Las segundas partes nunca fueron buenas

 El anhelo de repetir un éxito ya cerrado corre con el riesgo de caer en el ridículo.

Existe una necesidad irrefrenable de no soltar aquello que se termina, una incapacidad de realizar duelos, que podría surgir quizás del estímulo constante de las redes en la nunca nada termina, siempre hay algo más para scrollear, o bien al revés, la soledad epidémica que se  vive en la actualidad en la que cualquier gil se transforma en ídolo porque hay un público que necesita sentirse acompañado, que no lo abandonen, que no se escurra como todo en estos tiempos, que dura apenas un slide, unos segundos. O quizás funcionamos de ambas maneras, a los políticos le estamos dando sólo una oportunidad sino slide, pero a la vez deseamos que pongan una nueva temporada de Stranger things para que continúe en esta lógica de no aportar nada, pero que al menos entretenga; que se pueda ver mientras scrolleamos Tik Tok.

El mundo del entretenimiento, sumido en una crisis de creatividad (yo no existen esos años como 1994 donde se hicieron películas como Pulp Fiction, Forest Gump, El rey León, Entrevista con el vampiro, Leyendas de pasión, La máscara, Mentiras verdaderas) y ante la imposibilidad de los públicos de hacer el duelo de grandes éxitos y necesitar, como la droga, un poco más, algo que les deje al menos un fotograma o  un gag del viejo buen recuerdo que conservan, se transformó, básicamente, en una industria que estira hasta el hartazgo tramas que no requerían de tanto (ejemplo: Avengers) o reversiona clásicos que siempre funcionaron (ejemplo: Mujercitas) una práctica perfecta para un mundo al que le cuesta crear ídolos actuales. Revisando redes y consumos, la industria detecta un mercado de la nostalgia, incluso nostalgia por aquello nunca se vivió, una especie de nostalgia implantada por el recuerdo de otros que lleva a pibes de veinte años a venerar a una Cristina Fernández que no recuerdan haberla visto gobernar o a repetir frases icónicas de Moria Casan que las dijo cuando ellos estaban amamantando; la necesidad de algo en qué creer, alguien a quién querer y que siempre esté. En este contexto de que no importa lo que hagas sino que la llama siempre esté encendida, la industria se pone a tono con la política mundial y se vuelca al populismo, a darle al pueblo lo que el pueblo quiere, a que las mayorías terminen alienando a las minorías y todos tengamos a un único héroe; algo que en Argentina ya estamos acostumbrados porque es así como la política se maneja hace casi veinticinco años quizás con la excepción del gobierno de Mauricio Macri, no así, con el actual de Javier Milei.

En este mundo donde los reels más vistos son recortes de Miranda Priestly explicando por qué un sweater no es celeste sino cerúleo y ante la necesidad de exprimir toda naranja vieja que se encuentre para obtener algo del jugo que reclama un pueblo digno de un coliseo, se respondió al pedido insulso que hace cualquiera al que algo le gustó mucho: “ojalá haya una segunda parte”. Tras años de argumentar que la historia de El diablo se viste a la moda ya estaba cerrada, decidieron buscarle algún rulo retorcido para volver a abrirla, sin ganas ni arte, ni explicación; un fan no necesita explicaciones, necesita ver a su objeto de deseo y eso ya le genera el éxtasis que necesita para salivar, gritar, generar adrenalina.

 

 

