Los peligros de marchar con el peronismo
En el esplendor del kirchnerismo desplegando al máximo todo su poder, antes de subyugarse a la derecha conservadora de Scioli, Massa o Moreno o la ineptitud de Alberto o Máximo, la batalla cultural era bastante sencillita y era sólo una cuestión de imagen; lo mejor que pudieron dar en doce años con momentos de bonanza económica y apropiación de cajas millonarias. Lo importante no era ser sino parecer, algo así como la ilusión bobalicona que tuvieron las mentes más escolarizadas del país al creer que si hablábamos lenguaje inclusivo una persona trans iba a llegar a ser gerente de una multinacional. Sumado al incipiente crecimiento que empezaron a tener las redes a mitad del kirchnerato, la militancia pasó a ser una foto que todos vean, que demuestre el banquito moral en el cual uno se paraba para mirar al resto, y todo lo demás, todo lo que no se veía ni expresaba públicamente cual figura de interés público, el aparato cultural del kirchnerismo lo ubicaba en el extremo opuesto. Ejemplo: si uno no posteaba una imagen el 24 de marzo con un pie de foto lacrimógeno y luchón significaba que estabas del lado de los genocidas, que querías que vuelva la dictadura, que dudabas de la desaparición de personas por parte del Estado. Todos caímos en esa: publicamos fotos para mostrarnos mejores que el resto y nos acusaron de ser el pus de la sociedad, la mierda que se acumula adentro, por no alinearnos orgánicamente al gobierno de aquella época.
El kirchnerismo no sabe jugar de otra manera la batalla
cultural, y ese es hoy el error que no lo hace despegar como una verdadera
oposición de masas. La sociedad cambió, la política tradicional no, y mientras,
siguen dando piñas en aire con debates que agotaron toda la paciencia del tipo
que creyó en la justicia social como le pidieron, votó a quien le pidieron y
cada vez está peor o su economía tiene una inestabilidad tal que depende que
quien gobierne para ver si va a poder carne una vez por semana o no. A su vez,
el peronismo y su ambición patológica por ocupar el poder, aprovecha cualquier
instancia que se presente para relanzarse, para mostrarse del lado bueno de la
historia, para despegarse de todo lo que aportaron para vivir en esta sociedad
rota, para tratar de conseguir nuevos feligreses que repliquen sus discurso con
reels de Instagram y volver, siempre volver; mejores o peores, pero
volver; el combustible perfecto para el relato libertario: cuando se quejan del
gobierno de Milei, no se quejan porque pierden algún derecho sino que se quejan
porque no están en el poder; “causas nobles, motivos oscuros” resumirá el
presidente.
La marcha por la educación fue el ejemplo perfecto de cómo
vivimos en dos argentinas que ni siquiera debaten, se miran para adentro.
Quienes marcharon ven en su acto un hecho de compromiso, de defensa de algo
justo que los trasciende, ven filantropía pura expresada en un clamor popular
que va desde la señora de Recoleta que cacerolea con las Essen hasta su
empleada doméstica que se tomó tres colectivos que casi no puede pagar. Quienes
no marcharon y se nutren de las imágenes con las que otros militan, ven a
Moreno reconciliándose con Massa, a sus militantes cantando nuevamente “Vamos a
volver”, al guardaespaldas matón de Lousteau, al que le ceba mates a Massa para
impostar esa imagen de tipo común que no es, ven que a un tipo como Larreta que
siempre fue taxativo con el tema lo escrachan y lo echan por el pecado de no
ser peronista y ven una manga de privilegiados que, palabras más, palabras
menos, dicen que quieren que la universidad sea gratis para los negros que no
la pueden pagar. Massa y Moreno no saben lo que es estudiar en una universidad
pública porque tanto ellos, como sus hijos, eligen las privadas; Larreta, el
escrachado, se recibió en la UBA que todos los demás defienden con ahínco. La
caricatura del rico, del que puede elegir, haciendo caridad con el que no puede
elegir; el rico que se cree que por su condición de rico le puede explicar al
pobre qué es lo importante. Todos ganan, todos se sienten satisfechos; nada
cambia.
La batalla cultural libertaria es hija de la batalla cultural kirchnerista. De la misma forma que Cristina se peleaba con Sabat porque había dibujado una caricatura (básicamente lo que hacía), Milei se enoja con Lali por cantar una canción (básicamente lo que hace) y divide a la sociedad y el mundo entre los buenos y los malos siendo buenos los de su lado y malos los de en frente en función de aquello que se pueda mostrar en las redes; kirchnerismo 2.0. De la misma manera que nos decían Clarín te lavó la cabeza por no creer que la inflación no era del 5% ni que la inseguridad era sólo una sensación, hoy nos dicen que si estamos a favor de la causa de la educación pública es porque escuchamos a periodistas ensobrados, gente que sólo emite un discurso porque le pagan, porque a la hora de manifestar eso que militan en público, en sus vidas privadas, nunca lo eligen; y lo peor, casi nunca se equivocan y el relato crece y el debate se aplana, se hace fácil y predecible y de repente nos tenemos que topar con gente que nunca pisó una universidad diciéndonos que la marcha por la educación es para defender los curros de la Universidad de la madres; difícil desarticular estos discursos que no tienen una base mínima, que son replicadores sin echar siquiera un vistazo antes, y es difícil hacerlo sin tener que, en algún momento repetir los discursos de la oposición que quedaron viejos, y qué, como sucedió durante el kirchnerismo que se podía decirle a Magdalena Ruiz Guiñazú pro dictadura por no alinearse a ellos, hoy el mileísmo te etiqueta como kirchnerista si te parece que desfinanciar la educación es una política vil que pretende ajustar a costa de hacer a la población más y más ignorante.
