Teoría de los dos Estados y los dos demonios
Ante problemas complejos la tentación está en las resoluciones simples. Una teoría conspirativa anula toda circunstancia por un único plan malévolo y en una teoría de los dos demonios todos son culpables. No existen las discusiones ni las sutilezas. Pero aun en el planteo de Ernesto Sábato, hoy bastardeado, sobre un demonio de ultra izquierda y otro de ultraderecha, respecto de lo vivido en los años ’70, marcaba diferencias: el Estado era más culpable. Sutiles diferencias que empujan a la toma de una posición.
Un
procedimiento habitual que hacemos cuando somos apenas unos infantes es la
equiparación para justificarnos. Nada de lo que yo hiciere podía ser tan malo
si mi hermana también lo hacía. En esa lógica, no hay infracción si todos
cometen infracciones. De adulto las ideas deberían empezar a tallarse y a
mostrar vetas más complejas. Cuando la visión se hace integral de algo en lo
que a priori todos son culpables, todos tienen un rasgo de maldad y a la vez,
buenos motivos, la toma de posición implica un trabajo más fino, requiere la
capacidad de dilucidar cuál es ese límite que lo vuelve más culpable que el
otro.
La
teoría de los dos demonios, conocida en Argentina por la última dictadura
militar, plantea una lucha entre dos iguales. Iguales porque ambos bandos
decidieron librar una “guerra” con la misma herramienta. El terrorismo es un
modo de ejercer una lucha que puede tener un propósito legítimo, pero no legal:
ninguna de las leyes que conocemos en el mundo occidental son tenidas en
cuenta, ni derechos humanos mínimos ni cumplimiento de acuerdos, todo vale; el
propósito es hacer que tu enemigo te tenga terror, ya sea, aplicando el
sadismo, lo macabro, la pulsión animal de venganza, el odio, la exacerbación
del goce del sufrimiento ajeno o cualquier cosa que genere el temor para
mantener a otro a raya. En nuestra historia de los años ’70, ambos demonios
practicaban el terrorismo con objetivos que pueden llegar a considerarse
legítimos, no así legales. Un civil puede estar fuera de la ley y lo que
corresponde es que pague por esos delitos como las leyes que el Estado impone,
indica; un Estado no puede estar fuera de la ley que el mismo Estado promulga.
Ahí, en esa sutileza, en ese intersticio, es que se aloja la culpabilidad del
Estado argentino entre 1976 y 1983 por encima de cualquier delito, incluso
aberrante, que haya podido cometer un civil o un grupo de civiles.
El
debate sobre las guerras entre demonios siempre tiene su eco en la ilegalidad.
La legitimidad es menos discutible cuando las causas contemplan argumentos
considerables. Aquello que queda fuera de la ley es el delito condenable. De
esta índole es el conflicto que se libra en Medio Oriente: un Estado
democrático que desata una guerra tradicional contra un Estado gobernado por
una agrupación terrorista que ejerce el terrorismo como método de guerra;
métodos completamente incompatibles en términos occidentales. Digo términos
occidentales porque si algo hemos aprendido de guerras anteriores que los
orientales tienen otra concepción de la vida, del bien y el mal y por lo tanto
otra concepción de lo que es un delito o un hecho moralmente condenable. Fue en
la segunda guerra que nos enteramos que los japones podían ser kamikazes porque
los llenaba de orgullo, algo que en términos occidentales es inconcebible de
pensar hasta el día de hoy.
El
Estado de Israel peca, además de ser un Estado judío, de ser el único Estado
democrático en toda la región; el único pedacito de tierra, ubicado en un punto
neurálgico que tiene los mismos usos y costumbres que Europa, América, Oceanía
y parte de África. Usos y costumbres incompatibles con los habitantes de la
región, una cultura que ofende a sus vecinos. Del mismo modo que sucede en
Francia con la inmigración, para un musulmán es una aberración ver a una chica
de veinte años con minifalda en una esquina de la ciudad a las tres de la
mañana doblada de la borrachera y las drogas, los insulta, insulta sus
creencias, su religión. ¿Cómo no va a insultar a todos los países islámicos
circundantes un Estado en el que se hace una de las marchas del orgullo más grande
del mundo como la de Tel Aviv?
Esa
es la diferencia sustancial que legitima el reclamo del pueblo palestino, la
diferencia cultural, esa que no les permite la convivencia en ninguna de sus
formas con un vecino que, con sus actos, insulta todo el tiempo su moral. Los
conflictos territoriales intentaron resolverse cuando la ONU instó a crear dos
Estados equitativos en territorialidad y condiciones para que los pueblos que
habitaban esas tierras pudieran tener sus propios países: un Estado para los
judíos que allí vivían, que consideraban su tierra ancestral (territorio de la
antigua Judea) y que son una nación que desde siglos no tiene derecho a un
territorio; y otro Estado para el pueblo que también allí vivía y que se formó
tras la caída del imperio otomano en la primera guerra mundial y bajo la tutela
británica crearon un pueblo al que llamaron palestino y vivieron ahí,
trabajaron ahí, y ahí se encuentra su descendencia y ascendencia. Pero como la
legalidad no es lo mismo para un occidental que para un oriental, al día
siguiente de ese pacto firmado en 1947 el Estado palestino y todos los países
árabes circundantes a la zona en disputa reclamaron todo el territorio para el
pueblo árabe y desde ese momento el conflicto llega hasta hoy; un conflicto que
no es territorial, sino cultural. Como occidentales no podemos concebir que no
exista un punto de convivencia con alguien distinto; como orientales no conciben
que alguien no se encomiende ante una única ley de un único Dios.