Ver El diablo se viste a la moda 2 en el cine es una experiencia que refleja la tesis del público que estaba demandando esta segunda parte. Un público, mayormente de mediana edad, que no puede soltar el teléfono ni para escuchar un audio en el medio de un escena, que entra y sale de la sala del cine como si estuvieran viendo la película en Netflix en el sillón de sus casas, que está esperando el gag específico, la gracia, como Bart Simpson diciendo “yo no fui”, y que actúan como adolescentes tardíos o porque no tuvieron una adolescencia plena o porque no la quieren soltar porque se sienten jóvenes: en la proyección a la que fui, una mujer que rodeaba los cuarenta fue con su hija chiquita que rodeaba los cinco y que no paraba de decir que se aburría, a lo que la madre respondía “cállate que mamá quiere ver la película” y puteó cuando la nena quiso ir al baño porque se iba a perder una parte, también puteamos quienes la vimos pararse con total impunidad en la mitad de la proyección retando a su hija porque no le dejaba disfrutar su recuerdo de adolescente en paz. Los que hoy son adultos, no están dispuestos a rescindir nada de sus vidas en pos de nada, lo quieren todo, ser grandes y chicos a la vez y en esa lógica de priorizarse y amarse a uno mismo, poco les importa la experiencia colectiva de reunirse muchos desconocidos frente a una pantalla para hacer algo distinto a odiar, les interesa la propia experiencia, lo que les provoca, lo que fueron a buscar, a rememorar y si les aburre chequean Instagram en el medio. Desean la vuelta de una película a la cual no le podrán dedicar dos horas exclusivamente a ella; quieren hijos, trabajos, responsabilidades, plata y bares y viajes y películas de vida adolescente y que la sociedad acompañe: si se tiene que levantar en medio de una proyección tapando la pantalla y tapando el sonido con regaños a su hija, los demás tendremos que bancar porque es tan solo una madre que quiere ser feliz. Habrá que ver si sucede lo mismo de manera inversa.

Con un público así, El diablo se viste a la moda 2 sólo se encargó de caber el checklist de shorts de youtube que se scrollean todo el tiempo. Y así la película se transforma en una parodia de ella misma: las tres actrices actúan exacerbando las características que definen al personaje para que quede bien claro quienes son, para que todos sepamos que sí, que siguen las mismas que responden del mismo modo. Las actuaciones condicen con sus caras llenas de ácido hialurónico: pretenden ser aquello que fueron creyendo que no nos damos cuenta y el producto es un grotesco de lo que fueron. Llenan la trama de los chistes viejos para que nosotros, los espectadores, a quienes nos suponen estúpidos o se aggiornan a la idea de que al público hay que infantilizarlo y explicarle cada cosa que están por consumir, entandamos que son las mismas de ayer, que es la misma película que vemos en los recortecitos de Tik Tok, desde el arranque con un desfile que se llama “Floral for spring” hasta el final con Anne Hathaway con sweater cerúleo.

En esta segunda parte, la película pierde algún tipo de irreverencia que tuvo, porque se amiga con Anna Wintour e incluso ayuda a promocionarla. Cuando el objeto al cual le haces el bullying, crítica o reconocimiento, se ríe con vos, se desactiva el chiste. Y con el chiste y la irreverencia, se pierde también algo de la crítica social que se encontraba inscripta en la primera película entre pañuelos Hermès y zapatos Louboutin. En la primera El diablo se viste a la moda podíamos ver a una industria de la moda que es voraz no sólo en el cuerpo de la mujeres, sobre todo, sino en el de los negocios y el poder; reflejaba muy bien las condiciones laborales que cualquier trabajador en relación de dependencia y con ganas de ascender tiene, al punto que podía sentirse reflejado, el reflejo del “no pain, no gain” y a la vez, la compleja visión de un líder (en el caso de la película, una lideresa) que debe estar a un nivel que su puesto exige y no puede estar haciendo favores porque se nota que las Anne Hathaway de la vida tienen cara de buenas; deben forjarse de un temple frío al cual nada les toca porque deben decidir fuerte y que, en el caso de las mujeres, se vuelve paradójico porque nadie quiere un jefe sensible (atributo que se le impone siempre a la mujer), pero tampoco que, siendo mujer, no demuestre empatía. Esta relación dual tan bien definida en la primera Miranda Priestly en la segunda se vuelve un personaje gracioso del cual se espera que diga una maldad para reírse.

En esta versión onanista de la primera se intenta meter dentro de una discusión social tocando de refilón todos temas que se muestran más como anécdotas que alcanzan para conformar a un público progresista norteamericano. El inicio y el fin llevan el nombre de Washington Post, pero sólo con los detalles. Arranca con un despido masivo de periodistas por Whatsapp porque el medio de comunicación, como tantos en la actualidad, está quebrado por el cambio de consumo de información, del mismo modo que lo hizo el Washington Post y termina que ese medio no se salva porque cambia con una idea creativa y superadora, sino que se salva por la bondad de un millonario, tal como sucedió en 2013 cuando Jeff Bezos compró el Washington Post para salvarlo de la quiebra. Si hubiera un El diablo se viste a la moda 3 deberían mostrar cómo no existe ningún millonario que haga mega inversiones por filantropía pura (el anhelo más estúpido de la izquierda yanqui) y al final un medio no se salva sólo inyectándole plata sino haciendo un producto de calidad que el público quiera consumir. Durante una década Bezos metió plata a un diario para que siga haciendo el mismo producto que la gente ya no consumía, un día se cansó de tirar plata. En El diablo se viste a la moda 2 plantean que la revista Runaway puede sobrevivir si una millonaria la compra, haciendo un pequeño cambio que es incorporar grandes entrevistas entre sus páginas, estrategia que usó Playboy y murió y que usó la mismísima Vogue y no murió, pero deslució completamente; hoy una influencer puede intervenir más en el mundo de la moda que una revista clásica.

