Son todo lo que querían de ellos

Lali y Bad Bunny buscan la validación de la crítica elevada ¿se alejan de sus públicos originales?

En una época me gustaban más las canciones de Shakira en inglés que en español (aunque sigo considerando que sus dos mejores temas son aquellos que sólo tienen su versión angloparlante: Poem to a horse y Don’t bother), lo mismo me pasó con Ricky Martin; sentí que dejaban de hacer música barata (en español) para pasarse al pop (en inglés). De la misma forma que me pasaba con el reggae, consideraba que el pop sólo era en inglés. Mi mundo pop lo cubrían Madonna, Britney, las Spice girls, Kilye Minogue, Cher y después Lady Gaga. Hasta que una vez, en los early 2000 me crucé en costanera sur con una banda que hacía una especie de electrónica que además tenía letra que se podía cantar; eran épocas de una electrónica que empezaba a volverse popular con la llegada de la primera Creamfield (a la cual también asistí), y entonces me quedé escuchando estos chicos que tenían maquillajes estridentes y cantaban amariconando la voz. Más tarde, en la medianoche de MTV, que con mi hermano mirábamos religiosamente para descubrir vanguardias, me enteré que esa banda que tocaba para quien la quiera escuchar en la costanera se llamaba Miranda! Ya había escuchado Bailarina, que era claramente más electrónica, pero luego llegaron Imán, Agua y Tu juego (que las sigo cantando a gritos hasta el día de hoy) y entonces descubrí que podía existir un pop en español tan bueno y con la espectacularidad del pop en inglés con el que me había criado. En medio explotan desde un reality, que miré de cabo a rabo, Bandana y tras esta reconciliación con mi lengua, volví a la Valeria Lynch que me dio la primera canción que aprendí a cantar antes de cualquier infantil y al pop latino que tanto había menospreciado. Como sucede hoy, el pop se hacía fuerte en mí cuando la electrónica era la música de los chicos cool.

El pop, junto a los realitys y las series de Cris Morena, tallaron en mí, a base de estereotipos, mi identidad que es imposible escindirla de la sexualidad. El combo completo, un starter pack gay. Como fanático confeso de Casi Ángeles vi el nacimiento y ascenso de Lali, pero poco importa desde cuándo la sigo o la conozco, lo que más me importa es en lo que me dio: la misma sensación que me había dado Miranda! no estaba jugando a ser una estrella de pop, lo era, era una estrella de pop argentino. Recuerdo su irrupción con un monstruo del pop como Histeria en la que usaba peluquitas de colores de fantasía y labiales con grivré de las que podía verse algo de Wow de Kilye Minogue y de Las de la intuición de Shakira; Lali se reconocía hija de las mismas madres del pop en las que yo me reconocía, en las que los varones homosexuales nos reconocíamos y revindicábamos cada fin de semana en nuestros boliches a los que los heterosexuales asisten como despedidas de solteros o fiestas bizarras. También tenía un componente y reconocimiento muy local que más tarde vendría con el homenaje a la mujer monstruo más puto de nuestra farándula como Moria Casan, pero a diferencia del pop caribeño, Lali nunca usó palabras en inglés en sus letras, podía inventar palabras como “Una na”, pero no caía en los anglicismos en los que, gente como yo, caemos constantemente para explicar una situación. Y más allá del uso de los escenarios argentinos para sus videoclips, que podrían verse como un uso populista nacionalista, tenían un storytelling que hacían de ese lugar el indicado: no imagino el ángel caído con una flecha atravesada que cantaba “es tu ego, ego, ego, estas ciego, ciego, ciego” en otro lugar más indicado que los bosques de Villa La Angostura.

Para ser una diva del pop es necesario ser como una chica Almodóvar: sexual, un poquitín lista y un poquitín boba y siguiendo con el path, Lali saca el disco que, para mí, le da esa talla: el disco llamado “Lali”. Incorpora aquello que inauguró Madonna: una carga fuerte de sexualidad libre que siempre está corriendo un límite; la sexualidad gay. Nos dice “te quiero encima, nada encima, sólo el cinco de Chanel”, “mejor que dos son tres (…) yo quiero todo” y explota en presencia, sexualidad y sado en Diciplina (para mí el mejor tema de Lali) sólo diciendo “al piso”. Pero también le vimos en el video de Obsesión invitándonos a volver a Flash Dance y Marry the night de Lady Gaga o la escuchamos más reflexiva en Sola. Si bien las canciones para nenas bobas que lloran por chicos malos ya son un producto gay en sí, agregarle la carga sexual no tradicional y no romántica, convirtieron a Lali en un producto 100% puto.

