Quién te cantara
Lejos quedó la muerte del Indio Solari y nadie necesita aclarar su fanatismo. Es el momento de un nuevo ídolo popular.
La periodista Paula Guardia Bourdin no tiene treinta años y
la muerte de Carlos “el indio” Solari, líder de Patricio Rey y sus redonditos
de ricota, la afectó de la forma que afecta la muerte de un ídolo: como si se
tratara de un familiar cercano. Quienes no la seguimos tanto, pudimos ver en
sus redes y en el programa que tiene como panelista, un despliegue digno de un
fanático, que además de las remeritas y las frases hechas, hay una discografía
de memoria y una biografía estudiada como la propia vida. Una fanática pura cepa.
A ella jamás le hubiera pasado lo que Leila Guerreiro que confesó de confundirse
al indio, con Patricio Rey.
Fuera de la discusión adolescente de quién es más fanático
por saber qué quiere decir la frase que popularizaron la triada de Borges, Bioy
Casares y Vargas Llosa “el lujo es vulgaridad”, lo que llama la atención es que,
por edad, Leila debería ser la que le enseñe a Pola sobre una banda famosa en los
’90 que se llamó Patricio Rey y sus redonditos de ricota y no al revés. Cuando
Pola tenía dos años los Redondos sacaron su último disco, tocaron por última
vez en la ciudad de Buenos Aires y bastante antes de que naciera había ocurrido
el fatídico caso de Walter Bulacio, necesariamente su fanatismo devino por el
estudio de la banda como un hecho del pasado y no como el acompañamiento on
going de la misma. Para hacer un paralelismo conmigo mismo, podría decir que a
Pola le sucede lo que me sucedió a mí con los Beatles: una canción me llevó a
realizar un trabajo arqueológico de un movimiento que me costó entender por qué
fue disruptivo, básicamente porque tuve que comprender a la sociedad de aquella
época, cuando. En cambio, con Fernando Peña no tuve nada que investigar nada porque
una vez lo encontré de casualidad en la radio y nuestros crecimientos fueron en
paralelo, no necesité comprender la sociedad porque era la sociedad en la que
vivía y sé el efecto que produjo, que me produjo a mí y a los que estaban alrededor,
incluso a veces disiento con lo que hoy se dice de él, a la distancia. Ningún
camino es mejor que otro, son distintas experiencias de la adoración de algo
que en el fondo y sabiéndolo todo, no deja de ser desconocido.
El caso de Pola sirve para ponerle nombre y apellido a un
movimiento que proliferó en redes tras la muerte del Indio: miles de jóvenes que
nacieron cuando la banda ya casi no existía, expresando un fanatismo desmedido.
Claro, que en las redes existe el postureo y aunque también existe los casos de
jóvenes muy jóvenes fanáticos de bandas que vivieron sus padres o sus abuelos,
es importante preguntarse ¿Por qué esta bien posar fanatismo por el Indio
Solari? Mi tesis de viejo +40 que nunca fue fanático de los Redondos pero que
me conozco su discografía completa, viajé algunos kilómetros para verlo y
participar de la misa india y que tiene una foto de chico con una remera de “Bang
Bang estás liquidado”, es que el Indio fue uno de los últimos ídolos populares
de música ¿Quién nos queda? ¿Charly? Y quizás me olvido de alguno más, pero
luego de ellos ¿Quiénes? ¿Duki? Es probable, aunque la segmentación que
producen las redes genera que ninguno se transforme en un movimiento de masas.
Quizás el último evento de masas actual a nivel mundial sea el fútbol, tras lo
visto en los últimos mundiales.
En unas semanas voy a ver a Robleis, el youtuber devenido
en cantante, reconocido gay, que hace música de temática LGTB. El año pasado
llenó tres Movistar Arena y este año va al Hipódromo de Buenos Aires; el video
en el que salió del clóset hace ya varios años es de los más vistos de Youtube
y hoy sigue teniendo una audiencia inexplicablemente alta. Pero Robleis no es
conocido por el mainstream, a pesar de tener furibundos fanáticos. Como él,
existen miles más que están fuera de nuestros radares. El fanatismo y los ídolos
existen, pero en sus nichos, no hay uno que pueda aunar a todos en un lamento
colectivo por su muerte como sucedió con el Indio Solari. Es postureo, el
sentirse obligado a postear por un ídolo de masas, en parte, revela la necesidad
de uno, un ídolo que incluya a más gente de la que está en el nicho, porque el
nicho es gueto y el gueto es discriminación o autodiscriminación o el mote de “raritos”,
entonces la pregunta es si las nuevas generaciones pueden producir el ídolo de
masas que están necesitando, y la respuesta, en principio, es que no. Por eso
lo declaman.
El trasvasamiento generacional, el sueño húmedo del Perón
los años ’70, implica que los jóvenes de hoy continúen adorando a los
movimientos de sus antepasados con el mismo ahínco que le transmitieron sus padres;
algo de eso habrá en los chicos nacidos después del 2000 que adoran a los
Redondos. Justamente el problema del Perón de los ’70 fue que ese
trasvasamiento no había sido efectivo: pasar el contenido de una generación a
la otra, es imposible sin perder algo en el medio o sin agregarle una mirada
actual de las cosas, de hecho, así funcionan los historiadores revisionistas.
