La no tan dulce espera
Santi Talledo, un streamer con
llegada a quienes aún viven en algún tipo de adolescencia, escribió un libro, cero miligramos, que le dio
puntapié a su canal homónimo, para hablar con jóvenes famosos de la medicación
que toman a diario para soportar el mundo; algo que dejó de ser un nicho para
volverse la normalidad.
Uno de los flagelos silenciosos que dejó
la cuarentena argentina durante la pandemia de covid, que no puede medirse en
cantidad de muertos por habitantes, es el aumento significativo de medicamentos
por persona, sobre todo, de psicofármacos. Haciendo números simples: en
Argentina el 75% de población se automedica, el 60% toma medicamentos fijos a
diario y un cuarto de la gente que vive en nuestro país, el 25%, toma algún
tipo de psicofármaco.
Empastillarse para soportar el mundo
podría ponernos en cuestión cuál es el mundo que le estamos brindando a jóvenes
que no quieren dejar de ser adolescentes, pero tampoco pueden, entre otras
cosas, porque salir de las casas de los padres, cada vez es más complicado,
económicamente hablando, sumado a una vida actual que nos pide siempre un poco
más para transitarla: necesitamos cada vez más bienes materiales para partir de
una base decente.
En este mundo insoportable que cambió
sin pedirnos previamente el consentimiento, el pánico y la ansiedad son las
vedettes que hacen de la vida una experiencia amarga e intragable. El pánico
como el devenir de una ansiedad que se pasa de castaño oscuro que no te deja
siquiera pegar un ojo en toda la noche. Ahí entra la pastilla como lubricante
para mantenerse como un ser vivo adaptado al entorno en el que vive.
Por supuesto, que la ansiedad existió
desde siempre, no es una palabra inventada para la vida actual. También es
cierto que nunca la ansiedad llegó a un nivel tal como para impedir la vida y
lejos de parecer una exageración, vivir insertado en el mundo de hoy implica
una velocidad atroz que nos llena de deseos y objetivos a cortísimo plazo.
La lógica de las redes sociales y su
velocidad llevan a que un joven promedio, que ocupa ocho horas de su día en el
teléfono celular, a verse bombardeado de imágenes que reproducen una receta
para cocinar con lo que hay en la alacena, una bomba cayendo sobre Gaza, una
promo de ropa en la marca que te gusta, un tip infalible para viajar al
exterior, un spot proselitista, gatitos siendo tiernos, diez datos que no
sabías sobre el Titanic. Todo esto en apenas un minuto. La vida mostrada
siempre bella, con personas bellas que tienen rutinas esforzadísimas, pero que siempre
pueden con todo y tienen de todo y siempre tienen más. A los deseos infinitos
se le suma la inmediatez de obtenerlos, de no quedarse atrás. La vida virtual
nos crea una idea de un mundo exterior repleto de mejores opciones de las que
tenemos, que están ahí, afuera, al alcance de la mano, según nos muestran los
influencer y la gente que postea sólo sus logros. Por qué conformarse con lo
que uno tiene, afuera hay algo superador. Obtenerlo no tiene que ser tan
problemático si otros lo tienen: si Pepito que es el vecino de toda la vida de
mi tía que nació en un barrio como el mío y en las mismas condiciones, viaja
tres veces al año a Europa y navega en veleros y siempre sale a comer a los
lugares de moda, uno también podría. Obtenerlo con la misma rapidez que nos lo
muestra las redes sociales genera ansiedad, perder lo que uno hizo para entrar
en ese mundo genera pánico, no tenerlo nunca genera frustración, depresión,
entonces creemos que la cura está en los psicofármacos.
Podríamos sólo echarle la culpa a la
tecnología para que los luditas afirmen que nunca estuvieron equivocados en su
oposición a progreso, pero el fatalismo con el que se ve el futuro colabora a
la ansiedad: es tiempo es ya, mañana no existirá ni el mundo. En Volver al
futuro II, la idea que tenía la sociedad de mediados de los ’80, principios
de los ’90, era que los autos iban a volar, que la vida seria sencilla, que
hasta la ropa iba a evolucionar; se pensaba el futuro como un lugar donde todo
iba a ser mejor, una zanahoria virtuosa. Desde que a la niñita Greta Thunberg
le dio un ataque de llanto porque le hicieron ver que el planeta se iba a
acabar como en El día después de mañana y la iba a agarrar a ella viva,
es más común encontrarse con jóvenes que creen que el futuro será apocalíptico,
distópico, que todo lo que está por venir es peor, malo. ¿Para qué esforzarse
hoy esperando cosechar las siembras de largo tiempo si no habrá un después? El
futuro es ahora, los próximos quince minutos y de nada servirá ahorrar para una
casa que nadie puede comprar, es mejor gastarse todo en un viaje a Europa. Si
tampoco hay para Europa, sólo quedan los ansiolíticos. Y habrá que redoblarlos
cuando los fatalistas sigan alentando la idea que la inteligencia artificial
nos reemplazará a todos.
La vida se ha vuelto tan rápida que todo
se radicaliza, no hay tiempo para pensar, un par de reels de Instagram
son suficientes para tomar partido, y si en menos de cinco minutos una persona
puede ver diez reels distintos, habrá que hacerlos lo más amarillistas posibles
para que obtener tu atención y tu apoyo. Es mejor vender un futuro de dolor
para que compres hoy esas zapatillas que no necesitas, que incentivar la espera
para crear algo duradero; y de ahí nace la ansiedad de tenerla ya y el miedo a
que llegue ese mañana en el que no estarán más y habrás sido el único que no
pudo fanfarronearlas en las redes, mientras el mundo se termina y los robots
nos quitan los trabajos.
¿Quién podría soportar la vida si les
estamos vendiendo contantemente el fracaso? ¿quién querría compartir el mundo
con alguien si le vendemos como beneficio interactuar con la gente sólo a
través de pantallas? El mundo ya ha estado complicado en otros tiempos, ya
habido cambios más vertiginosos en menos tiempo y hay surgido tecnología que
arrasaron con los trabajos inhumanos y se sobrevivió. Podemos sobrevivir sin
tener que vivir drogados.
Quizás vivir sólo se trate de correr
riesgos, de decidir mal, de nunca llegar, de caerse y volver a levantarse, de
desear aquello que nunca se tendrá, de comprender que somos falibles, efímeros,
que podemos contemplar. Tener esas certezas, hacen de los miedos, la ansiedad,
la decepción y el fracaso meros condimentos propios de alguien simplemente está
vivo.
Publicado por Juani Martignone.

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