Así como Lali le hablaba a las chicas y los trolos, un poco más tarde apareció Bad Bunny para hablarle a los nenes play: pibitos más bien virgos que se sentían validados por los valores del machismo: el tamaño del pene, la cantidad de minas que pasan por la cama, el desinterés por el compromiso. Nos decía cosas como “cuando tú quieras yo paso a buscarte, no traigas paraguas como quieras va a mojarte, la temperatura está pa’ calentarte”, “se hace la que no me conoce, pero en mi cama se la puse en cuatro y en toítas las poses” o “si tu novio no te mama el culo, pa’ eso que no mame, vente pa’ casa que yo te lambo toda”. A Bad Bunny lo encontré temprano también, cuando empecé a oler que algo se cocinaba en esos lares de la música y mi obsesión por comprender todos los movimientos contemporáneos me llevaron ahí y una vez que Benito me agarró, no lo pude soltar más. Spotify me lo presentaba como lo que más escuchaba en el año y me producía un amor irracional. Su música era trivial, pero sus efectos eran los interesantes: en un mundo que se había transformado en sommelier de micro machismos hasta en las fuentes en las que se imprimían los textos, Bad Bunny lograba hablarle a una minoría (o mayoría, no lo sé) que se había quedado afuera o bien quedaba completamente fuera del foco (el progresismo mainstream lo descubrió en 2025). Fue blanco de todo tipo de críticas a las ignoraba súbitamente o, si las escuchaba, levantaba la apuesta (como el caso de Yo perreo sola en el que se travistió hasta el grotesco). Pero del mismo modo que Lali no pretendía decir nada al cantar prefiere que sean tres en una cama en vez de dos, Bad Bunny tampoco nunca tuvo pretensiones evangelizadoras del machismo; ambos contaban su mundo de una forma digerible y bailable. Las chicas solos queríamos divertirnos y los chicos también.

 


 

Cada vez que se intenta encontrarle un sentido o un mensaje moralizador al pop recuerdo el libro Against interpretation de Susan Sontag donde nos invitaba a no tratar de traducir el objeto artístico en un concepto que el artista nos quiso ocultar para descubrir el chiste, sino simplemente entregarse al arte. El pop eso, espectacularidad efímera, es música de dudosa calidad, imagen (es imposible pensar a Miranda! quitando la imagen), iconos, situaciones de todos días puestas en un ritmo pegajoso que nos hace bailar, no pensar. Después de escuchar su música no pensamos que Lali es vengativa porque dice “si todo vuelve como un boomerang” o que Bad Bunny es un stalker porque dice “borracho en tu insta me metí”. Además de la sobreanalización de la que Sontag estaba en contra, el pop tiene la característica de ser solamente eso, pasatista, comercial, bobalicón, que se arraiga a nuestras cuerdas vocales tan fácilmente que no nos da tiempo para pensar en quénos quiere decir y el tiempo pasa y la música queda y en ningún momento nos hacemos la pregunta de qué estamos cantando, no juzgamos, cantamos pop para no tener que lidiar con la abrumadora tarea de encontrarle un sentido a todo lo que nos rodea.

Una vez escuché a Beatriz Sarlo decir que la validación te daban las ventas o la crítica; se podía ser un escritor malo, pero best seller y eso ya te consagraba o se podía ser un escritor que no vende nada, pero gana todos los premios de la crítica y también se consagraba. Si hacemos una analogía con la música, el pop es un escritor best seller y el rock un escritor que ama la crítica, pero que curiosamente en nuestro país no es un fenómeno marginal, sino que siempre fue la regla, el mainstream, la música de masas. Hacer un rock que te deje un mensaje, que exprese una situación social o política es visto como la buena música, la música que vale, aun cuando quienes veneran y exigen ese sentido a la música no entiendan mucho lo que se dice, como pasa con la música de los Redondos que pocos entienden de qué va, pero los conquista la idea de que hay un músico que es una mente maestra que nos está dando un mensaje encriptado que nosotros, los simples mortales, no logramos entender. Para consagrarse en la música como un “verdadero” artista, es necesario dejar un mensaje, y cuando Lali y Bad Bunny ya sobreexplotaron a sus públicos que, a pesar de su fidelidad, siguen siendo marginales, y no lograron obtener el listón de oro en la solapa de su camisa, van en busca del amor del público bienpensante, del público que consume aquello que le produce erecciones algún tipo de estímulo intelectual para poder llevarlo a sus livings con sus pares, rodeados de libros de filósofos y vinito.

