Todas nuestras parodias se cumplieron
Un
día Cha cha cha se puso de moda de vuelta. Los videos
de la época se replicaban en redes y memes, había convenciones de Batman y 97%
muerta. Quienes habíamos sido fanáticos del programa en los ’90 creímos que el
presente no estaba perdido. Al día siguiente Alfredo Casero se levantaba a los
gritos de una mesa política aludiendo a los chupines de Majul. Rogué que fuera
una puesta en escena, estilo Los Happines, pero no, esta vez, no había
parodia.
De
las formas de crítica social que más disfruto, la parodia, sin dudas, es mi
preferida. No sólo por combinar elementos, en apariencia, incompatibles como
sociología o política con el humor, sino porque estas combinaciones siempre
juegan en un filo peligroso, siempre tambalean en una cornisa donde a veces
puede llegar a la ofensa por la incomprensión. Ese riesgo, para mí, la hace más
atractiva.
La
parodia también, tiene la capacidad de empujarnos hacia un límite que no nos
atrevemos a cruzar para proponernos que nos riamos de eso. En una sola figura
literaria se encierra la adrenalina de no saber si el lector te va a amar o a
repudiar, y se esconde entre quienes la entienden y la disfrutan, el placer de
ver a aquel que no, aquel que no puede soltar un instante sus ideales para
reflejarse en el humor y el burlesque.
Hace
unos años estaba en el Teatro San Martín viendo Happyland, una obra de
teatro que parodiaba los días de María Estela Martínez de Perón, presa, en el Hotel
Messidor tras ser derrocada como presidenta de la Argentina. Antes de
comenzar con la obra, los actores, atentos a esta generación que requiere
etiquetado de todo lo que va a consumir para evitar sorpresas o novedades,
incluso también en el arte, hicieron una aclaración en la que, con rimas y
frases graciosas, indicaron que la sátira era un chiste, no una acusación y
que, desde los griegos, la sátira es un derecho. Sinceramente no recuerdo el
hecho puntual, no sé si fue cuando apareció el fantasma de Evita en escena o
cuando Isabelita tenía orgasmos con el fantasma de Perón, o cualquier otro
momento de esa índole que pudo haber activado la ofensa: uno, alguien que no
estuvo a la altura de la parodia, se levantó de su asiento, enojado, gritando
“¡Viva Perón!” y abandonó la sala. El riesgo de la parodia manifestado en plena
función sólo hizo más eficaz a la mismísima parodia.
En
aquel momento, hace más de seis años, creí que quienes se habían levantado
indignados (fueron bastante más de uno) con una parodia como Happyland,
eran células individuales, parte de grupos pequeños, minorías intensas que no
pueden dejar de ver el mundo con los lentes de una ideología y no existe un
espacio para el relajo, para la banalidad que nos conecta con el placer, con lo
animal, con todo aquello que no se puede inteligir y nos rodea y a veces nos
toma. Conocía a muchos de esta minoría que vive tensa, pensando que el mundo
conspira sólo para su humillación, pero con el tiempo y por cómo se fueron
dando las circunstancias, más gente se parece a estos intensos, más gente es
incapaz de entregarse a una ironía porque no pueden dejar de estar enojados, o
no pueden dejar de sentirse ofendidos, porque sienten que existen
conspiraciones con el único objetivo de humillarlos.
Vuelvo
a ver South Park. Paramount tiene todas las temporadas ordenadas
y los capítulos son de treinta minutos que pueden verse mientras uno cocina o
se corta las uñas. Es práctico, pero a la vez, es un bombazo de crítica social
en forma de parodia que me obliga a reírme de mis esnobismos y me provoca que,
al terminar el capítulo, me quede pensando cuán exagerada es esa parodia. Si
tuviera que concentrar en una frase síntesis toda la serie, podría decir que la
crítica que hace es al mundo adulto y a su forma de criar a los niños. La
gracia reside en cómo los padres, envalentonados en discursos progresista que
se pasan de rosca, comenten actos absurdos que los niños, desde su ignorancia y
su pequeño sentido común pueden resolver mejor y acercarse a la coherencia.
Básicamente nos dicen que a veces hay que sobre pensar menos y pensar más como
lo haría un niño (incluso con sus crueldades).
