Stigmata

 

La explicación más científica posible de los estigmas que sufren algunas personas religiosas es la obsesión, el fanatismo que lo lleva a sufrir por sí solos los martirios del vía crucis de Jesús. En teoría, la mente lo puede todo, hasta generarse heridas. La obsesión se vive con el cuerpo y tiñe la visión y los pensamientos. Un obsesivo no disfruta, se obsesiona hasta sufrir la stigmata. Cuando uno cuando se descubre gay: cree que todos son gay. Así la gente lee El eternauta.

 

Leí El eternauta hace mucho tiempo, más cercano a la edad en la uno debe leerlo, y digo “debe”, básicamente, porque entiendo, por el tono, los dibujos y la argumentación, que fue concebido como un producto para pre adolescentes, como el 99% de las historietas de héroes y catástrofes. A fines del siglo XX un adulto que leía comics seguía siendo un virgo, como yo; en el siglo XXI un tipo de cuarenta no se pone colorado yendo al cine a ver la última de Marvel.

En mis recuerdos, El eternauta, era una historieta de ciencia ficción no muy sofisticada (en la época que la leí, 30 años después de su publicación, el mercado estaba infestado de estas historias): la tierra era atacada por unos extraterrestres, que eran unos bichos espantosos con armas supersónicas. Ciencia ficción para púberes, pura y dura. La disfruté muchísimo porque, aunque estaba un poco pasado de la pubertad, siempre fui de maduración lenta. La historia me pareció tan común como otras, pero recuerdo firmemente que lo que me atrapó fue que esa historia que había leído muchas veces y la hizo especial es que, esta vez, sucedía en mi casa, en escenarios que había visto, con personas que conocía; incluso la historia terminaba en Pergamino, a 50 km de la ciudad que nací. Todo era cotidianeidad, y como hoy me pasa con mi preferencia por la literatura argentina contemporánea, me convoca sentir que ese protagonista puedo ser yo.

 



Ya había sucedido durante el kirchnerismo, en su época envalentonada, que La Cámpora había hecho una relectura de El eternauta para ubicarlo a Néstor en el lugar de Juan Salvo, pero fue, sobre todo, en este último tiempo, en las vísperas de la serie que recrearía la icónica historieta, que se volvieron a hacer todo tipo de relecturas. Desde que la nieve mortal son los militares y la dictadura que llegó quince años después del libro, hasta que la nieve era patriarcado que nos llevaba a la extinción de la raza (dato no menor: la mayoría de los análisis se detienen en la nieve mortal que, en el libro, es casi una anécdota que se necesita para arrancar, lo que me hace sospechar de hasta donde leyeron para sacar esas conclusiones). Algunos, también, hablan de un libro que denuncia la dictadura militar y aseguran que creció el número de consultas en Abuelas de Plaza de Mayo, tras sentirse interpelados por la serie, quizás haciendo algo que todo autor que no escribe autoficción odia: que confundan las ficciones que produce con su propia vida.

Entre el mar de múltiples análisis sesudos que no tenían punto de correlación con el recuerdo que tenía de una historieta infantil de ciencia ficción, me obligué a leerla nuevamente. Me encontré con algo relativamente parecido al recuerdo, sólo que ahora con más de cuarenta años, me pareció más infantil aún, de argumentos algo simples y de resoluciones que algunas no tenían explicaciones, simplemente sucedían, como sucede en los contenidos de los niños. No encontré ninguna de todas las capas de sentido que le agregaron los militantes de Instagram; reviví una historia simple, fantasiosa, bélica, efectiva y con muchísima acción.

Está claro que, a esta altura de la soirée, mi recuerdo, mi opinión y aquello que yo entendí no es ni única la forma de leerlo, ni la correcta; es simplemente una lectura. El arte es un hecho que se produce en un momento y como tal, quienes estamos expuestos a él, lo recibimos como un estímulo que nos hará reaccionar de la manera que sabemos y podemos. Ante un hecho artístico todos reaccionamos en función de cómo somos, cosas que emocionan a unos, le hacen reír a otros y a otros les es indiferente. Por esta razón es que habrá tantas interpretaciones como miradas. La opinión de un militante de Instagram, como la mía, como la serie en sí, es una mirada, una lectura que hace una persona que interpreta de un modo y lo abre para compartirlo con los demás. Nada más, no impone su idea, ni le falta el respeto a la obra.

Irrita que la libertad de interpretación que nos regala el arte por el mero hecho de existir se vea coartada cuando los nuevos militantes que quieren hacer la revolución por Instagram con un meme como arma letal, pretendan dirigir esa mirada y esa lectura a una que uno “tiene” que hacer. “Leerlo en clave política” “Leerlo teniendo en cuenta quien fue su autor” “Leerlo comparándolo con la situación actual” y así seguían las instrucciones de quienes quieren que nos acerquemos al arte sólo para entender (para convencernos) las ideas que ellos promulgan. Un acto de los más subestimativos del lector y alejados de la experiencia de la literatura. No sé qué rol tuvo Victor Hugo en el poder de Francia, ni siquiera estoy tan seguro del momento histórico que habitó, pero me pasa, al día de hoy, que leo pasajes en español, en inglés o en francés de Les miserables y me vuelve a poner la piel de gallina como la primera vez que lo leí. Ahí está la literatura. Porque el acto literario no se completa cuando el autor termina de escribir su obra, ni cuando la publica, ni con su historia personal, ni con lo que algunos nos dicen de qué se trata; el acto literario se completa cuando un libro es leído, cuando el producto se junta con el consumidor y hacen de eso una interpretación única. Todos los intentos de direccionar esta conjunción personalísima de un lector con la obra es cinismo puro.

Entre todas estas conexiones personales de alguien con el arte, también se encuentra aquella que ve en el arte o busca en el arte, la clave política, la historia del autor, la crítica a la actualidad y se valoran estas miradas si se presentan como eso, como una mirada. Quisiera decir que sucede de manera casual, pero son siempre estas mismas personas las que nos quieren indicar una única forma de ver las cosas, la forma buena, la que ellos ven; y también son esas mismas personas las que ven en todas las formas del arte y el espectáculo teñidas de una clave política, a extremos en los que objetan un pedazo de bife de chorizo por ser un corte digno de la derecha. Esa forma de ver el mundo siempre con un mismo velo, es válida, pero la forma menos crítica, menos inteligente y menos interesante de ver, porque todo ya está escrito, resuelto.

A veces pienso que algunos autores escribieron sus libros pensando el mundo del futuro y terminaron siendo una moda, quizás por esto mismo de la fibra interna que toque uno a uno. Susan Sontag escribió Against interpretation (Contra la interpretación) para contarnos su experiencia con el arte y la vanguardia del que estaba contantemente rodeada. En sus conclusiones nos invita a relajarnos, a despojar nuestra mente de todo prejuicio y enfrentarse a una obra en blanco y aprender a escuchar y a entender qué nos genera, a no buscar un sentido; recibirlo sin esperarlo. Beatriz Sarlo diría “enfrentarse hasta que te guste”. Entiendo los dolores personales, pero a veces, cuando nos relajamos, entendemos que quizás no queremos estar todo el tiempo hablando de política, a veces es sólo disfrutar de lo que se nos presenta.

La serie El eternauta no se parece en nada a la historieta y entré habiéndola releído, pero sin pretensiones cínicas, simplemente me entregué a la lectura que hizo Stagnaro sobre la obra de Oesterheld y la disfruté muchísimo. A veces sólo hay que relajarse y dejar que el arte nos inunde.

 

Publicado por Juani Martignone.

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