Malvinas: una dimensión humana
En el TEG por la conquista de Malvinas hay cálculo y sentimiento, pero desde el tablero no ve que ahí vive gente.
Hace unos años viajé a Malvinas sin respuestas ni
convicciones, ávido de que ese tiempo, en ese espacio me dijera qué pensar
sobre el tema que nos ataña a los argentinos, y aunque no lo sé del todo,
porque a diferencia de la mayoría de los argentinos que tienen un pensamiento
definido y completamente cerrado, tallado por pocos datos, un sentimiento
malvinero o el siempre efectivo nacionalismo que bien sabe llegar al corazón de
cualquiera, mi pensamiento sobre los temas es el sueño de Gaudí: una eterna
construcción; y el hecho de haber estado una semana en la isla complejizó aun
más lo poquito que había construido, al punto de no poder decir exactamente a
quien le pertenecen las islas, si a los argentinos, si a los ingleses o si a
los que viven en ellas.
Siempre que me preguntan qué me dejó el viaje al Malvinas
digo que me dio una perspectiva humana del conflicto, que detrás de toda la
diplomacia, la guerra, la historia y lo que se siente en el obelisco, hay
gente; gente que piensa, que también siente, que vive, que, como nosotros,
tiene intereses y ambiciones. Y claro, en este país en el que la ideas que se
militan se pintan en trazos gruesos, mi respuesta no satisface a nadie y dejan
de escuchar activamente cuál fue mi experiencia, porque la voy a complicar, porque
no voy a afirmar que son argentinas, porque voy a agregar otra capa de
pensamiento y la gente quiere algo más simple: militar por causas que entren
una oración.
Cuando hablo de dimensión humana me refiero a algo tan
estúpido que suena tan estúpido como lo voy a escribir: cuando llegué me di
cuenta que ahí vivía gente. La vida transcurría como en cualquier otro lugar,
de un modo distinto al argentino, de un modo distinto a todo, por el clima, por
la turba, por vivir en el culo del mundo y estar casi aislados del mundo. En
esa tierra dificilísima que muchos argentinos dicen amar suceden cosas que
nadie está enterado y hay personas, seres humanos, pasibles de derechos
humanos, claro, que eligen esa tierra para vivir, trabajar, desarrollarse,
traer descendencia, intentar ser felices, prósperos, pensar el mundo, enterrar
a sus muertos y honrarlos. Detrás de la ingeniería diplomática, historiográfica
y geográfica, cuando sacar todos los velos de los datos duros, está la gente,
está la vida siendo vivida en cualquier rinconcito que le permitan. Podría hace
mil analogías con situaciones actuales que los números muestran prosperidad,
pero el sólo contacto con otra persona, con la mismísima humanidad te da otra
perspectiva, pero hacerlo mostraría aún más las inconsistencias ideológicas de
los que se dicen ideologizados para justificar adhesiones que no siguen muchas
líneas de coherencia sino el simple deseo.
Este no es un decálogo para abandonar las ciencias duras,
al contrario, nadie que me conozca con mi formación técnica hasta el hartazgo
podría creer que lo haga, simplemente creo que todo ese estudio debe verse en
el campo; ese fue mi aprendizaje en Malvinas: todo lo que había estudiado, poco
se veía en una tierra con una población que respira. Aunque los números sean
contundentes y den a un único ganador, el pueblo debe convencerse de ese
ganador, esa es la dimensión humana, la más difícil de medir y controlar, y es
entonces lo que uno lo hace dudar si en verdad en estos conflictos hay
ganadores o un merecido ganador. La solución tiene que conformar al dato duro y
al dato sensible. Por eso, escuchar a los que se enrolan en un dato duro o
sensible según sus conveniencias partidarias o sentimentales es deshonesto a
nivel intelectual. Básicamente, el debate por Malvinas es deshonesto
intelectualmente. El único dato que no entra en el debate es el de los derechos
humanos, si en ese pedazo de tierra viven humanos, entonces alguien debería
velar por esos derechos que les corresponden por ser humanos, es poner en
práctica eso que dicen que defienden cada 24 de marzo llenándonos de historias
y memes y de grandes discursos que después no se confirma cuando hay que
defender el derecho humano de alguien que no me gusta, que no es mi amigo, que
no piensa como yo; algo menos aristocrático.
