La adolescencia siempre será la adolescencia
Si algo le faltaba a esta sociedad de padres que crían a sus hijos con culpa y miedo, es que una serie amarillista sobre la crianza de los hijos se vuelva viral y recargue las tintas con nuevos miedos y nuevos debates que, otra vez, mean afuera del tarro. Una generación de cristal más frágil se está gestando.
Como
sucedió con “La casa de papel” o “Stranger things”, “Adolescencia” es otro
producto de Netflix, de calidad dudosa, que se pone en la boca de todas
las conversaciones de los adultos, pero esta vez, dicen, con un componente
especial: es la serie que abre debates. Así, dicho con la solemnidad de un
padre (o madre o mapadre, porque este público es el que se ofende si no se
hacen estas aclaraciones implícitas en la lengua castellana), suena a cuando
mis viejos me decían “tenemos que hablar”: algo grave había pasado, la había
cagado. Y es justamente eso lo que la serie pretende: que los padres corran a
buscar a sus hijos para protagonizar esos actos que cuando éramos adolescentes
nos llenaban de cringe: que nos pregunten intimidades, que nos digan “te amo”,
que finjan interés por nuestros temas completamente banales. La serie lo logró;
entró la bala.
De la
misma manera que Crónica TV llena de miedo a los viejos mostrándoles
robos y asesinatos para crean que vivimos en Ciudad Juárez y terminen
reflexionando que con los militares, al menos, había seguridad, “Adolescencia”
es un retrato amarillista de la relación entre padres y adolescentes, lo cual
me llena de preguntas que desarticulan las preguntas que pretende instalar la
serie como problemática actual. Es difícil poder abrir un debate cuando el
producto que lo plantea está creado específicamente para generar terror, desde
la elección de la problemática y cómo es abordada, hasta la técnica de
filmación.
La
historia va de un adolescente del que hay pruebas lo suficientemente
contundentes que indican que mató a una compañera de colegio. Un tipo de
asesinato que, aun en lugares como Estados Unidos dónde estas cosas sí suceden,
es muy marginal respecto de la masa total. Los adolescentes que representan la
clase social de Jamie (el protagonista de la serie) mueren generalmente
por accidentes automovilísticos; los de clases sociales más bajas por la
delincuencia a la que están expuestos en la vulnerabilidad que viven. Un
adolescente sabe bien cómo mueren sus pares; los padres parece que no, parece
que, en vez de mirar a sus hijos, miran Netflix y se asustan del futuro
que les puede tocar. Justamente, la historia trata de aquello que te pueda
tocar, del “toca, toca, la suerte es loca”, de la tómbola de vida que a veces
no gana para disgustos.
Ubicar
al asesino como un sano hijo de una clase media, trabajadora, ocupada e
interesada en la crianza como cualquier padre que se precie de tal cosa, que
además tienen otra hija, en teoría, criada del mismo modo y en las mismas
condiciones que es todo lo contrario a su hermano, es una forma velada de decir
que un hijo asesino le puede tocar a cualquiera: Así juega el terror: no
importa lo que hagas, siempre te puede alcanzar. Esta idea llevada a cabo por
una técnica de filmación, como lo es el plano secuencia, que todo lo que hace
es amplificar ese terror con tensión (no podés soltar la pantalla ni un
instante porque todo está sucediendo), inmediatez (todo sucede al mismo tiempo,
por lo tanto, hay detalles que se pierden), primera persona (no le pasa al
padre de un asesino, te pasa a vos) y sorpresa (en cualquier momento algo que
está fuera de tu rango de visión puede suceder y sorprenderte, para mal,
obvio). Difícil pensar algo importante cuando tanta información se da en tiempo
real y difícil de creer que tantas cosas puedan suceder al mismo tiempo en la
misma hora que ocupa el capítulo. Una cuestión estética nada inocente.
El
enfoque hacia los adultos, para azuzarlos, se nota porque es una serie que, a
pesar de su título, los adolescentes no tienen voz. Todo gira en torno a
adultos que intentan comprender como funciona la cabeza de los adolescentes,
aunque necesiten saber cómo funciona la cabeza de un asesino. La relación que
hace la serie entre adolescente que pasa muchas horas frente a una computadora
odiando, es una relación ramplona que une dos puntos de la forma más fácil que
podía unir, pero que satisface a padres que pueden ponerle nombre y apellido
aun problema. Para un adolescente esa relación no es tan directa, pero la serie
no aborda, no hay diálogos entre Jamie y otros pares, no hay
profundidades entre lo que sucede en los adolescentes y el porqué de la
necesidad de estar horas odiando en las redes, ni tampoco se explica cómo se
hace ese paso de la virtualidad a la fatalidad en la escuela, en la vida. No
hay elaboración ni búsqueda intelectual de un adolescente solo en su cuarto,
nos hacen creer que es como un padre cree que es: un niño autómata al que las
redes le meten ideas en su cabeza completamente vacía.
