Al hombre lo que es del hombre
Los
luditas del siglo XXI anuncian el apocalipsis: la máquina terminará por
reemplazar al ser humano, el sueño húmedo de Terminator se
vuelve premonición. Mientras haya algo, algún rasgo de humanidad que una
máquina no pueda emular, ahí se encontrará el trabajo del futuro. Pero nos cae
justo en el momento que el humano imita cada vez más a la máquina; y para los
trabajos de máquina, son mejores las máquinas.
Volví
de las islas Malvinas a fines de noviembre del 2023, uno o dos días después, mi
tarjeta cerraba con varios consumos que en las líneas del resumen terminaban en
“.FK” por Falkland. Días antes de iniciar el viaje había ido al banco,
tenía que sacar efectivo para llevar y de paso pedir el ajuste del límite de
compra de mis tarjetas porque, en un país donde la normalidad es vivir con
inflación, siempre quedan atrasados. El agente de cuentas me citó en su
escritorio, le di en su mano mi DNI, le conté del viaje, me preguntó detalles,
por qué había decidido viajar a Malvinas, si era caro, si era difícil de
llegar. Yo le pregunté, para confirmar porque ya lo sabía, si los consumos
realizados con tarjeta de crédito en las islas eran alcanzados por el impuesto
PAIS. “No”, fue la respuesta “La Argentina considera a las islas Malvinas como
territorio nacional. A ningún gasto hecho ahí se le aplica el impuesto de
compra de moneda extranjera”. Lo mismo que me dijo mi tocayo Juan era lo que
había leído en los diarios hace años, los fallos de la Corte Suprema, y luego
en los blogs de viaje que investigué cuando decidí viajar.
El
resumen llegó unos días después del cierre, con el impuesto PAIS aplicado; y a
los días, me lo cobraron. Volví al escritorio del ser humano que me había
atendido antes e intuyó que se debió tratar de un procedimiento automático del
sistema y me pasó un teléfono de asistencia para casos raros y especiales. Me
atendieron casi sin esperar, enseguida me derivaron a clientes VIP, calculo por
el tiempo que soy cliente del banco, y del otro lado una persona escuchó
pacientemente mi problema: en Malvinas me cobraron en moneda extranjera, a toda
compra de moneda extranjera se le aplicaba impuesto PAIS, el banco debió
comprar esos dólares para cancelar la deuda con los locales malvinenses que me
cobraron en Falkland pounds, pero por reglamentación argentina, en
territorio argentino no se puede cobrar en moneda extranjera y la Argentina
considera a Malvinas territorio nacional; que me cobren en otra moneda es una
particularidad. Dijo tipear todo con detalles y prometió una respuesta en 24
horas.
En
menos de un día recibí un correo de la cuenta de situaciones especiales de mi
banco que decía “Su solicitud fue rechazada. Sólo se exime de impuesto PAIS a
la compra de medicamentos, cursos o delegaciones diplomáticas”. Volví a llamar
inmediatamente. Sabía de las eximiciones generales del impuesto PAIS, pero mi
caso era particular, de los menos, de los que se debe dar un tratamiento
especial. La operadora respondió con total impunidad “Cargué todo lo que me
dijo en el sistema y devolvió esa respuesta automática” ¿Cuál había sido el
propósito de mi llamada si sólo obtendría un intermediario que escribiría
aquello que yo dictara? ¿No podría haberlo cargado yo directamente si es que
buscaba una respuesta predeterminada? ¿Cuál es el diferencial que hace que se
tenga a un ser humano cuyo trabajo será tipear y reenviar respuestas que genera
un bot? Si esos serán los trabajos que pretendemos conservar en el futuro, lo
más sensato sería reemplazarlos por una máquina, más rapidez, más eficiencia,
muchísimo más económico.
Mi
deseo no es extinguir todos los trabajos que hoy hacen los seres humanos para
que en un futuro todos vivan hambreados y sometidos a máquinas esclavizadoras,
simplemente pretendo sensatez. Optimizar aquellos trabajos repetitivos,
lógicos, de respuestas conmensurables con máquinas, que lo hacen muy bien y
además no nos causa ni cansancio ni nos hace quemar la cabeza. Por otra parte,
conservar aquellos trabajos en los que la sensibilidad humana hacen un
diferencial en la ejecución y no lo llevan a uno a quedarse clavado en el loop
lógico de una máquina. Creo, incluso, que si en el futuro una persona, puede
resolver más rápido problemas atípicos usando rasgos bien humanos como la
sensibilidad, la intuición, el sentir al otro, la moralidad, la circunstancia,
el detalle sensorial, tendrá trabajo y mejor remunerado.
