Dime que presumes y te diré que careces

 Manuel Adorni y Nacho Levy alardean una moral que no tienen para evangelizar.

¿Por qué molestan tanto todos esos personajes que se suben al banquito de la moral, levantan el dedo y nos dan discursos pomposos en el que nos marcan todo lo que nos falta y que ellos, que lo tienen, nos lo vienen a enseñar? El mundo se ha llenado de esta gente, gente que se enviste de bondad, de superioridad y que nos marcan con su supuesto accionar personal e imperativos cómo ser mejores personas. Están ahí para detectarnos cada micromachismo, real o no, para prohibirnos hablar de los cuerpos, de cuantas personas pasaron por la cama de una mujer, para obligarnos a comprar nacional, a amar lo nacional, a no criticar lo nacional, para empujarnos a utilizar eufemismos cuando queremos decir “villa” o “negro” o “enano”, para ponernos del lado de Palestina o cualquier otra teocracia que comete crímenes de lesa humanidad contra su propia gente, para arengarnos a tratar con benevolencia a los ladrones de poca monta y con una virulencia inusitada a ladrones de alto rango (Cristina Fernández, Jorge Rafael Videla). La bondad cuenta con un checklist que debe completarse con rigurosidad y memes frente al público, en medios y redes sociales, porque para estar del lado de “los buenos” no se requiere de una ética personal sino una manifestación pública, ese es el ticket de entrada y el aval de permanencia.

El progresismo se ha vuelto un movimiento que se muestra moralizador del bien y que no toma examen; la autopercepción ya te infunde y nadie se atreverá a ponerlo en cuestión, nadie se atreve a oponerse a alguien que se dice bueno. Tomando nota de esta bondad floja de papeles, de este progresismo de tribuna y cartel, quienes quedaron fuera y resentidos llegaron, cual equipo Rocket (apodo, incluso, que le pusieron al dúo de los Menem, Martín y Lule; bien gráfico), para denunciar los males de la verdad y el amor. Llegaron para desmantelar un andamiaje careta que muchos ya sabíamos de su falsedad, de su doble discurso. Pero lo hicieron sin plantear un debate honesto o elevar la vara, sólo reemplazaron una careta por la otra, reemplazaron la moral: ellos no son los buenos, nosotros somos los verdaderos buenos; y además de hacerlo sin un gramo de arte y destreza, con su discurso tan vacuo como el que venían a desbancar, demostraban ser seres de la misma calaña, peleando como niños, viles oportunistas que lo único que cambiaron fue la mano que sostiene la fusta para sentirse mejor que el resto. Poca cosa.

Mis amigos kirchneristas, que detestan ver el reflejo del espejo, se ofenden cuando digo que este momento, el del gobierno de Milei, para quienes no somos oficialistas, se vive igual que el gobierno de Néstor y Cristina Kirchner para quienes en ese momento tampoco éramos oficialistas: el asedio insufrible a la prensa, la propaganda constante y sonante, el republicanismo tirado a la basura y el poco apego a las reglas de la democracia, las viejas trampas de los viejos zorros de la política, la idea que si lo dice la mayoría entonces es lo que está bien, las fake news que benefician al oficialismo, el periodismo militante, el cherry picking, los datos de dudosa procedencia, los oportunistas que se convierten y se suben a la ola, la idea de que están haciendo la revolución, la política de los lemas, la militancia boba y abnegada, la violencia contra aquellos que desconfiamos de lo que dicen y hacen, la adoración swiftie del líder, la corrupción burda y mersa a la que sienten que no nos deben explicaciones porque los suyos simplemente creen, la venta de un mundo ideal que nos están dejando cuando nuestro día a día no se asemeja ni cerca a los términos en el que lo plantean, y claro, la idea de bondad que se inscribe en ellos y que pone a todo lo que no son ellos en el lado de lo malo; con Cristina todos éramos fachos, con Milei todos somos kukas (y Cristina demostró ser bastante facha y Milei bastante kuka). Para quienes no estuvimos ni estamos con ellos siempre nos molestó la arrogancia con la que nos decían que éramos y somos un pedazo de mierda cuando nosotros veíamos y vemos a cielo abierto que ellos también lo son dentro de las reglas que plantean. La historia que se repite no como farsa sino en calco, que deja la sensación en la boca que independientemente de la receta que venden para salvar el país no es eso a lo que vienen sino a sentirse poderosos por la mayor cantidad de tiempo que puedan, a experimentar qué se siente mear a la gente desde arriba.