En
esta diatriba de explicar que un adolescente se vuelve asesino porque nadie lo
escucha mientras odia, mientras lo odian, mientras se siente solo en un mundo
adultocéntrico. Todas las miradas que hace la serie son adultocéntricas,
intenta explicar algo tan complejo como la mente de un asesino con las viejas
explicaciones que se les daba a los adultos para conformarlos. Concluyen que
cualquier adolescente podría convertirse en un asesino por culpa de las redes
(a la trama no le suma saber si el protagonista es o no un asesino, le interesa
el concepto); algo así como concluyeron rápidamente que los asesinos de la
masacre del colegio en Columbine se armaron y mataron a sus compañeros
por escuchar a un diabólico Marilyn Manson. Pasa el tiempo y los adultos
vuelven a culpar otra vez a aquello que es nuevo y no conocen, pero que, a
simple vista, a vuelo de pájaro, se ve ultra violento.
La
simplificación y la construcción de un estereotipo de un adolescente tampoco
ayuda a acercarse a las semillas que provocan que una persona derive en un
asesino cuando todo su entorno lo protegió de eso. Por más que hoy quieran
sonar más cultos, a la edad que refleja la serie, todos los varones somos
incels, todos nos hacíamos los malos cuando éramos anónimos, algo así como
serlo en una red social, pero aun así nadie sale a matar. Transformarse en un
asesino implica una mayor cantidad de capas que no puede reducirse solo a no
ponerla y que se burlen de ello.
El
estereotipo burdo y de trazos gruesos que se hace de un adolescente varón como
un chico que se pasa el día encerrado en una habitación creyendo que puede
hacer toda su vida online, estudiar, trabajar, amar, odiar, además de ser
caricaturesco, desconoce que fueron los mismos adultos los que los obligaron a esos
niños a una escuela online como si la educación valiera tan poca cosa y se
pudiera aprehender conceptos a través de una pantalla, mientras sus propios
padres eran los que repetían como un mantra sin la más mínima elaboración
intelectual: “mis hijos siempre tuvieron clases” en referencia a recibir tarea
por whatsapp. La idea de un adulto que hizo todo según el plan y una hija le
sale normal y el otro asesino, porque estuvo mucho con la compu, no le dijeron
los suficientes “te quiero” o no fueron a verlo a todos los actos del cole, es
un autoflagelo que los padres se hacen para contarnos de la difícil tarea de
criar a un ser humano que pueda insertarse en la sociedad, pero omite por
completo que esos padres, que tienen entre cuarenta y cincuenta, también están
todo el día en las redes, le creen mucho más a Google que un adolescente
y son bastante más plausibles a conjeturar ideas inverosímiles en función de lo
que ven en sus muros de Facebook.
Los
desencuentros entre adolescentes con sus padres no son una novedad que nos trae
esta serie escandalosa; los padres siempre son adultocéntricos, culposos y tienden
a buscar una respuesta sencilla que los calme; y los adolescentes, siempre son
los menos escuchados, de ellos se crean estereotipos, se los supone perversos,
maquiavélicos y siempre son más huevones que capos, incluso no estar a la
altura del prejuicio que tienen de ellos los perjudica, los vuelve erráticos,
torpes, impulsivos; como fuimos la mayoría de los varones en nuestra
adolescencia. Si la tesis de “Adolescencia” es que las redes acrecientan la
brecha entre padres y adolescentes, su mirada parcial y tremendista provoca que
se ahoguen todos los posibles argumentos.
Es
más fácil matar una herramienta (internet, en este caso) que hacerse cargo de
los hijos que tenemos; que estar presente, no es entrar al cuarto y revisarle
la computadora para encontrarle la pornografía o engancharlo en medio de una
masturbación; que los padres no son los amigos, ni son más cancheros ni los más
cercanos por usar el mismo léxico que ellos; un padre es una referencia, no una
persona que cura sus traumas criando distinto.
De
adolescente miraba doce horas de televisión por día, dibujitos animados, “A la
cama con Moria” y la versión original de “Queer as folk” en I-Sat que
también pasaban cine gore, cine Z o “Mi vida en color rosa”. Vivía en mi mundo,
enajenado. Todos decían que me volvería idiota, asesino o loco de tanto mirar
tele. Decían eso porque no entendían el mundo que habitaba y les daba paja
entenderlo, más fácil era acusar, imaginar un fatalismo. Una operación
sencilla, que calma preocupaciones, pero no resuelve. Cacareo para asustar. Eso,
es “Adolescencia”.
Publicado por Juani Martignone.

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