Hipersexualizados célibes
Las cantantes que escuchan las niñas ruegan por sexo en sus canciones. Las cuentas de Onlyfans se derraman hasta llegar a tu verdulero. Los contenidos utilitarios en redes se esfuerzan por exacerbar los bultos y los escotes por encima del producto mediocre que venden. La tasa de natalidad baja y todos los sondeos indican que los jóvenes tienen al sexo entre sus últimas necesidades. Productos hipersexualizados para gente que ya no coge.
Crecí en una época en la que no se
hablaba de sexo a cielo abierto, pero siempre estaba ahí, cubierto de algunas
capas que había que discurrir para llegar a él, para entender qué era ese
placer que existía y no se podía contar. Nos impulsaba el misterio, había
exploración, valentía, tenacidad; aguzar el oído en las charlas de los grandes,
tomar el valor para entrar al parte triple x del videoclub, quedarse hasta el
horario más tarde de la televisión para ver los programas en que la gente
llamaba para contar sus experiencias sexuales y tratar de razonar e imaginar de
qué se trataba todo eso. Llegar al sexo era salir del laberinto que habitábamos
con preguntas para decepcionarse u obsesionarse. Toda la alegoría de la caverna
de Platón estaba implícita en ese recorrido que hacíamos en busca de lo
prohibido.
El paradigma actual en el que los niños
son considerados como una voz y un voto adulto, el sexo se volvió accesible, no
hay vergüenza ni secretismo, se pregunta en la mesa y se responde con la
verdad; fin del misterio y del recorrido personal. En esta accesibilidad
ilimitada que tiene un niño, producto de padres que necesitan adelantarse a la
inmensidad de información de las redes, en vez de enseñar a surfear la data, se
prefiere hablar más de sexo que antes y explicarlo, antes que caigan en
cualquier pervertido, porque si algo caracteriza y caracterizó siempre en el
discurso de los adultos a los niños respecto del sexo, es el peligro que este
conlleva. Los padres no se adelantan para contarle del placer que genera el
cuerpo humano, sino porque quieren advertir de los peligros a los que se
exponen.
El ímpetu por debatir que trajo la
última ola feminista en la Argentina, acarreó a otros debates pendientes en los
que el sexo se puso como centro de todo un sistema a debatir: la sexualidad,
las formas de sexualidad, el cuerpo, los productos del sexo, las relaciones,
las interacciones. Discutimos géneros fluidos, body positive, abortos,
poliamor, responsabilidad afectiva y pusimos al sexo como un tema colectivo,
una responsabilidad de una sociedad entera; le quitamos la intimidad y el
recorrido personal para hacerlo un tema en el cual otros son tan o más
protagonistas que el propio placer personal. El sexo perdió su aura y hoy
habilita a que un niño pueda plantearlo en público y todos responder con la
naturalidad con la que hablamos del clima.
Aun así, el sexo no se volvió sólo accesible,
sino que se ideologizó, se le cargaron capas y capas y capas que requieren la
elaboración de un pensamiento y el análisis de consecuencias para quitarle todo
aquello primitivo y animal que el sexo tenía como actividad que se basaba más
en el instinto y el deseo irracional que los planteos de la filósofa antisemita
Judith Butler. Esta ideologización hace base en la única capa social que es
capaz de usar su tiempo en sobrepensar la cotidianidad: la clase media heterosexual,
con familia, profesional, que baja sus preocupaciones personales y sus
imposibilidades como temas en los que toda una sociedad debe hacerse cargo. Te
dejan de un día para el otro, hay que tener responsabilidad afectiva; no tenes
el mismo levante que una hegemónica, no se opina de cuerpos ajenos; tenes miedo
a que tu hijo caiga en una red de abuso de menores, los vamos a inundar
hablando de sexo.
Que lo personal se vuelva político es
que lo intimo se vuelva colectivo, para esto primero debe dejar de existir la
intimidad (la redes ayudan a esto) y luego diluir las obligaciones y las responsabilidades
propias en una masa popular que siempre conspira contra el individuo
ideologizado. Aprender a cuidarse y a protegerse uno mismo no implica sólo
aquello que está relacionado con el sexo, y entre otras cosas, para cuidarse
sería muy útil poder proteger la intimidad. Intimidad que demuestra lo propio,
lo que solamente le pasa a uno, que no siempre es algo que “vivimos todos lo de
mi generación”. La soberbia, a veces, nos juega esas malas pasadas. Creer que
el problema del uno es el problema toda una sociedad es un acto de egocentrismo
que lleva a crear políticas aristocráticas plebeyas, en este caso.
Mientras la tasa de infecciones sexuales
como el VIH crece desaforadamente en un país que abandonó todo tipo de campañas
de prevención para dejarla en el más vil oscurantismo, la comunidad LGTB, la
mayor afectada, discute bajo los preceptos de heteronorma; el sexo dejó de ser
el arma revolucionaria que se usaba para manifestar un deseo distinto a la
mayoría para amoldarse a una conversación que no contempla nuestro pecado original.
¿Por qué los gays sólo hablábamos de sexo? Porque eso era lo único que les
molestaba de nosotros: nuestra intimidad; nunca se trató de capacidades
intelectuales, laborales o sociales. Coger era nuestra arma de lucha y la
clandestinidad nuestro escudo. Hoy para un puto es tan difícil coger como lo es
para un paki y nuestra vida y nuestra sexualidad es un manifiesto público que
está siempre a mano para que lo agarre cualquiera y lo asocie, incluso, con los
crímenes aberrantes que son el terror que copa los chats de mamis y los
discursos presidenciales.
Con la intimidad muerta solo nos queda nos
queda lo público, simular la existencia de una privacidad que siempre está
siendo mostrada a los demás. No hay forma que uno no se cruce con un contenido
hipersexualizados que en realidad nos quieren vender un sweater o un libro de
recetas. El sexo desapareció de la intimidad para volverse una imagen blanca
que no tiene tanta importancia, que es algo menor, de segunda o tercera o
cuarta categoría. Las niñas cantan canciones que invitan a coger sin siquiera
saber lo que es eso porque incluso son los artistas que las cantan que tampoco
saben mucho del tema. El sexo es una postura de una práctica que cae en desuso
pero que nadie se anima a confesarlo; que se esfuma en una sociedad cada vez
más puritana producto de querer regresar a un pasado que suponemos mejor porque
no lo vivimos. Salimos a la calle exagerando nuestros culos, pero no permitimos
que quien lo perciba se atreva a abordarnos; aplacamos lo espontaneo y
pretendemos acuerdos charlables; nos hipersexualizamos para darlos el lujo de
rechazar el sexo, para sentir que podemos dominar algo en tiempos de
incertidumbre y cambio constante.
La película francesa “Mignonnes” (Guapis en español) muestra cómo la cultura hipersexualizada de internet provoca en niñas preadolescentes el deseo de twerkear no como un acto sexual que aun no comprenden, sino como un arte coreográfico.
Pero el animal está ahí, latente,
dominando nuestros más bajos instintos, reptando en los puntos ciegos que no
puede tomar la cámara de nuestros celulares, manifestándose torpemente y con
culpa, llenándonos de ITS que se creían extintas porque el sexo ya no es un
descubrimiento personal sino una imagen por dar. Y la imagen lo único que necesita
son likes; likes que crezcan hasta generarnos los orgasmos que perdimos.
Publicado por Juani Martignone.

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