado de los buenos como si el mundo se dividiera entre Caperucitas y Lobos.

Las guerras que se libran con armas necesitan sustentarse en la retórica para algo fundamental en toda guerra: el apoyo popular o, de mínima, la indiferencia. Las palabras que se usan para explicar cualquier conflicto nos posicionan, aunque no queramos; el verdadero lenguaje de guerra. Hablar de la “proscripción de Cristina” te ubicaba dentro del esquema mental que la misma Cristina había pensado para entender por qué ya no había medios que la adulen como 678 y que el 54% de los votos ahora apenas arañe un 25%. El conflicto de medio oriente, que tan interesado tiene a quienes se escandalizan siempre que en un acto vil hay judíos de por medio y no se escandalizan cuando son chinos, rusos, rusos o norcoreanos, también se adivina a través de las palabras que se supieron conseguir quienes dicen defender al pueblo palestino para justificar la matanza a mansalva, la crueldad, el morbo, la violación y vejación como armas de guerra; usan la palabra “resistencia” para justificar a un pueblo que, del mismo modo que un animalito sin raciocinio, sólo encontró en la violencia y crueldad terrorista la única forma de resistir a un vecino que los ocupa y que los hostiga, pero que todo su alrededor pretende su desaparición completa; no hay país (o lo que sea que fueran esas teocracias que abusan de los derechos humanos) en la región que no quiera hacer desaparecer por completo al Estado Israel y si es posible a todos los judíos del planeta; completar una shoá inconclusa.

Resistencia fue la palabra usó Norman Briski en su discurso en los Martín Fierro de cine y no queda claro a qué se refería, si resistir a los judíos, si resistir a los ataques de Israel, si resistir al gobierno de Hamas que usa a sus civiles de escudos humanos y los expuso frente a un Estado israelí que parece no entender de razones y buenos modales y pretende cargarse a todo aquel que exprese su judeofobia más allá de las palabras, es que en un mundo donde tenemos Estados católicos, Estados islámicos, Estados taoístas y Estados laicos, pretender que no haya un Estado judío es un acto de judeofobia. Hasta antes que Norman la pronunciara, la palabra “resistencia” era la forma de justificar todos los excesos del pueblo palestino, sin matices; violan judías porque resisten. Hablar de resistir aun cuando tenemos al alcance de la mano los videos de cómo terroristas de Hamas metían bebés dentro de microondas, es posicionarse de un lado, haciendo de cuenta que sólo buscan la paz o un guerra más justa, cuando en realidad sólo les conmueve los que le dicen los imanes y lo ayatollahs que después de mandar a colgar más de 200 homosexuales por día y extirpar los clítoris de todas las niñas que nacen bajo sus dominios, nos pasan un número de civiles muertos que no se atreven a debatir o al menos a dudar.

 


El esfuerzo que se usa para justificación aun de un actor horrible en esta guerra, pero que, por lo menos, se enfrenta a los judíos, no sólo descubre un grado alto de antisemitismo en sangre sino que, en este afán de ganarle una guerra los cerdos que usan kipá, vacían de sentido palabras que fueron concebidas como un extremo y que hoy se ablanda, haciéndonos nadar en un mar tibio de palabras en el que “genocidio” puede significar matar entre un millón (la Ruanda hutu) y seis millones (la Alemania nazi) de personas por cuestiones netamente raciales o matar un número de personas que asegura un grupo terrorista por cuestiones netamente políticas, como sucede cada vez que se desata una guerra; o que “apartheid” signifique una ley que imparte diferencia entre la población según su origen racial (Sudáfrica desde la colonia inglesa a los años ’90) o una sociedad prejuiciosa contra una población según su origen racial (Estados Unidos con los latinos, Argentina con los bolivianos). Todo vale en este juego de defensa retórica en la que sólo se puede concebir la lógica opresor/oprimido sin agregar capas de complejidad y apropiándose del lenguaje para terminar bastardeándolo. En este camino los niños del mañana denunciaran un sistema de apartheid en sus propios hogares porque sus padres opresores tienen favoritismos con algunos de hijos y siempre creen que el que más cagadas se mandó es el culpable de todo.

 

Publicado por Juani Martignone.

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