Los chicos que desarrollaron adoración por Perón a través de los libros y los
cuentos de sus padres, que pasaron a llamarse montoneros, colisionaron con el
mismísimo Perón por haber interpretado la doctrina con los lentes de su época,
entonces creyeron que el peronismo era un movimiento de izquierda, cuando la
famosa frase de Perón era “ni comunistas, ni capitalistas, justicialistas” la
pronunció tras una fuerte crítica de la izquierda argentina que en ese momento
era una izquierda ilustrada; y movidos por el espíritu de época que se
arrastraba de los años ’60 los montoneros creyeron que el autoritarismo de los
gobiernos peronistas se debía a un desprecio de la democracia, cuando en
realidad fue justamente un movimiento de masas para ganar las elecciones
democráticamente.
Hoy criándonos con historiadores revisionistas considerados
como serios, con Felipe Pigna como epítome de ellos, aunque cada día hay más
(ver el Colorama de los historiadores lo confirma), lo más probable es
que los jóvenes de hoy entiendan los movimientos del pasado teñidos con sus concepciones
actuales del mundo, sin permitir comprender un mundo que por ejemplo no se
cuestionaba tanto el machismo que exudaban los ídolos populares. El caso más icónico
de que este trasvasamiento no fue exitoso, es el caso de la serie Friends que
marcó a los jóvenes de los años ’90 como yo y no pudo trasladarese a los
centennials que la odiaron acusándola de transfóbica, gordofóbica y
materialista, sin entender que en los años ’90 hablar de subrogación de vientre
o tener un padre trans, una novia que te deja por una mujer, un pasado de gorda
que te persigue en el bullying, aunque sea a través de chistes, era un acto
bastante disruptivo para la época.
Lograr un trasvasamiento generacional requiere, sobre todo,
salirse de la posición de egoísta de nosotros y nuestro tiempo, algo que parece
difícil en esta época de narcisismo y el like. Recuerdo cuando me invitaron a
militar el matrimonio igualitario en 2010 y yo, como dije unas líneas antes,
fanático de Fernando Peña y lector meticuloso de Beatriz Sarlo, odiaba la idea
heteropatriarcal que implica el concepto de matrimonio, odiaba que la única
forma que la sociedad nos aceptara fuera pareciéndonos cada vez más a la comunidad
heterosexual y a sus ritos, sus usos y costumbres. Sospechaba que si accedía a
usar la herramienta del matrimonio, mañana me presionarían para casarme o para
tener hijos o para tener una casa color pastel con muebles escandinavos y un
labrador en la puerta, o sea, la vida de objetivos y presiones de un
heterosexual promedio y yo quería seguir siendo gay, con todo el background
cultual que conlleva, incluso el oscuro de los antros espantosos en los que nos
metíamos y la violencia a la que estábamos expuestos y nos hacía caminar por
cornisas con el cuchillo en la liga. Creo que no me equivoqué: los gays se
parecen cada vez más a los pakis y viceversa, las individualidades se funden en
la alienación y todos posteamos lo mismo. Pero, queriendo convencerme de lo
contrario (siempre asumo que mi posición por más férrea que sea puede estar
equivocada), participé de cuanta charla se daba sobre el tema y fue ahí que me
encontré con los putos viejos (en ese momento, decirlo así no implicaba ofensa,
era inocuo por realista) que contaban con dolor las vejaciones que sufrieron en
los años ’80 y ’90 por ser considerados ciudadanos de segunda clase, ciudadanos
que no pueden hacer algo que desean como casarse. Escuché historias de hombres
que no pudieron ver morir a su pareja en Muñiz por no ser familia, hasta
hombres que se quedaron en la calle a pesar de haber comprado la mitad de una
casa con su pareja muerta. Poco importaba lo que a mi y a mi alma le pasaba y
le sigue pasando con el matrimonio, no era momento de ser egoísta, era momento
de escuchar a las viejas generaciones y comprender qué vivieron para reparar,
para mejorar, para honrarlos y, después de todo, siempre tenía la opción de no
casarme, pero no mi única opción, mi único destino.
Las generaciones actuales de gays no están muy abiertas a
dejarnos pasar que algunos putos todavía pensemos en activos y pasivos o que el
sexo es penetración o que el sexo en un baño en morbo, historia, cultura y no
perversión, o que el sexo es un motor de la vida gay y eso no nos vuelve
libertinos asquerosos, porque no somos puritanos y no creemos que el sexo sea
algo malo o algo que debe tratarse con cautela y decoro. La propuesta actual es
extender la adolescencia hasta el hartazgo y razonamiento es adolescente, egoísta
y férreo. Hoy veneran a Moria por kistch, pero eligen obviar sus comentarios
gordofóbicos, machistas y racistas, de nuevo, recuperan el pasado haciendo un
recorte sesgado con los lentes del presente, como los montoneros con Perón,
como los pibitos llorando al Indio.
Publicado por Juani Martignone.

Comentarios
Publicar un comentario