Reveo con placer capítulos icónicos como cuando la madre Kyle Broflovski quiere prohibir los dibujitos que miran los niños porque dicen grosería y no se fijan las groserías internalizadas que tienen en sus discursos; cuando hacen una campaña para normalizar a la única persona de South Park con un feto muerto en la cara y la terminan individualizando a niveles de lo incomodo; o cuando creen que los niños hacen una escalera al cielo para reencontrarse con su amigo muerto y en realidad lo buscan porque tenía el ticket ganador de unas golosinas. Basta scrollear dos reels o dos tik toks para darse cuenta que la crianza actual es la misma que pretendía la señora Broflovski. Está tan pasada la pretensión progresista con los niños, que están llenando el futuro de adultos egocéntricos, individualistas y que no conocen la frustración.
En X
(otrora Twitter) @AbogadoDijo es una cuenta de parodia en la que toma un
hecho muy común que estuvo de moda en algún momento en la red social y lo
exprime hasta el escándalo con todos los casos que se suceden día a día en este
país que no da respiro. De cualquier caso que suceda en la cotidianeidad, Pablo
(@AbogadoDijo) puede mostrarlo como una escena en la que un padre
intenta ser super progre con su “hije Quimey” y esta (o este) le responde, no
como una niña sino como un adulto más progre aún que le da una lección a su
padre aun no tan deconstruido. Cuando el mundo no empieza a responder como
estos progresistas quieren, lo remata con “Nos abrazamos y lloramos”. Emula a
todas esas cuentas que nos querían hacer creer que vivían situaciones con sus
hijos super adultas cuando en realidad sólo querían micro militarnos
diciéndonos “hasta un niño se da cuenta”
La cuenta es graciosa, pero está en una meseta de la que no puede salir: es repetitiva con una burla que ya fue contada muchas veces. Pero aún amesetada tuvo su pico, su peronista indignado que se levantó en medio de Happyland, que lo que hizo fue darle una pátina de observador perspicaz cuando ese chiste que parecía gastado se volvió real, incluso más real que burla, con de más vergüenza ajena.
Tras
la confirmación de la condena de Cristina Fernández por parte de la Corte
Suprema de Justicia de La Nación, el clima en el canal de streaming Blender
se revolvía con fuerza con una pala de madera, sobre todo en el programa del
ultra kirchnerista Jorge Pinarello, donde una afectadísima Julia Mengolini
contó una anécdota al estilo @AbogadoDijo: tenía que llevar a su hija al
estreno de La Sirenita, pero no pudo, estaba llorando por Cristina y fue
su hija quien la alentó a que vayan a bancarla a la calle. En principio, la
anécdota inverosímil, porque ninguna niña que tenga una madre famosa que puede
acceder al estreno del musical que todos los niños quieren ir a ver, soltaría
la oportunidad para ir a bancar a las calles, con el frío, a una señora que
podría ser su bisabuela que gobernó (cuando todavía no tiene muy en claro qué
es gobernar) en un período en el cual ella no estaba ni en los planes y eso es
real, es tristísimo que una niña de su edad ya cargue con angustias de una
mujer adulta, porque la infancia es de los momentos más felices de la vida y
dura apenas cinco minutos, ni vale la pena que esos cinco minutos los carguen
con conceptos como condenas, presidentes, proscripciones, censura o democracias
en peligro.
Las anécdotas contadas para militar una causa, metiendo a niños de por medio, del mismo modo que hace Ezequiel Kopel para sentir compasión por el régimen iraní, además de ser bajo y poco creíble, empaña la causa en sí: si sus militantes mienten para defenderla ¿qué nos aseguran que la causa sea honesta y no sea también otra mentira? Pero, sobre todo, pierden el miedo al ridículo, se los escucha como si fuera una parodia justo cuando es el momento en el que intentan hacernos creer que están más serios que nunca y ya no sé si la parodia causa gracia cuando hay alguien que en su cabeza vive en serio y por fuera se ve como un circo. Esa disonancia cognitiva mata todo tipo de parodia y pretende quitarnos la posibilidad de reírse también del horror, de reconocerse vil, por momentos. Hoy encuentro en reírme de ellos como una burda parodia, la resistencia.
Publicado por Juani Martignone.

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