Bad Bunny tuvo que empezar a ver más allá, despertó (“he woke” de ahí el nombre de la cultura que la izquierda puritana yanqui popularizó en los progresismos latinoamericanos) y tuvo que ver que además de que en su país estaban las mujeres más deliciosas y zafadas de todo el caribe, también había cantantes folclóricos y un deseo irrefrenable de ser yanquis, algo que ya él ya tenía, pero que lejos de venerarlo, se debía insultarlo por no amoldarse a las expectativas progresistas. Dejó de cantar chanchadas con sonidos predeterminados para cantar letras con mensajes sociales que revindican el deseo del progresismo portorriqueño (como la canción Lo que le pasó a Hawaii) con sonidos de los artistas que la izquierda internacional siempre adoró, y dejó de aspirar a tener Apple, Sephora o Louis Vuitton, para reclamar que el gobierno de Estado Unidos acepte a todas las personas que se metieron de forma ilegal rajando esa isla que dicen tanto amar y que tiene buena música y buenas causas. Se consagró en el entretiempo del superbowl cuando hizo lo que la crítica deseaba que hiciera: no habló de culos y tetas y habló de lo malo que es Estados Unidos con los inmigrantes ilegales y mostró que los latinos somos, en efecto, el estereotipo que los yanquis crearon de nosotros: gente que está todo el tiempo alegre limpiando casas, juntando maíz como en el siglo XIX y colgados en postes para que los yanquis puedan tener luz como esperan.

Lali, viviendo en un país que le exige un posicionamiento político a todo aquel que ose ingresar en el esquema artístico local, tuvo que explicitar lo que, a su manera, venía haciendo (todos recordamos el tweet de Lali cantando el himno mientras lloraba por lo que pasaba en el país). A diferencia, justamente, de Estados Unidos que es una máquina de producir pop y no reniega de ello, sino que aspira a ello, en Argentina, hacer música es hacer rock. Increíblemente en la cantidad de años que se viene produciendo música local que no es folclórica, recién en el siglo XXI el pop se empezó a hacerse de una forma acabada y orgullosa de ser simplemente pop (Miranda!). Lali, para sentirse amada por los círculos intelectuales de la Argentina que toman caramel macchiato y sobre actúan devoción por el fútbol y la cumbia, sacó un disco rockero, uno que grita, uno que se enoja con la sociedad, con los que le piden, pero no al estilo Piece of me de Britney o Von Dutch de Carlie XCX, sino como lo hace la música que vale, como lo hace el rock: a modo de denuncia. Empezó a participar del Cosquín rock, rindió homenajes a Sumo, cantó con la Bersuit, e incluyó al Indio Solari en el mismo espectáculo que había invitado a una madre del pop como Kilye Minogue. Se amoldó al público que consume a su futuro marido, se amoldó a la crítica intelectualoide, se amoldó a un público argentino que necesita escuchar algo inteligente para considerarte, y los recitales se llenaron de gente que hacen pogo en Fanático y que no comprenden la diferencia de denunciar “nunca fui lo que querían de mí y no me importa” a sentirse orgullosa cantando “soy, lo que tanto busqué de mí”. Sutilezas.

Six sex es una especie de Bad Bunny versión femenina, que replica todos los estereotipos machistas de manera desprejuiciada y banca la parada, sostiene que su música sea sólo pitos y putas. Ella también participó de Cosquín rock, pero lo hizo con un pantalón. Aludió que no mostraría el culo en ese ambiente de machos del rock en el Lali intenta encajar, y ese acto se volvió más disruptivo que el Indio Solari invitándonos a ver 678. Los Miranda! sobreviven con éxito moderado (con picos y bajas) por más de veinte años sin caer nunca en el psicopateo de tener que expresar adhesión a las causas buenas; poder simplemente hacer lo que uno quiere sin tener que expresar lo que te piden “los buenos” también es otro acto político, porque en Argentina, un país que sólo produjo rock hasta por debajo de las piedras y que sólo valida a los artistas que dan un mensaje, hacer pop es de rebeldes, es hacer lo que nadie se atreve a hacer o confesar que le gusta por miedo a ser tildado de sonso, de banal.

Los gays y estoy seguro que las mujeres también, siempre tuvimos que hacer algo para la sociedad nos valide, teníamos que ser los mejores de clase, vestirnos bien, ser divertidos en las fiestas y el confesor de peluquería; requisitos para perdonarnos nuestro pecado original. Pero la inclusión, la que esperamos las minorías y no la que nos dicen que tenemos que esperar, es aquella en la que también se nos permita ser tontos, abyectos, sin opiniones formadas, sin ganas de entrar en debates públicos y que sólo nos interese el sexo y el boliche. El pop nos asegura la fantasía de vivir en un mundo donde también se nos permita ser mediocres. Y mantener esa postura banal es un acto de rebeldía más fuerte que cantar la trilladísima Marcha de la bronca en una manifestación.                

 

Publicado por Juani Martignone.

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