Cada
cambio de paradigma genera a sus propio luditas que advierten el fin del mundo
para los seres humanos; cada salto tecnológico asusta con comerse toda forma de
trabajo humana; y es cierto, muchos trabajos dejaron de existir, no así el
trabajo de los seres humanos. Cuando se inventó la imprenta, se les terminó el
trabajo a los sacerdotes de escribir y reescribir los libros a mano, a la vez
leer se volvió algo universal y el analfabetismo pasó a estar mal visto; la
invención de la luz eléctrica erradicó el trabajo de aquellos encendían las
velas en los palacios; el automóvil eliminó la tracción a sangre y el celular
el trabajo de la operadora que enchufaba cables de un lado a otro de un
tablero. Cada salto tecnológico terminó con trabajos insalubres, humillantes,
cansadores, repetitivos, que nada aportaban a la expansión intelectual y
espiritual del ser humano. Se conservan aquellos trabajos en los que la
condición humana es fundamental en el resultado, el fallo de un juez, por
ejemplo, o la sutileza de un médico que entiende que no se trata sólo un virus
sino del virus en el cuerpo de una persona que siente, piensa y se atemoriza.
También surgieron nuevos trabajos antes impensados: para que internet llegue a
un teléfono, detrás hay una cantidad enorme de gente haciendo trabajos de
montaje, configuración e incluso grandes espacios físicos donde se guarda todo
eso que decimos que está en una nube.
La
idea de regreso a un tiempo con menos tecnología ha vuelto a la gente más
urania, ha puesto a las mujeres esclavizadas en las tareas hogareñas y hasta
han vuelto enfermedades erradicadas.
El escenario donde transcurría la serie Downtown Abbey era en medio del cambio de paradigma, del paso del siglo XIX al XX, con guerras de por medio, perdidas de trabajos legendarios y sobre todo, para la familia noble que allí vivía, de pérdida de privilegios en el camino a una sociedad más plebeya.
La
operadora de la línea telefónica del banco para casos especiales no supo
responder mi consulta más allá de las respuestas predeterminadas de un manual
de atención que, tal como un bot, sólo permite respuestas standard a preguntas
standard. No comprendió o no pudo hacer nada más ante mi caso no standard,
salvo hartarse de mi insistencia para que hiciera aquello que tiene prohibido
por reglamento interno: pasarme con un supervisor. Otra chica me atendió que no
sé si era supervisora o una compañera. Su escucha fue activa, me hizo consultas
que no se me hubieran ocurrido, pensó de qué manera se podía presentar el caso,
me pidió hacer unas pruebas, elaboró un plan, me pasó su correo, le envié la
documentación que me pidió. En 24 horas tenía depositado en mi cuenta el
reintegro del impuesto PAIS mal cobrado. Una de las empleadas hace el mismo
trabajo que un bot hace en menos tiempo y por menos costo, la otra hace un
trabajo que ningún bot podrá reemplazar.
Quiero
que haya puestos ocupados por personas, cuando esas personas trabajan siendo
personas y no entes automatizados. Elijo que haya un ser humano como mi chofer
en el 118 que todos los días pasa por la puerta de mi casa a las 7:40 y hace
tiempo si ve que estoy terminando de cerrar la puerta apurado para llegar.
Quiero al verdulero que me cobra más barata la fruta que está para comer en el
día, el cajero del supermercado que me avisa cuando me estoy perdiendo una
promoción. Prefiero a los humanos que trabajan siendo humanos; y prefiero que
los trabajos que pueda hacer una máquina, los haga una máquina, quiero evitarme
el mal trago de indignarme cuando una persona me habla como un robot.
Ninguna
máquina podrá reemplazar a un trabajador que tome nota de la capacidad
inconmensurable de la humanidad. De ser más humanos se trata.
Publicado por Juani Martignone.

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