La denuncia pública contra el hombre que toda chica progre bien habida quiere tener, Nacho Levy, no es otra cosa que un poroto más que se suma al rosario de machitos peronistas violentos contra las mujeres: Pedro Brieger, Dante Palma, José Alperovich, Fernando Espinoza, tan solo por citar algunos de los casos más resonantes. El problema en sí, no es que haya tipo violentos que ejercen violencia de género con cuanta mina se les cruce a los que debemos juzgarlos por la ideología en la que se inscriben; el problema es que son ellos quienes se inscribieron bajo un límite moral de manera demasiado pública y se pararon a juzgar a todo aquel que no se alineaba a sus preceptos morales, preceptos que en la intimidad no cumplían. Aunque seguramente haya radicales o libertarios que caguen a trompadas a sus mujeres, no son ellos quienes cargan con el discurso contra la violencia machista para medir a todos tipo y toda mina cuanto feminismo tienen en sangre, esos son Levy, Brieger; los radicales llevan el discurso del republicanismo y las reglas de la democracia y los libertarios el del maltrato y el odio al distinto, qué podría molestarle una mujer golpeada. Entonces el problema no es un caso (o muchos, demasiados) dentro de un partido, el problema es la hipocresía y cuan de cierto hay en que son esos son los valores que defienden y no más que cartón pintado, una máscara que se ponen para quedar bien, para convencer a la gilada y después puertas adentro hacen otra, como confesó Carlos Menem del mismo partido: “si yo decía lo que iba a hacer, no me votaba nadie”.

La bandera del feminismo la tomó y se la apropió el progresismo / peronismo de CABA / kirchnerismo, pues entonces es justo que se los juzgue por los valores que dicen defender, si yo fuera un simpatizante de esos movimientos políticos, me lo cuestionaría, quisiera no sentirme estafado, pero en partidos monolíticos verticalistas como lo es el peronismo y los libertarios, no se lo juzga por los principios como se los juzga al PRO o al radicalismo (Macri dijo “caer” en la educación pública aunque en su gestión se recuperaron las estadísticas borradas durante el oscurantismo kirchnerista de los datos y se trabajó por mejorar las pruebas PISA), se los juzga por los resultados, si dan Fútbol para todos o bajan la inflación sus militantes se hacen los bobos cuando salta el caso Skanska o el caso ANDIS. Todos esos valores que alardean y enrostran sintiéndose mejores personas que el resto en los doscientos canales de streaming peronistas, se los guardan bien en el bolsillo cuando les muestran la contradicción. Feministas como Julia Mengolini o Malena Pichot que hacen de la diaria la medición de feminismo hasta de personajes como Lola Latorre, no se sienten tan vehementes cuando les toca a sus amigos como Levy o Brieger o Palma, evitan el tema, se victimizan porque para hablar de los ajenos que no son lo suficientemente feministas son victimarias, pero para los propios son víctimas que se preguntan “¿por qué me vienen a cuestionar a mí?” como si la hipocresía explícita y desnuda frente a todos no fuera motivo suficiente para consultarles, incluso para ver si se sienten estafadas con los valores que promueven y que el proyecto político que defienden no se cansa de hacer lo contrario. Existe ahí un conflicto que eligen evadir vestidas de pobres minas, dejaron a la cocorita de lado.

El peronismo y los libertarios no son partidos de valores o principios, esa es la música de fondo, el disfraz que les gusta usar a sus militantes, nada tiene que ver con sus políticas que son meramente pragmáticas y capta votos. Esto lo vimos cuando los peronistas se desgarraron por la diputada Natalia Zaracho que podía ser una excelente política sin importar que fuera cartonera, pero sin embargo acusaron a Karina Milei que no podía estar dentro de la política siendo pastelera (me reservo el comentario desagradable que hizo luego el hermano porque ya no es gracioso ni en una cancha de fútbol), cuando lo que mejor demostró Karina fue su habilidad para hacer política y armar un partido de la nada. Aun si no hubiera sido buena, ¿Por qué a los suyos no se les puede juzgar el curriculum, pero a los ajenos sí? Es una pregunta lícita para terminar de entender cuáles son los verdaderos valores del peronismo. Si se trata de Adorni ya saben que es chorro por una denuncia periodística y lo quieren preso recontra preso, pero a Cristina que la juzgó todas las instancias de una justicia de un país en democracia y la encontró chorras en todas ellas, la quieren libre y candidata ¿justicia si o justicia no? ¿o con que sus militantes crean que es inocente o culpable ya alcanza?