Para los que estuvieron en aquella plaza en el año 1982,
los que están en la actualidad, incluso muchos veteranos que los mandaron a
cagarse de hambre y frio a un territorio espantosamente hostil, la guerra fue
una buena decisión, fue una advertencia, un “conmigo no”, algo parecido a lo
que quiso hacer Cristina Fernández y Pino Solanas con la ahora famosa ley para
castigar a quienes ayuden a los isleños y que en estos días, el presidente
Javier Milei, en otro acto de homenaje al kirchnerismo, la revindica y la
exacerba, porque no deja de ser un presidente de modos kirchneristas al que le
subieron el volumen al mango.
Lo cierto es que las Malvinas era una cosa antes de la
guerra del ’82 y pasaron a ser otra cosa muy distinta después de la guerra del
’82, para los isleños, para los argentinos, para los ingleses. La relación
entre ingleses e isleños que casi no existía se vigorizó al punto de instalar
una fenomenal base militar en Mount Pleasant en la isla (algo que jamás había
visto en mi vida pro su magnitud y su militarización) y la relación entre
argentinos e isleños que, previo a la guerra, era amena, comerciaban, había
vuelos, los isleños aprendían español en las escuelas, tenían una YPF, tras
llevarles la guerra al patio de sus casas, la relación se rompió, encuentran en
los argentinos una traición de quienes hasta ayer eran sus amigos, a la vez que
encontraron y encuentran falsa e impostada la preocupación de los ingleses por
ellos; tuvo que suceder la guerra para dejar de ser invisibles. Por eso, en
este debate de cómo se sienten los isleños, si argentinos o ingleses, la
respuesta es: isleños o Falkland islanders como a ellos les gusta decirse. Con
cada uno que hablé se les nota la herida con los argentinos y eso los aleja y
la lejanía con los ingleses que ni siquiera les pueden mandar huevos frescos
más una vez por mes y les metieron una base militar que por supuesto los
protege de que no vuelvan a sufrir como en el ’82, pero de la que se sabe poco
y ellos sospechan que ahí se vive mejor que en la capital Puerto Stanley o
Puerto Argentino, de hecho uno me dijo con la envidia inyectada en los ojos
“dicen que ahí tienen un pequeño cine y pasan los estrenos. Acá las películas
las vemos dos o tres años después, cuando están la tele” porque otro dato es
que casi no tienen internet para tener plataformas, cuando fui, estaban probando
Starlink y realmente funcionaba bien, pero por burocracias, tenían prohibido
usarla; todos nos conectábamos de alguna forma, de contrabando.
Entre la territorialidad o autodeterminación de los pueblos
que los políticos argentinos se mueven de casilleros en función a como movió su
enemigo o su amigo, existe, sobre todo en la Argentina, un menosprecio
fenomenal por la gente que vive en las islas. No creen en la legitimidad de su autodeterminación,
aunque hayan sido ellos mismos, mediante su consejo deliberante, los eligieron
vender los derechos de pesca, o explorar el petróleo en alta mar, porque
indican que son una población implantada. Como toda colonia (Argentina fue una)
al principio la población es implantada, pero luego de seis generaciones
viviendo y muriendo y descendiendo en la isla ¿podemos seguir diciendo que son
implantados? Tu padre, tu abuelo, tu bisabuelo, tu tatarabuelo nacieron,
crecieron y de se desarrollaron en esa tierra, pero como tu tatara tatarabuelo
fue implantado, ninguno tiene derecho a decidir sobre el lugar en el vive y
trabajo y vivió y trabajo toda su ascendencia. ¿Qué podemos decir entonces
todos los argentinos que llevamos apellidos europeos que vienen de la colonia?
