Nada como un Chanel pa sentirse respetable

 

La Agrado es una travesti bruta porque desde que se hizo mujer se tuvo que prostituir; es casi lo único que sabe hacer y, por más que acuse un pasado de camionero y se le empiecen a dar otras oportunidades laborales, la prostitución siempre le tira, aun sin cobrar. Eso sí, cuando Agrado quiso buscar un trabajo para dejar la calle, fue a la entrevista con un Chanel. Lejos del academicismo y la banalidad, una travesti sabe, mejor que nadie, que el modo de vestirse le exige al otro el trato que uno espera.

 

 

El mundo gay, quizás por ser muy minoritario (menos del 10% de la población total), se mueve en catacumbas que incluso aquellos que se reconocen como las personas más gay friendly del planeta, desconocen. Cuando hablamos de gays, varones homosexuales incluidos los varones trans, hablamos de una cultura, de un modo de ejercer la sexualidad, en la que el cuerpo y los roles sexuales son pilares centrales. Definiciones como “oso” “twink” “power bottom” “versa” refieren a los cuerpos y al modo de relacionarse sexualmente, sin que esto signifique hegemonía ni vergüenza; es más, las definiciones se llevan con orgullo, conscientes de un mercado ávido. Los cuerpos ajenos y la intimidad de las sábanas, no sólo son nuestros temas de conversación, sino que también son los ejes que ordenan nuestra forma de socializar (cazador-oso; activo-pasivo). El despojo de los prejuicios, arrancado por lo sexual, que es básicamente la diferencia sustancial con cualquier heterosexual, nos lleva a los gays a tener una mayor tolerancia ante hechos que escandalizan al mundo paki. Un piropo bien guarro se toma como deseo animal, como una forma de halago.

La fiesta Durx, es una fiesta básicamente gay donde el quid reside en la droga y el sexo sin prejuicios, de ese modo funciona la polisemia de su nombre: drogas duras, estar duro de drogas, estar duro para el sexo, sexo duro. La música electrónica, la vestimenta BDSM (bondage, domination and sado masoquism), el encargado de hablar con el dealer, el sexo grupal sin saber un solo nombre de los integrantes, los cuerpos extraños, los morbos, los onlyfaners gays, arman este compendio de lujuria y placer, que casi, casi, podría decirse que es una fiesta gay pasada levemente de una fiesta gay promedio.

Fue en la Durx (el artículo del género es el que le pone la gente que asiste, que asume su género femenino, “dura”, porque el pueblo siempre es el que decide) que un chico, supongo gay, llamado “ONI” se sintió ofendido y ultrajado por lo que sintió la necesidad de publicarlo en X. Contó que, estando en la fiesta, supongo también, vestido bajo la lógica BDSM, como todos ahí, primero un chico y luego seis chicos más le manosearon el culo. Su enojo e inseguridades incrementaron cuando se quejó y quienes lo abordaron le respondieron que lo hicieron por el modo que estaba vestido. Las respuestas mayoritarias al tweet, ayudaron a que ONI caiga en la cuenta que había sido abusado. Gracias a los ilustrados, ONI había despertado, lo que la izquierda blanca acomodada norteamericana llama “woke”.

 

 

El tweet reabre un debate que la intelectualidad local, que se nombra a sí misma como progresista, había cerrado hace tiempo, casi sin derecho a réplica, y que hoy se descubre en el ridículo al estirar hasta el extremo un argumento que ayudó a una causa realmente seria. La aplicación de consignas de fórmula indiscutibles, creó un canon plano en el que todo está permitido siempre que se cumpla; lo serio y también lo banal. ¿En ninguna ocasión se opina de cuerpos ajenos o podemos debatirlo? ¿en toda situación “si no es sí, es no” o algunos casos podemos debatirlo? Estas reglas que quieren ser grabadas en piedras pretenden moldear una realidad de forma generalizada que limpia todas las sutilezas, las diversidades, y no aceptarla sólo genera indignación, el elemento suficiente para tener razón y transformarse en víctima; otra forma de tener razón.

Como integrante de una vieja guardia homosexual a la que hoy nos quiere convencer que siempre fuimos unos dormidos que no veíamos los abusos que sufríamos, siento que la lógica heterosexual entra en los campos del mundo gay fumigando una cultura que armamos en base a deseos que necesitábamos cumplirlos sin el juicio ajeno. Lo que sucede en la fiesta Durx es parte del folklore típico de la cultura gay, es lo que buscamos, es lo que nos gusta y nos define. Estar en culo en una fiesta donde todos están en culo y drogados y van con el único propósito de coger, si es posible en la misma fiesta, implica que uno aceptó de antemano las condiciones y que una tocada de culo es algo que puede pasar. Los deseos siempre chocan, pero supongo, o más bien espero, que uno reflexiona sobre dónde y cómo ejercerlos y además es capaz de discernir entre la violencia y la torpeza. Uno no busca al padre de sus hijos en la Durx ni sexo violento y desprejuiciado en el Teatro Colón, aunque se dé marginalmente en ambos casos.

Qué hubiera pasado si, aun en la fiesta Durx, ONI en vez de estar pegoteado entre torsos en medio de la pista en arnés y jockstrap, hubiese estado acodado en la barra con traje y corbata. Probablemente nadie lo habría abordado de ese modo, llamaría la atención, sí, pero su presencia no sería un código implícito para entrar sin pedir permiso. La vestimenta es una forma de ponerle el límite al otro. La ropa es nuestro modo de presentarnos al mundo, decir quiénes somos y qué estamos buscando. La moda es mucho más que una revista Vogue con mujeres flacas, es Cocó Chanel poniéndose un pantalón para decirnos a todos que no era menos que ningún hombre. Vestirse es también emitir signos que deben ser descubiertos por un otro que nos interesa que los descubra, como las miradas, como las reacciones que enviamos a las stories de Instagram. Afinar esta percepción es la raíz de la vida gay: uno no va preguntando por la vida a la gente qué hacen en la cama, hay miradas, gestos, ropa, música, una cultura entera que me hace deducir que una persona es gay y que probablemente quiera acostarse conmigo esa noche. Claro que puedo equivocarme en mis cálculos, que puedo haber malentendido los signos, si es que eran confusos, pero eso no me vuelve un abusador.

Vivir en sociedad exige vivir bajo reglas que nos ayudan al control. La vida social, claro que tiene reglas, que bajo su cualidad de implícitas permiten el debate constante, no en un foro interdisciplinario diverso sino un debate interno. Sociabilizar no es un juego de reglas simples para llegar a la felicidad sin conflictos. Para sociabilizar se necesita, primero, debatirse internamente dónde ir, cómo ir, con quién, como ir vestido, analizar las posibles situaciones, intentar leer los signos ajenos, vivir, equivocarse, arriesgarse. Eso hacemos los putos, tenemos nuestras formas de sociabilización que seguramente a la media heterosexual educada no le parece correcto, pero ¿en serio tenemos que volver a pedir que nos dejen vivir como queremos?

 

Publicado por Juani Martignone.

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