Es de necios no entender la situación compleja en la que
vivimos, que no hay plata para financiar desde el Estado aquellas cosas que
antes sí, pero es necesario que como Estado haya algunas prioridades. De todos
los gastos que el Estado tiene ¿es más prioritario que el presidente viaje al
exterior para participar de eventos no oficiales sino partidarios por encima de
la educación o las jubilaciones? ¿También está por encima mantener el salario y
el gasto de un vocero presidencial pendenciero que hace las veces de ministro
de propaganda, que es el fin con el Alberto Fernández creó la posición? ¿y
bienes personales y planchar el dólar? Al parecer cualquier cosa que mantenga
como casta al partido libertario es más urgente que la educación, y es posible
que ese sea su relato, la libertad económica y mundo financiero están siempre
por encima de darle a la población una educación de calidad o una vejez más o
menos tranquila para quien trabajó los últimos treinta años de su vida. Estamos
frente a un cambio de paradigma que no estoy tan seguro que los votantes de
Milei no deseaban ni tampoco lo vean: dejamos de ser el país de Latinoamérica
más alfabetizado para ser el país en el que la educación no es prioridad,
cuando los chicos que salen del colegio secundario, público o privado, sin entender
lo que leen. Ciento cincuenta años de una línea de conducta para tirados a la
basura de historia para resistir con aguante este ajuste y soñar que mañana sí
vamos a poder pagar la luz porque así lo prometió El Javo, el que no viene del
mundo de políticos corruptos, el distinto, el que dice la verdad de la
milanesa, el que no nos miente, el inteligente, el que está tan enojado con los
que nos hambrearon como estamos nosotros. Y así con esa vehemencia e ímpetu
están dispuestos a militarle lo que les pida sin mínimo análisis previo.
Decir dos o tres verdades no significa que tengas razón.
Los libertarios, producto de una educación pauperizada que hoy desprecian o la
asocian con “los curros de la Universidad de las madres”, no entienden
esto; escuchar a alguien que dice una verdad crea en ellos la idea de alguien
que entiende mucho más que ellos, que entiende por encima de ellos; y como a
todo Mesías, no se le discute, se le rinde pleitesía (algo similar a lo que
sucedía con quienes se arrodillaban frente a Cristina por ser una magnífica
oradora). Es verdad que hay oportunismo en el uso de las marchas que reclaman
por la educación, el recorte más grande a la educación universitaria desde la
vuelta a la democracia lo hizo el otrora ministro de economía Sergio Massa, que
hoy se mete, a cara de perro, en la marcha por las universidades que él
desfinanció, tomando mate y con un público que lo arenga pidiéndole que vuelva.
Esta sola imagen frente a los datos duros de la gestión Massa/universidad
pública le dan la razón a Milei y entonces gana la batalla. No es importante
que algunos siempre alertaron los problemas de la universidad pública, ni
siquiera es importante que desde el 2017 yo mismo haya escrito en este espacio
más de veinte veces sobre todas las falencias que de la universidad pública; lo
importante es que cuando vayas a hacer una marcha multitudinaria lo hagas sin
mirar al gobierno de turno, porque cuando más sufrieron se callaron para no manchar
la imagen de quien podía ser el próximo presidente y hoy saltan escandalizados
porque Milei quiere enfatizar el sistema ajustador de Massa. A simple luz del
día todo queda pintado como que sólo se van a quejar cuando no gobierna el
peronismo, un axioma que no es real, pero la contundencia de la evidencia lo
fortalece.
El sistema educativo francés es bastante parecido al
argentino, hoy con internet no es difícil enterarse e interiorizarse aun sin
hablar una palabra de francés, de este mismo es que uno puede ver cómo son las
marchas educativas en ese país. Cuando vi por primera vez en los diarios una,
me sorprendió que, a diferencia de las nuestras, no tenían columnas de partidos
políticos con sus banderas, tampoco eran tan importantes los alumnos y los
docentes; quienes la lideraban la marcha eran los padres de los alumnos, gente
que se preocupaba por la educación que estaban recibiendo sus hijos
independientemente del partido político oficialista o de ser parte de ese
sistema educativo; era una sociedad pidiéndole a un gobierno que mejore el
Estado sin instituciones partidarias o involucradas como intermediarias. Es una
batalla difícil cambiar el modo ver el mundo que tiene Milei, quizás sea el
momento de cambiar nosotros y hacer oposición con otros métodos, con uno que no
le dé letra para seguir favoreciendo el discurso de que defendemos casta cuando
sólo queremos educación.
Publicado por Juani Martignone.
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