Del desgarro a la altanería
El dolor de las víctimas en la boca de maestras impacientes que sólo saben retar.
El gobierno actual acusó a la marcha de Ni una menos de ser
una marcha política opositora y no puedo dejar de recordar que once años atrás
quien fuere la presidenta de la nación, Cristina Fernández, dijo exactamente lo
mismo cuando se realizó la primera marcha surgida de un movimiento del entonces
Twitter y del que no se había percatado ninguna fuerza partidaria, ni siquiera
la que contiene a Myriam Bregman: un pueblo arriado solamente por la pulsión y
la bronca de ver como mataban mujeres como moscas a cielo abierto sin que a nadie
(insisto, a ningún partido político tampoco) le importara demasiado. El
egocentrismo populista que indica que sólo está bien aquello que yo digo y hago,
llevó a la presidenta de aquella época a acusar a la marcha de ser una simple
manifestación para joder a su gobierno perfecto; exactamente lo mismo que dijo el
gobierno actual, que la marcha la hacen para intentar opacar el brillo que
reluce de las estadísticas surgidas de un quirúrgico cherry picking. Estas
coincidencias calcadas demuestran que el problema no es la izquierda o la
derecha, en una democracia sana y bien entendida ambos conviven, maridan y
resuenan en natural sinergia; el problema es el populismo. Con una diferencia: hace
más de una década se expresaba el desgarro social, esta vez, en el discurso
oficial, la cantante Cazzu remata con “Vivas, libres y desendeudadas nos
queremos” que aunque María O’donnell contorsione todos los músculos de su
cuerpo para justificar el “desendeudadas”, que lógicamente uno podría asociarlo
con la violencia económica, en un gobierno como este que enfrenta a diario un
discurso opositor que hace referencia a la deuda, justo esa palabra es
desafortunada porque da el pie justo para tildarla de una marcha opositora
borrando todos los nobles motivos que tienen que recontra explicar porque todas
las grageas con las que riegan el camino dan a lugar a la suspicacia.
¿El mainstream se cansó del feminismo porque se niega a
reconocer los derechos y los reclamos de las mujeres o porque las
representantes de feminismo que hablan más fuerte tiñen al discurso con
prédicas partidistas, con silencios selectivos que aturden y con resultados más
formales que palpables? Quizás, para obtener la respuesta, haga falta escuchar
más al pueblo que vive fuera del epicentro de Honduras y Bondpland y menos al
que se reúne en bibliotecas y conversatorios.
Recuerdo que en 2015 fui a la primera marcha de Ni una
menos más que nada movido por el impulso que seguía el hashtag de Twitter, que
en ese momento era importante. Lo impulsaban periodistas que seguía porque,
sobre todo, eran buenísimas twitteras, jugaban todas noches con nosotros, los
unknown, a cualquiera de las pavadas que jugábamos mientras mirábamos todos el
mismo programa de tele. Mi primera impresión fue la de asombro ante un grupo
social asediado por una violencia que para alguien como yo era completamente
invisible, aunque siempre haya estado plagado de amigas mujeres. Madres que
levantaban las fotos de sus hijas muertas y mancilladas, se multiplicaban en
rostros que jamás vimos; estaba ahí, sucedía a plena luz, todo el tiempo, en
todas las clases sociales y con todos los gobiernos. La marcha era la expresión
de una comunidad desgarrada que mostraba sus heridas para pedir clemencia. Me
fui con menos certezas de las que había llegado.
Después vino lo que vino: la política se hizo eco, los
agnósticos se transformaron en conversos y los que se vieron amenazados se
sintieron obligados a darse un baño púrpura para borrar el pasado y decir que
lo siguen desde Cemento. Como paso natural a un primer puntapié que nos dejó
con dudas y avidez en 2015, el proceso devino en la formación de sus
militantes, gesto no menor en un terreno acostumbrado a tatuarse dos o tres
banderas y repetirlas sin devanarlas hasta convencerse de que deben encarnarse.
Nos revolearon autores, historia, arte y ciencia, y vivimos una etapa de
ilustración que no tiene forma de verse negativa, pero que quizás dejó mucho
maestro, poco alumno y aliades que dan cringe.
La cultura del amor propio, de priorizarse, de escucharse a
uno mismo, de respetar sus propios procesos, viene cocinando a fuego lento un
individualismo narcisista desde mucho antes de que Milei lo pusiera en palabras
y ahora todos lloren sobre la leche derramada. Y como los cambios culturales
trascienden a los cambios que se dan los 10 de diciembre cada cuatro u ocho
años, se fue generando una validación que excluye a las ideas, los conceptos,
la verdad, lo comprobable, para virar a la aceptación en función de quien lo
dice. El diario La Nación, de hecho, lanzó una campaña en vía pública en la que
muestra una misma frase (no así una misma idea o concepto) que fue dicha por
dos personas en apariencia opuestas y debajo reza: Quien lo dice importa. Bajo
esta lógica Milei puede tirar cualquier tipo de fruta al aire porque lo que
importa es que lo dijo el presidente, de dónde surge el dato es un trabajo
pesado que nadie quiere hacer; de a poco se han transformado en feligreses que
toman la palabra de sus líderes tal como viene. El concepto de cuestionar de
dónde viene un dato no alude a las verificaciones de veracidad sino a quien
emite el dato, qué medio, de qué partido político, a qué se dedica o hijo de
quien es.