¿Somos también una población implantada? Porque las circunstancias datan casi
del mismo tiempo. De nuevo, lo humano. Y tal como sucede en Argentina, la
población no es pura, a medida que pasó el tiempo todos se fueron mezclando con
todos, en la isla viven inmigrantes keniatas, filipinos, chilenos y argentinos,
muchos más de los que la gente se imagina, argentinos, que fueron allá y
eligieron quedarse a vivir, otros, como la chica que tiene el único gift shop
de la isla, que era la hija del playero argentino de la YPF que estaba en la
isla previo la guerra, y madre isleña; me hospedé en la casa de una pareja de
una isleña y un chileno, y así, combinaciones y combinaciones, de trovadores
que van y vienen y eligen vivir en lo inhóspito del viento, el frío y la tierra
en la que no es capaz de germinar ninguna semilla.
Existe un sentimiento malvinero muy profundo que surgió
después de la guerra, que no se interesó por saber qué pasa en la isla, porque
lo importa es anexar territorio y que adentro de ese territorio venga lo que
venga. Un movimiento sentimental que se ve en las estampas de la ropa de
trabajo, en carteles en las rutas, en las líneas de colectivo, pero es amor al
territorio, amor al mapa como corresponde geográficamente, amor a la bandera
clavada en cuanto lugar se pueda como se hizo en la campaña del desierto en la
Patagonia (otra incoherencia de los defensores) y yo creo que todos esos
motivos están bien, son valederos, pero al ver la cancha de fútbol en la
escuela, los niños en la pileta climatizada, los viejos en un asilo con
balcones que miran al mar, pienso que no puede imponerse nada sobre esa tierra
sin pensar en ellos, en la humanidad que sucede dentro de un territorio. En el
año 2016, contra todo pronóstico, el gobierno argentino, además de tramitar un
vuelo semanal que salía de Córdoba, gestionó la posibilidad de algo inmenso que
fue, enviar al equipo de Antropología Forense para identificar los cuerpos de los
argentinos enterrados en el cementerio argentino en la isla. Se les puso nombre
a las lápidas, se les dio a las familias la posibilidad de repatriarlos o de
tener un lugar para llorarlos donde murieron, y año a año hacen una visita
todos juntos. Para que eso suceda, para darle un digno sepulcro a muertos
injustamente, trabajaron argentinos e isleños. Eso es la humanidad.
Cuando recorrí la única pequeña ciudad no sabía cómo
enfrentar a un isleño, no sabía si me iban a ver como un enemigo o como un
snob, y aunque viví situaciones complejas, nunca de la mano de un isleño sino
de otros visitantes e inmigrantes, lo que entendí es que ellos están abiertos a
recibirnos si a nosotros nos interesa genuinamente saber quienes son, qué es
Malvinas. Me encontré en algo de historia compartida, que no es la guerra, en
un Río Gallegos que extrañan, en grandes campos que ellos llaman “Estancias” en
trabajadores rurales que ellos llaman “Gauchos”, en canchos que llaman “Chanch”
y en un modismo que usan para llamar a cualquier persona que es el “Che” y
suena un poco a “Shey”.
Cuando todos los datos duros se me borraron, me encontré
con gente, que a veces se parece mas a mi y a veces no, pero que quiere lo que
todos queremos, hacer su vida sin que los jodan. No sé qué nacionalidad tienen
que tener, no sé si hay que ser más diplomáticos llevando todos los años un
papel a la ONU o ser más punitivitas como quieren ser ahora y ahogarlos en
todos sus intentos de crecer. Yo empezaría por hablar con la gente, en
conectarme con ellos, en ver qué tienen para decir, en qué se nos parecen, en
tender lazos, lazos que estaban y que la guerra cortó y nuevos lazos, lazos
genuinos, y quizás algún día ellos mismos quieran ser argentinos o quizás
quieran ser unos buenos vecinos. Porque la humanidad es así de caótica, no
entiende de límites, fronteras o banderas, cuando el vínculo está, todo lo
demás es un trámite.
Publicado por Juani Martignone.

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