Primero que gane Argentina
En la Argentina secular conviven quienes ven una epopeya en la unión y quienes no se bancan un like de Rosalía.
Kelly Olmos, la otrora ministra de trabajo durante el
gobierno de Alberto Fernández, Cristina Kirchner y Sergio Massa, en un programa
de televisión en 2022 fue consultada por Romina Manguel cuál era la prioridad:
bajar la inflación o que gane Argentina (que en ese momento competía en el
mundial que se llevó a cabo en la teocracia de Qatar) y la ex funcionaria
respondió risueña “Primero que gane Argentina”. Por supuesto que detrás de eso
se desataron hordas de críticas y como buen gobierno kirchnerista o libertario
bancó a su funcionario en el poder desoyendo todo el malestar que pudo generar.
Claro, Kelly no está escindida de la sociedad, es parte de
ella y parte de una porción de esa sociedad que ve a la selección nacional de
futbol como una religión, como el único motor del humor argentino. Gente que
necesita un líder que les marque la moral y el camino correcto a seguir, un
pastor que enseñe con ejemplos, que dé mensajes morales, que se la juegue
políticamente, que nos arríen a pensar un mundo, que nos paternen, que sean un símbolo,
y este último mundial no fue la excepción: nuevamente pedirle a Messi que opine
sobre Adorni o la ley de tierras. A su vez, una fe boba en que el resultado de
un mundial afecta al humor social a tal nivel que la gente se pelotudiza y no
se da cuenta que no llega a fin de mes o que les cortan los beneficios o que la
cagan a palos en la calle y votan al primero que les vende espejitos de colores,
porque quien busca pastores es quien solo sabe moverse si un pastor lo guía.
Que primero gane Argentina no significaba más que “con esto se olvidan que
tenemos que bajar la inflación”.
Lo de Kelly podría ser una mera anécdota, pero la idea que
el futuro del país está ligado al resultado de un juego, que requiere destreza,
táctica, entrenamiento, peor donde también juega el azar, se encontró en los
fueron íntimos como en los públicos. Escuché en distintos círculos íntimos y
privados, kirchneristas, sobre todo, que ganar el mundial era darle vía libre a
la destrucción del país por parte de Milei, decían sobreactuando culpa e
incorrección política, que preferían que Argentina pierda el mundial “por el
bien del país”. Claramente existe una mirada paternalista y soberbia en la que
ellos se ponen por encima del resto en un banquito de moral para explicarles a
una manada burra adormilada por el futbol qué es lo mejor para el país, sólo
porque lo dicen ellos. Aun así, aunque todo esto fuera cierto, existe una
crueldad y desprecio con el disfrute del prójimo. Yo, que vengo de la escuela
Sarlo, preferiría están en un museo antes que viendo un partido de Mundial,
pero ni en mis sueños más viles y arrogantes se me ocurriría quitarle a gente
que conozco y quiero mucho la posibilidad de vivir una alegría como la de ganar
un mundial, es la crueldad de quienes se dicen “los buenos”.
Uno podría bien decir que son actos de crueldad de gente
ignota y sin poder real de influencia o algo de eso, pero luego vimos a Julia
Mengolini, a Cynthia García, a Florencia Peña (antes de divulgar fake news) intentando
imponer un sentimiento de mundial deslucido, que ya no era como el que se ganó
en la época de Alberto, que los jugadores no se la juegan políticamente como sí
se la juega Mbappé, que Messi le dio la mano a Trump. Y de nuevo la idea boba de
que la sociedad siente aquello que unos tipos dicen en los medios porque asumen
que todos somos seres vacíos que sólo nos llena el fútbol, las victorias y lo
que nos digan tres minas en la tele con tono de persona seria que está diciendo
algo inteligente. Ahí comienza la campaña anti Argentina. Como lo expresó
Kelly, pero al revés: odiemos a Argentina para masticar bronca y no dejar pasar
la ley de tierras por el frente de nuestras narices.