A Javier Milei le alcanza que Adorni diga que es inocente, como los fanáticos de Cristina que no necesitan lo que diga un juez o tres sentencias, tanto para un peronista como para un libertario alcanza con lo que sienta tu corazón, las leyes de la democracia las van a usar cuando el lugar de poder lo ocupen los contreras. La libertad avanza demostró tener las mismas características de partido político que tiene el peronismo: devoción y ejercicio del poder de manera desmesurada, a prueba de balas con las causas en su contra (mantienen a quien tengan que mantener por conveniencia sin importar las denuncias) y con una moral que sólo sirve para discursos que se repetirán en forma de reel en las manos de cualquier gil que esté mirando su teléfono. Y respecto a esto último, de la misma manera que lo hace el arco peronista, los libertarios cuando de valores se trata, cargan sus mofletes de frases moralizantes y escupen para todos lados discursos de valores haciendo alarde que son mejores que cualquier otro, cuando en realidad no lo son. Adorni. en su discurso, no toleraba la corrupción de la misma manera que Nacho Levy no toleraba el patriarcado. Las llamadas “Fuerzas del cielo” (Gordo Dan y acólitos) son el faro moral de La libertad avanza como Futurock lo es al peronismo. Son la pátina de valores que conforma a sus seguidores, aunque en el fondo ambos sean partidos de hechos y no de principios, los principios están para romperse si necesitan bajar un punto de inflación o que salga la ley de matrimonio igualitario. Nadie se siente estafado, nadie hará una autocrítica.

 


Libertarios y peronistas tienen el don de estar siempre juzgando a los ajenos, pero siempre nunca juzgarse a sí mismos, nunca mostrarse débiles siempre ejercer el poder a fuerza de fierro caliente, parándose en los estrados de la casa de gobierno para escupir a los demás, para forrearlos, para burlarse de lo que la gente votó o bien para hacer el show, la exposición de sangre, que la gente, cual coliseo, quiere ver. Como vimos gente que gritaba “Yas queen” cuando Cristina decía que había que tenerle miedo a Dios y a ella, vimos también a Galperín disfrutar que le peguen a una jubilada mientras Adorni lo festejaba en redes y hasta el momento nadie sabía que era un ladrón desprolijo, poco iluminado, burdo y con la misma vara estética de los que tienen sus riquezas mal habidas.

El alardeo de principios en un peronista o en un libertario es parte de un circo que ni siquiera les molesta tanto a sus propios seguidores que sea una puesta en escena hipócrita. Como hoy interesa poco que Cristina haya robado, mañana poco va a importar cuánto robó Adorni o a cuantas mujeres se callaron para proteger a Nacho Levy y al proyecto nacional y popular, de hecho, hoy, la denunciante de redes sociales, está usufructuando el drama; la bajeza y el deterioro de las causas nobles está ahí, ellas las destrozan por dentro.

La hecatombe que dejó el 2001 es similar a la que dejó el último gobierno del trío Alberto Fernández, Cristina Fernández y Sergio Massa: niveles de pobreza que no se recordaban, una inflación que gente de mi edad nunca había vivido desde que manejamos dinero, un sistema de salud agotado, un sistema educativo hecho trizas y hambre por cada rincón. Cuando hay hambre, poco importan los principios, poco importa la doble cara de Levy o Adorni. En el futuro serán parias que nadie recuerda como Amado Boudou, pordioseros del poder, pero bien ubicados económicamente que les contarán a sus nietos que alguna vez, en algún momento fueron grosos y que todos le temían por lo que decían. Gente tan pequeña que su accionar no le hace ni cosquillas los partidos políticos cuyo único objetivo es detentar el poder.

 

Publicado por Juani Martignone.

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