Más conozco a la gente, más quiero a mi perro

 

Vivo en una ciudad que le compra zapatitos a los perros para que no se lastimen sus patitas genéticamente preparadas para pisar el mismísimo chiquero mientras niños sin zapatos revuelven el mismísimo chiquero para encontrar algo para comer a riesgo de ser criminalizados. Siempre que pienso en el amor desmedido por los animales, pienso en Hitler.

 

Elon Musk, en su diatriba, insta a la gente a poblar el mundo, a volver a las familias numerosas, las mesas repletas, las casas con barullo y olor a hogar. Tuvo tres esposas, entre las que se encuentra la cantante Grimes (no me alcanzan los signos de interrogación y de exclamación para entender cómo se dio esta pareja), con las que tuvo doce hijos, aunque él cuente once porque considera haber perdido un hijo cuando Xavier transicionó a Vivian. En su cruzada, ni su otrora amigo, Javier Milei, se salvó de la pregunta que antes nos hacían las abuelas: ¿cuándo vas a tener hijos? El presidente, que para todo pareciera tener un argumento retorcido, le respondió con un concepto que ha repetido en varias oportunidades: tengo cinco hijos de cuatro patas; en referencia a sus supuestos perros. La parábola de la familia tradicional no se cumple en lo que, según Elon, se trataría de la familia disfuncional del presidente y sus círculos más cercanos. Milei no es un desequilibrado que dice locuras sin sentido, que tiene una visión tergiversada del mundo; es el reflejo de una sociedad que considera que tener mascotas es tener hijos y que su institución familiar termina en cuatro patas. Elon Musk se erige entonces como alguien con algún sentido de humanidad y prosperidad.

La ciudad de Buenos Aires es una ciudad de la abundancia, es de las ciudades del mundo con más psicólogos per cápita, más librerías per cápita y más perros/gatos per cápita. La tasa de adopción/compra de mascotas crece exponencialmente mientras que la de nacimientos decrece en una pendiente cada vez más acelerada, incluso en las clases más bajas, para desterrar todo tipo de prejuicios. Las familias actuales se parecen mucho a la familia del presidente.

Los números que a algunos reconfortan a otros los alertan. Musk o Clara Muzio, apoyados en estas estadísticas, fortalecen sus ideas que se parecen cada vez más a una religión ortodoxa: procrear o se viene el fin del mundo. Azorados con la posibilidad de que en un futuro las risas de niños en las plazas sean reemplazadas por ladridos y quienes queden sean conscientes de ser los últimos habitantes de la tierra, el movimiento que llama a volver a las raíces toma cada vez más fuerza, surgen las trad-wifes, como la famosa influencer Ballerina Farm, los padres cada vez más naturistas que empiezan con la comida casera y los procesos manuales bajo el paraguas del ecologismo y terminan no vacunando a sus hijos. El mundo que vaticinó Margaret Atwood en “El cuento de la criada”. Mujeres que con la excusa de respetar los orígenes se esclavizan en sus casas a una vida artesanal contra mujeres que con la excusa del feminismo reemplazan cambiar pañales por cambiar las piedras de una litera.

Para una generación tan narcisista como la actual es fácil decidir cambiar su tiempo personal por diez años de canciones de Topa sonando en sus dispositivos. Pocos serán tan cruelmente honestos como Elon Musk con su hija Vivian, pero sabemos que muy en el fondo, nadie quiere invertir tanto tiempo y tanto dinero para tener de resultado a Morena Rial. Es más barato conocer Europa y salir a comer afuera todos los fines de semana para hacer un buen posteo en Instagram, pero, aun así, maternar o paternar no se negocia; paternamos hijos de cuatro patas. Chocarse con un ser humano siempre es una actividad que requiere otra complejidad y en estos tiempos es valiente quien se arriesga a ese desafío. Todo sea por interactuar cada vez menos con otros humanos. 

En esta disforia de ver hijos en mascotas todas las pulsiones de crianza humanizan a los animales a niveles de delirio; estilo Milei. Festejan cumpleaños, les ponen ropa, zapatos, los sacan en cochecitos, comen en la mesa, duermen en cama, les compran accesorios, perfumes, los llevan a la peluquería, los tiñen, se dicen padres, les hacen creer a sus padres que son abuelos, atan sus rutinas a una mascota. Esfuerzos que no están dispuestos a hacer por otro ser humano. El mismo esfuerzo vale la pena con una mascota porque se deja moldear, se parece a su dueño, a uno. Un reflejo narcisista que nos vuelve más ermitaños, menos empáticos, despersonaliza, esfuma la noción de la cuestión humana, se condenan los actos de irresponsabilidad animal a la vez que se vuelve invisible la niñez pobre; se pide bala.

 

Los derechos del animal tuvieron un salto enorme durante la Alemania Nazi. Adolf Hitler, particular defensor y amante de los animales, tomó casi personal la causa. Bajo su liderazgo se prohibió, entre otras cosas, utilizar animales para experimentos científicos; en su lugar usaron judíos.

 

La paternidad no tiene buena prensa. Los mismos padres se encargan de dinamitar el deseo de aquellos que dudaban en cambiar de MUBI a Disney Channel. El paradigma actual de esta crianza pasada de rosca que ponen al niño como centro de la vida de padres, amigos, ciudades, arte y cultura, que fomenta el egoísmo con etiqueta de amor propio, que los quiere convencer de ser especiales, amados como nadie en este mundo, producto de la culpa que les genera no haber tenido las suficientes Barbies ni los suficientes Hot Wheels para asociar una infancia sin lujos materiales con una infancia ultrajada. Egos inflados, pañales, cringe y la necesidad, más bien la exigencia, de que toda una sociedad entera los ayude a que sus niños no salgan torcidos, se vuelve un modelo que repiten al detalle quienes deciden tener hijos de cuatro patas. Porque para ambos casos, ser madre o padre, es una decisión.

Darle a cada cosa su lugar no debería ser una tarea demasiado difícil. Que un animal sea un animal, que una persona sea simplemente una persona, sin que ninguna de estas dos cosas signifique sacrificar animales o ser anti-niños. No es una cuestión de equilibro sino de sensatez. No se puede tratar a un perro como a un humano como, ni a un niño como a un Dios, o como a un paria.

En estos tiempos de desaires y apatía, donde la humanidad no se encuentra ni por gotas que le sacamos a las piedras en aquellos lugares que solíamos conocer y estar a gusto, mientras algunos viven bajo el frío de la amenaza de una inteligencia artificial que ostenta con fagocitarse todo, la única respuesta está en ser más humanos que nunca, valorar y acrecentar esas cualidades que sólo tiene la humanidad. De la única forma que la máquina ocupará el lugar del humano es cuando el ser humano se corre de esa cualidad para mirarse a sí mismo, para tomarse como la medida de todas cosas, para evitar los conflictos que siempre acarrean las relaciones humanas. Ahí es donde la batalla está perdida.

 

Publicado por Juani Martignone.

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