La
legitimidad de los pueblos árabes e israelí es válida en ambos casos y un
conflicto de esta índole, los occidentales, sabemos arreglarlo sólo de manera
legal, de la misma manera que lo arreglamos cuando nuestro vecino construye su
casa sobre terreno que nosotros consideramos propio: podemos sacarlo a los
tiros, acto que veríamos como bárbaro e injusto, o podríamos hacer lo que se
hace, recurrir a la ley para que defina el límite. Me he preguntado ¿en serio
los palestinos son tan bárbaros que no pueden llegar a un acuerdo diplomático
que tienen que ganar su postura violando mujeres? Y la respuesta es meramente
cultural, como los kamikazes. Cuando vemos las imágenes del espectáculo del
terror que monta el gobierno palestino para la entregar cuerpos enemigos y
vemos a un pueblo como espectador festejando la barbarie, nos cuesta
entenderlo, porque lo que es barbarie para nuestra cultura, para la de ellos es
justicia y entretenimiento.
El 20 de febrero de 2025 terroristas de Hamás que lideran el gobierno en Gaza, con sus caras cubiertas, dijeron entregar los cuerpos de la familia Bibas con una puesta en escena macabra dónde se arengó con féretros en un escenario y la imagen de un Netanyahu diabólico acusándolo de terrorista. Luego se supo que los cuerpos de los niños habían sido mutilado y vejados y que el cuerpo de la madre no correspondía a ella sino a otra persona.
Sólo
puedo pensar este conflicto como quien soy, una persona occidental que se crio
bajo la cultura occidental y que, con todos sus defectos, elige esa cultura y sus
valores porque, como me crie en ellos, los considero mejores que el resto:
considero la democracia como el mejor sistema de gobierno, considero que los
derechos humanos están por encima de cualquier ideología o propósito más
grande, creo en la convivencia entre las distintas culturas e historias, creo
en que el respeto a las leyes es lo que nos hace convivir sin matarnos y creo
que el terrorismo es un herramienta condenable que no debe ser usada para
dirimir ningún tipo de conflicto, y por supuesto, creo que cuando es un Estado es
el que ejerce el terrorismo, ya sea el de Argentina en los años ’70 o el Estado
Palestino hoy, tiene mayor culpabilidad.
El
Estado de Israel podrá ser juzgado por crímenes de guerra, por infringir una
legalidad que internacionalmente se impuso, y si es culpable, deberá pagar por
ello. Hamás, en nombre del Estado Palestino hace la guerra fuera de todas las
reglas conocidas, lo hace ejerciendo el terror. Sólo podemos juzgar aquel
espacio que es reglado, que es conmensurable y comprobable; difícil es juzgar a
quien no juega dentro de ese espacio.
Incumplir
las reglas es una posibilidad en cualquier Estado democrático, pero lo que es
seguro, es que Israel culpable o no, se resolverá bajo la ley. Un pueblo puede
equivocarse, puede estar enojado, harto y elegir a un Netanyahu o a un Milei
para que termine con un mal que los acecha hace mucho tiempo, pero eso solo no
lo vuelve un Estado genocida. Entender un Estado democrático es entender que es
un Estado imperfecto, que comete errores, que está en constante conflicto pero
que aun así es mejor que cualquier Estado terrorista.
La
exigencia desmedida a Israel al cumplimiento de la legalidad que a Palestina le
pasa por el costado, es la exigencia que se le aplica a todas las minorías;
porque el judaísmo es una minoría. Es una forma velada de hacerte pagar el
derecho a que los demás te toleren; los gays sabemos bien de estas exigencias,
las chicas trans mucho más: nuestra visa para vivir como iguales en una
sociedad en la que somos minoría es ser completamente perfectos, una palabra de
más, un gesto errado, una equivocación, será siempre culpa de nuestra
condición, desnudará la fobia que nos tienen.
¿Por
qué nadie habla de un Estado genocida cuando vemos lo que hoy mismo hace
Estados unidos en Yemen? ¿o los crímenes de lesa humanidad que comete el Rusia
en ucrania? ¿o los desastres humanitarios y violaciones de derechos humanos que
comete el Irán en Siria? La respuesta es porque no son judíos. El antisemitismo
vivo en argumentos de liberación y opresión; el antisionismo, que brega la
izquierda argentina, que se opone a que el pueblo judío tenga derecho a tener
un Estado y no depender de otros esclavizado como lo pasaron durante 5.000
años, es otra forma de antisemitismo. En el fondo es esa la única discusión.
Elevar la vara de la legalidad a un Estado por ser minoría mientras se avala o,
en el mejor de los casos, ni siquiera se mira que del otro lado circula un
terrorismo de Estado rampante, es un acto de odio racial, y como occidental que
soy, me veo obligado a condenarlo.
Publicado por Juani Martignone.

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