Es así que durante las cruzadas contra la violencia
machista las mejores guerreras ascendieron naturalmente al olimpo de palabra
validada, de intelectual del feminismo. Ese es el caso de la escritora Claudia
Piñeiro que siempre fue conocida por ser una autora best seller de novelas
policiales donde los más grandes embrollos se resuelven con teorías
conspirativas de agrupaciones ultra poderosas y siempre están estructuradas
bajo la moral de una causa justa; literatura bienpensante, la llamó Beatriz
Sarlo cuando analizó su novela Elena sabe, para decirnos que no representaba la
buena literatura sino las buenas causas. Claudia es una guerrera de las buenas
causas con escasas herramientas intelectuales, pero que rodeada del prestigio
que le da ser best seller y soldada feminista, todo en ella parece ser una genialidad,
aunque siendo dramaturga tenga que googlear la palabra misántropo con el perdón
de Molière.
Pero algo hace más inteligente a uno, aunque detrás lo siga
una arenga barrabrava: el darse cuenta de sus limitaciones y no subirse a los
halagos para pararse sobre un estrado por encima de los demás para explicarnos
cómo tenemos que ver, pensar y sentir. Y más aún cuando el capital que tenemos
para avalarnos es a nosotros mismos, como el narcisista que cancela un
encuentro el mismo día porque elige priorizarse. En esa tónica, tras el
festival de morbo que circulaba en la televisión y en las redes sociales respecto
del femicidio de Agostina Vega, Claudia, nos mandó a leer su propia novela
Catedrales para entender qué es un femicidio. Bajo, morboso, narcisista,
¿campaña de marketing?, o todo a la vez. Lo peor es que cuando alguien llegó al
olimpo de validadores prestigiosos, se cree inmune a las confrontaciones que le
pueda hacer alguien de menor rango que ellos, no lo entienden, no reflexionan
sobre lo que dijeron, no piden perdón.
El desgarro original cosechó lideresas que usan la
altanería para lograr la empatía que necesitan para que las sigamos en su
lucha, se paran sobre un banco construido de moral bienpensante, nos apuntan
con el dedo y nos piden que las sigamos sólo porque ellas lo dicen. La campaña
que se extendió el día de la tradicional marcha del 3 de junio de Ni una menos
tenía un cartel que mandaba a educar a los hijos. Ahí parados por encima de
nosotros los tarados que nos sabemos cómo educar sin generar daños colaterales,
que no leímos el manual de cómo criar a nuestros hijos en el feminismo, se
encontraba este grupo que nos mandaba a hacer las cosas como se debe, con un
imperativo, porque sos vos el que no educa, el que no sabe educar para que las
mujeres mueran de forma violenta. Dicen los africanos que para educar a un niño
se necesita un pueblo y entonces uno podría decir que como sociedad estas
marchas podrían ser una invitación a pensar cómo educamos (en plural) a las
generaciones venideras, qué esperamos de ellas y como trabajamos para que eso
suceda, en la familia, en la escuela y en el colectivo cuando de ocho años y
van sentados jugando con la tablet y los viejos parados. Pero la frase parecía
pedir otra cosa, parecía que obligaba a los padres a educar a los varones que
no que fueran femicidas, porque parece que sólo ahí reside la semilla de este
mal, incluso, me atrevería a decir que le piden exclusivamente a la madre,
porque el padre aun conserva su matriz machista con perspectiva de femicidio.
Más claro quedó en un encendido comentario que propulsó la
periodista Laura Ubfal en el que mostraba un furibundo enojo con la crianza que
le daba Florencia Peña a su hijo menor. Levantó un recorte viejo en el que
Florencia y Marley exponían a sus hijos de menos de diez años preguntándole por
noviecitas y otras pavadas para generar un contenido “picante” y, en teoría,
gracioso. Pero Laura apuntó directo a Florencia, a la madre (el machismo
siempre juzga la crianza apuntando a la mujer) y con el cadáver de Agostina
tibio y toda la prensa hablando de eso, le habló a la actriz, que nada había
expresado sobre el tema hasta el momento, enfurecida y mirando a la cámara "Ahí
empieza todo, Flor. Eso dicen los incels, que las minas son todas unas
p...". Laura, otra de las voces autorizadas para hablar en nombre del
feminismo, incluía un personaje más en medio de un femicidio espantoso, para
retarla, para enseñarle cómo se tiene que educar. Mejor dicho: cómo una madre
tiene que educar a su hijo varón para no le salga incel, y por consecuencia,
posible femicida. El tema terminando llegando a los programas de chimentos como
una guerra de vedettes entre Laura y Florencia. La pura banalización. Y tal
como reaccionó Claudia ante la crítica, Laura no reflexionó, no se movió un
ápice de sus dichos, lo sostuvo y mandó a agarrar los libros a todos los que no
pensaban como ella. La soberbia y la altanería es la forma que encuentran estas
referentes feministas para transmitir su mensaje de gente buena que lucha por
buenas causas.
No todas las referentes son iguales, eso es cierto, pero
estas son las que hablan más fuerte y de las que nadie sale a discutir sus
credenciales, al contrario, se aclara que son buenas en lo que hacen. La
autocrítica en el movimiento feminista se ve como debilidad y no como
depuración. Mientras tanto vemos mujeres que partidizan todo lo que tocan, que
retan delante de todos a la que no alinea, que se autocelebran, que no admiten
críticas. Vemos referentes altaneras y soberbias a las que se nos hace cuesta
arriba escucharlas y tomarlas en serio. En esta lógica de que hay muchos
feminismos (de la misma manera que existen muchos peronismos) y nosotros debemos
tomarnos el trabajo de estudiarlos para elegir el que más nos representa, es una
exigencia cara en esta era en la que el tiempo es un bien escaso. Regalarlo a
intento de escuchar a maestras de grado de Gasalla gritando como locas malas,
es pedir demasiado.
Publicado por Juani Martignone.

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