Y tráelo a Bal

 

Artistas pobres que se entregan a los designios del mercado y artistas militantes que se entregan a los designios de las militancias. La cultura se atonta y todo aquello que se dice bueno esconde otra realidad: se debe vender o evangelizar. Las firmas de los divulgadores se diluyen mientras intentan salvar una cultura que ya habían mercantilizado y desguazado a su favor, en un país donde estos temas son de nichos cada vez cerrados. Cuando ya no existe un aval, la respuesta de Ayelén Paleo en Intrusos parece la más atinada: Y tráelo a Bal.

 

En algún fin de semana largo del 2024 que ya no recuerdo estuve con unos amigos en Tandil por primera vez. Vivo en una ciudad que, aun con su extensión, está atestada de librerías, es por eso que cuando conozco un lugar nuevo necesito conocer sus librerías: cuán grandes son, qué títulos llegan, cuáles están en vidriera, en qué zona de la ciudad se encuentran, quienes las atienden.

La librería que fui en Tandil era muy chiquita, en una zona relativamente céntrica. Una casa antigua remodelada a nuevo, con viejas vidrieras de hierro trabajado pintado de un verde demasiado moderno, demasiado satinado. El piso original tapado por un flotante de algo que emula la madera de haya y una decoración minimalista donde el aporte de calidez estaba dado por las maderas naturales y los libros que explotaban las bibliotecas, aunque meticulosamente ordenados. La calidad literaria y obsesión por los libros se notaba en gestos como la pequeña estantería en la entrada que tenía libros usados a mitad de precio, parte de una movida de literatura circular. Entre los autores de esos lectores tandilenses que soltaban para seguir agarrando otros, estaban Phillip Roth y Siri Hustvedt.

El librero, un estudiante de arte, chileno que se enamoró de Tandil, se comportaba como la gran mayoría de los libreros del país: apasionado por su trabajo. De los pocos empleos en los que se encuentra gente que está ahí porque ama hasta el tedio aquello que hace: recomendar para vender, como lo hacían los vendedores de electrodomésticos y los mozos antes de la digitalización. No era el entusiasmo del chileno que amaba los libros y los argentinos, mi regla autoimpuesta, desde hace un tiempo, es que siempre que un librero apasionado recomienda un libro que desconozco por completo, no se duda, es el libro que hay que comprar. Fue gracias a libreros apasionados y a esta fe pagana que me encontré con Marina Closs, Fernando Chulak, Óscar Barrientos, Sayaka Murata.

Después de hablarme con una emoción desmedida de Padura y Parra, me preguntó si conocía a Olga Tokarczuk. Me sorprendí y me odié por no registrar siquiera el nombre de esta escritora polaca viva ganadora de un premio Nobel de literatura. Ese fue mi descubrimiento en Tandil. Me volví a Buenos Aires con “Los errantes” tras calurosos halagos del chileno.

 

“Los errantes” ganó en el año 2018 el Man booker prize. Al año siguiente, en 2019, la Fundación Nobel le entrega a Olga Tokarczuk el premio Nobel de literatura correspondiente al año anterior que no había podido ser entregado debido a un escándalo de abusos sexuales.

 

Entré a mi nuevo hallazgo como si fuera a leer la gran novela de este tiempo, la prima hermana polaca de “El jilguero” de Donna Tartt. El libro no es más que una extensa colección de pequeños fragmentos de pensamientos que caen desprolijos en la mente, datos curiosos, observaciones estériles, procesos internos, frases de galleta de la fortuna y alguna que otra historia potente que se esfuma en un océano de fragmentos de cuatrocientas páginas. El gusto no es una operación caprichosa sino una acumulación de argumentos que lo sostienen. No me gustó. Entiendo el viaje, en apariencia caótico, la incomodad al lector y el limbo indefinido para quedarse sólo con sensaciones. No creo que deba ser un viaje de cuatrocientas páginas, el chiste se entiende con ciento cincuenta, después cansa. Pero tras toda la posible rareza yo sólo encuentro onanismo puro de la autora, exhibirse como un personaje excéntrico para la adulación.