El progresismo adverso a los datos duros todavía no asume
una realidad que no quiere ver: en Argentina, el 75% no habla ni entiende de
política, las discusiones de leyes del congreso, las peleas palaciegas, las
guerras internacionales, el sionismo, Trump o el nombre propio que le quieran
poner al presidente, no forma parte de los temas habituales de al gente, lo que
tampoco indica que son idiotas, se habla de política sin saber que se habla de política:
les preocupa no llegar a fin de mes, que afanen mientras todos somos pobres, que
están de fiesta cuando todos estamos encerrados, que cuando oscurece haya que
encerrarse, que no haya transportes de calidad, pero que aumenten igual, el
detalle de ciudad, provincia y nación y quien subsidia y quien no, es algo muy
fino que habla el 25%. Para la sociedad argentina primero está el poder vivir
decente, es consciente de ello, ganar el mundial sólo les da una alegría como
aliciente en la realidad de mierda que todos los políticos nos vienen haciendo
vivir.
Otro dato que desconocían los que querían perder un mundial
para no favorecer a Milei, es que cuando Argentina ganó un mundial pasado, el
presidente no reeligió porque a pesar de euforia y la alegría inconmensurable
de todo un pueblo unido en algo distinto a odiar no podía tapar la
disconformidad de vivir con más del 200% de inflación mientras el presidente andaba
entre fiestas clandestinas en Olivos y en la Rosada con la hija de Roberto Pettinato
(en ’86 no existía la reelección y en el ’78 no había democracias). La gente
que festeja irracionalmente una victoria futbolística no siempre es idiota como
creían los que hacían campaña anti Argentina antes de que se ponga de moda.
Sólo una bandera que rezaba “Las Malvinas son argentinas” les hizo notar a estos
intelectuales que quienes juegan en la selección tampoco son tan idiotas como creen,
no están vacíos de contenido, simplemente no tienen ganas que les marque qué
decir y cuándo decirlo. La campaña se revirtió, pasaron a ser tan comprometidos
como Mbappé y nadie pensó en el acto diplomático si convenía o complicaba, en
la trampa de llevar escondida una bandera, en la autodeterminación de los
pueblos, en la población argentina viviendo en Malvinas, que es mucha, y que
pocos conocen. La vuelta a la campaña malvinera trajo todo el cringe que podía
traer, luchadores de la justicia social que creyeron una epopeya colgar fotos
en ggogle maps o tirar un Tik Tok tras otro, sin siquiera conocer que los
malvinenses hablan inglés, pero dicen “che” como decimos nosotros.
Yo que poco entiendo de futbol y poco quiero entender vi en
la selección argentina algo más parecido a la Argentina que conozco que no es
la que miran desde Palermo. Un grupo de gente que no opina de lo que no sabe
porque tampoco le interesa, que ante la posibilidad de ver un mandatario
importante no se niegan, que se alejan a la idea de quedarse pegados a un gobierno
para evitar futuras facturas, que lloran, que se toman en serio su trabajo, que
se enojan, se frustran, que tienen ambiciones, placeres culposo o grasas, que
son calentones y algo descanseros. Pero, a diferencia de lo que se recuerda de
otras seleccionas y muy a pesar de Messi como el sol de ese sistema solar, esta
selección practica la moderación, descansa al rival, pero levemente, no genera polémicas,
no acaparan la atención y se reconocen como un equipo donde todos tienen una
función importante, no ponderan un héroe salvador y tienen a un entrenador que
habla como habla en de entrecasa y dice “son indios” y después se da cuenta,
como nos damos cuenta todos cuando nos pasa, que detrás hay una legión de policías
del lenguaje que lo iba a cancelar y que también llora en público por sus
frustraciones, pero también por el grupo que se armó, algo así como el último
día de secundario en el que sabías que ese grupo se desintegraba.
La idea de que la salida es colectiva, o los logros son
colectivos, se ve más fuerte que la repetición constante que hacían en Urbana
Play y Radio con vos del lema de Eternauta como si la repetición hiciera entrar
la idea. La selección argentina sin intenciones de volverse símbolo o mensaje
nos dan un mensaje y se trasforman en símbolo cuando simplemente hacen lo que efectivamente
piensan y sienten. Quizás el pueblo argentino se siente más identificado con la
gente que no se la pasa acusando al resto con cosas que ni ellos mismos pueden
mantener, con los que se ofenden menos, con los que no joden a nadie y
pretenden que nadie los joda.
Publicado por Juani Martignone.
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