Pero cómo debía incluir el tinte feminista que tenía la primera sin alardearlo, hicieron que la millonaria que salvara aquel vetusto faro de la moda fuera una mujer descendiente de orientales, y si es una mujer no verá sólo el dinero y el negocio, verá la calidad y que otras mujeres puedan seguir viendo moda desde la revista de la que comandan otras mujeres. Visión ingenua. Ser parte de una minoría no te hace más empático, recordemos que Jeff Bezos es una minoría en un país profundamente xenofóbico como Estados Unidos, por ser hijo (o criado) de un cubano. Por otra parte, se amolda al discurso machista de lo que una sociedad patriarcal espera de una mujer: que sea lo suficientemente sensible para entender que es más importante un sueño que el dinero; exactamente todo lo contrario a lo que nos mostraba la primera parte en la que definía a una mujer en la cual su negocio, su dinero y su poder eran su motor por encima de sus sentimientos amorosos o maternales, nos mostraban a una mujer que se proponía ser lo que quería a costa de lo que sea, que no necesitaba ser validada por un marido que la acompañe o tiempo de calidad con sus hijas, porque no le interesaba ser buena madre o quedar como una insoportable a la que no le duran los maridos, era lo que quería ser y lo hacía bien, justamente porque dejaba el corazón en la mesa de luz, algo que tuvo que aprender el personaje de Andy y es ahí cuando triunfa. La su idea “disruptiva” radicaba en plantear ¿por qué un personaje así no puede ser una mujer? ¿por qué si un personaje así es una mujer la vemos como un monstruo o una infumable y si es un hombre lo vemos como un lobo de Wall Street que se fagocita todo lo que tiene por delante? La conclusión feminista de esta nueva parte pareciera ser que si esa persona que es muy rica es una mujer, es mejor que si es un hombre, simplemente por una cuestión de género, sumado a un origen foráneo.

La crisis del entretenimiento en este mundo populista responde pura y exclusivamente al tipo de público en el que no hemos transformado, hoy todo se rige por nuestros deseos, el mercado siempre nos dará lo que queremos para que lo compremos, ya se abandonó la idea de invertir el dinero en refinar el gusto del público sino en entregar el dinero a lo que el publico quiere. El producto de esto son cines en los que ya no existen las películas en idioma original subtituladas porque a la gente le da paja leer y que las carteleras solo tengan películas infantiles, de terror o de superhéroes, lo máximo a lo que podemos como sociedad aspirar a tener como consumo cultural. Por eso cuando queremos recrear un éxito pasado siempre cae en la farsa, por eso El diablo se viste a la moda 2 no podría haber sido de otra forma, porque el público que pagará una entrada para verla son madres que van a ir con sus hijos al cine o gente que entre cada escena chequeará si no le llegó algún Whatsapp, importante o banal. A diferencia de la primera película, ésta nos da la solución al problema: más dinero de alguien que lo quiera poner para que los mismos de siempre sigan haciendo lo mismo de siempre que es lo que, según ellos, es lo mejor, porque ellos se creen mejores personas, naturalmente.

No sé cómo se resuelve este nivel bajísimo cultural reducido a un reel. No sé si falta más plata o quizás haya que invertir menos en inteligencia artificial para mostrar imágenes que se ven artificiales e invertir más en salas que prohíban el acceso una vez iniciada la película, que respete los rangos etarios, que prohíba la comida, que nos haga dejar el celular en un locker y que nos obligue y nos empuje a consumir un producto tal como es y quizás ahí nos daríamos cuenta que esa película de la que tanto pedimos una segunda parte en realidad es un blef, justo lo que habíamos pedido.            

 

Publicado por Juani Martignone.

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