Varias veces quise dejar el libro, arranqué muy temprano con el deseo, pero algo me detenía: el aval del premio Nobel. Me estaba perdiendo algo maravilloso o no era capaz de ver lo bueno. Entonces googleé. Vi por primera vez una foto de Olga a color, vi sus rastas, investigué su vida, su activismo, sus ideas, el lugar del mundo desde el cual se mueve. Olga me resultó más atractiva como personaje que como escritora.

Podría afirmar que, si “Cometierra” no hubiese sido escrito por alguien como Dolores Reyes, las lecturas sesgadas de los funcionarios de gobierno no habrían llegado a desatar espectáculo que montó la elite de escritores argentinos para decirnos que vivimos una dictadura. Cuando las credenciales de estrella literaria se obtienen por el activismo del autor y no por la calidad su producción literaria (Salvar “Cometierra” está lejos de pretender salvar “Las malas” de Camila Sosa Villada) la vida del autor es la protagonista, en ese rellano descansa “Los errantes”; y como la vida personal y los procesos intelectuales de un autor son interesantes sólo para los groupies literarios, el libro pasa a ser snobs.

Al aval literario se llega por dos caminos posibles: el de la crítica y el del público. Uno puede ser un escritor reconocido si gana premios o si gana plata vendiendo libros, calidad versus cantidad, aunque muchos best seller pueden ostentar calidad. En esta era de capitalismo exacerbado y donde los escritores ganan por sus producciones literarias lo mismo que un jubilado, los dos caminos llevan al mismo lugar: vender libros a como dé lugar.

Mientras el mundo de los best seller sigue intacto en sus reglas (Gabriel Rolón, el escritor que más vende en Argentina, no requiere de cafés literarios ni de premios, sabe que cualquier cosa que saque, su séquito de fans lo va a comprar), el mundo de la crítica literaria y de aquellos que otorgan avales de calidad se ha vuelto una pantomima cada vez más burda que intenta caretear la calidad cuando en realidad se están haciendo favores de amigos, apoyando sus causas, rascándose la espalda entre todos para poder repartirse las ventas o conseguir una columna en un diario o un jurado en algún lugar del exterior all inclusive.

Ya no se escriben críticas demoledoras, el afán de vender evita los conflictos. Un debate intelectual de años como el de Camus y Sartre es impensado en estos tiempos en los que los escritores admiran a sus colegas y los recomiendan a pedido de las editoriales. Las opiniones negativas se guardan para cuidar el rancho, porque si entre ellos se pelean los devoran los afuera. Nadie se anima a decir que “Cometierra” no es un buen libro sin que eso signifique censura, que Tamara Tenembaum escribe y piensa el mundo para las cinco cuadras de Villa Crespo que habita, que el hecho de que Claudia Piñeiro, Gabriel Rolón o Felipe Pigna vendan muchísimos libros no los hace dueños de una intelectualidad tal para andar repartiendo lecciones de moral. Y si no se dice, nada es malo, todo es bueno, lo mismo un burro que un gran profesor.

La editorial que le publica los libros a Tamara Tenembaum le hace ganar un concurso que organiza la misma editorial y cuyo premio es publicarle el libro; ella lo fanfarronea en redes y en sus columnas. Escritoras excepcionales, máquinas disruptivas del ambiente literario, como Gabriela Cabezón Cámara y Mariana Enríquez son exprimidas a nivel del desgaste del bronce de su talento para recomendaciones mediocres de favor o por necesidad de venta ¿Quién podría decir que algo es malo si lo recomienda la Enríquez o Cabezón Cámara? Del mismo modo que nadie discutiría un premio Nobel.

Puedo ser yo el que no entiende la genialidad, pero en este mundo feliz en el que las credenciales se otorgan por amiguismos o derecho de sangre o compañeros de lucha, se hace difícil para alguien fuera de la nobleza literaria intentar insertarse, aun con talento, como así también, nos es difícil a los lectores hacer un recorrido productivo sin gente obstinada que nos esté marcando el canon. En un país que cada vez lee menos y cada vez se entiende menos lo que se lee, las prácticas onanistas de un pequeño grupo de notables para salvarse, también se lleva parte de la culpa.

 

Publicado por Juani Martignone.

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