Todos están esperando

Más de sesenta capítulos rodeados de muerte que no deprimen, le dan dimensión a la vida. Eso es para mí una buena serie.


Estoy totalmente negado a ver la serie Moria, vi recortes, comentarios y puedo vislumbrar que no es más que otro auto elogio de Moria contando desde el ícono, obviando todas sus partes oscuras que no tienen que ver con sus hombres sino con el apoyo a dictaduras, sus vínculos con la política, su relación opaca con Menem, y, en cambio, elige mostrar un continuado de sus videos de dixits más populares en youtube imitados por actrices de renombre (algunas malas actrices) para que le den proyección nacional e internacional. Siento que el afán de hacer series del estilo catch all, que le gusten a todo el mundo, le están dando a todo el mundo heterosexual un vocabulario que usamos mucho, y desde hace mucho, el mundo gay que es el de los dixit de Moria, medio en chiste, medio en serio y que hace que hoy tengamos al compañero de escritorio de la oficina, que juega LOL y se vuelve loco con Parense de manos, diciéndome en tono burdo “No era jamón, era japaleta” y me da el mismo cringe que cuando mis amigos pakis me hablan como Martín Cirio, con sus frases, sus tonos y sus cadencias, para caerme bien, para empatizar. Como homosexual viviendo en un mundo heterosexual pretendo estar insertado, no así, alienado y el lenguaje que usamos para hablarnos entre nosotros quiero que siga siendo entre nosotros, quiero cuidar la identidad que creamos aprovechando que no nos veían.

Pero algo más me aleja de la serie Moria, que también me aleja de la mayoría de las series que hoy ruedan por las conversaciones: todo el que la vio, me dice “la vi en un día” o “en un fin de semana”. Al concepto de universalizar todo, limar todos los ángulos para suavizar el mundo y atraer a más y más público, se le suman todo lo que hacen que una serie sea, lo que llaman, gourmet cheeseburger, o sea, una serie rápida, adictiva, que no exige mucho, que todo se entiende y se explica; el fast food o fast fashion de las series, al que no me opongo, Netflix básicamente se construye de estas series, pero que como sucedía cuando vivía encima de un McDonald’s, después de comer Big Mac de lunes a viernes, el sábado necesitaba más ensalada, más comida casera. El cliffhanger, la escena que se corta a la mitad entre final de un capitulo y principio del siguiente, que no cambia absolutamente nada, pero juega con tu ansiedad para que no te despegues de la pantalla es una extorsión en la que no quiero caer, primero porque estoy grande, el paladar se me ha sofisticado, soy de digestión más lenta, de disfrutar los instantes mas tiempo porque la conciencia del no estar más, es más nítida y porque ya no soy un adolescente que tiene que poder hablar de todo lo que está de moda sino se queda afuera; ya no duele quedarse afuera.

Con esta diatriba encima elijo algo para ver, además de la TV de aire que me quita la responsabilidad de elegir y me enrostra eso que no me gusta, pero también existe, volví a viejas series que no fueron concebidas bajo la lógica este boom del streaming, sino cuando existía algo que se llamaba Pay per view y a cambio, te ofrecía un producto de calidad, una serie bien escrita, bien producida, bien actuada, con el fin de buscar la excelencia para que un público más sofisticado elija pagar y no llegar a todo el público; y en eso, HBO fue el mejor en el traspaso de un milenio a otro. Volví a mirar clásicos como Sex and the city y Los Soprano (todos los que me conocen saben cómo le quemo la cabeza a la gente con Los Soprano) y vi nuevas series (porque esto no es una oda al pasado sino a la calidad) como The nigth of, Olive Kitteridge y Half man. Y la última, que terminé hace apenas días, y me llevó a escribir estas líneas es Six feet under, un clásico que nunca había visto.

 


 

Tal como me pasó con Los Soprano, que la temática, mafia, en ese caso, no me atraía para nada, en Six feet under, la serie se centra en una familia de funebreros (“six feet under” es la misma referencia que nosotros usamos cuando alguien está enterrado y decimos que está “dos metros bajo tierra”), que es algo que particularmente tampoco me interesa, pero cuando algo está bien escrito, uno se empieza a dar cuenta de lo verdaderamente interesante: que mafiosos o funebreros son personas que viven, sienten, piensan, que tienen sus conflictos, que ganan, que pierden mucho, que nada es tan absoluto, y eso es lo primero que me atrae: no hay héroes ni villanos, ser funebrero no es el mejor trabajo del mundo ni el peor, es un trabajo, y quienes lo ejercen no son sádicos o góticos ni abyectos ni gente que le sensibiliza todo los males del mundo; son gente que trabaja, que a veces lo hace en automático y a veces, no pueden sostener un día laboral porque en sus vidas retumba en el cadáver que están preparando y en el sufrimiento de la familia que lo vela. En definitiva, la serie al revés de idealizar o juzgar, los pone sobre la tierra para decirnos una boludez enorme que todos sabemos, pero parece que nos tienen que refrescar para sacarnos los prejuicios: son personas comunes.

Si de Los Soprano el tema que subyacía todo el día a día eran aquellas cosas que no se dicen, en Six feet under, eso que siempre está detrás de todo como un latido imperceptible que marca el pulso de la serie, es la muerte. El primer capítulo, empieza con la muerte del padre, el funebrero del que heredaron la profesión, al menos uno de los hijos Fisher y ahí nos mete en el primer dilema sin respuesta ¿qué pasa cuando una familia que vive en el piso de arriba de una funeraria, que duerme todas las noches con cadáveres de desconocidos en un freezer en el sótano, que acompaña en los duelos de otros y está acostumbrada a enterrar muertos ajenos, tiene que poner en un cajón, velar y enterrar a un muerto propio? Y spoileo algo que todos sabemos: siempre somos mejores cuando el dolor es ajeno, con el propio somos erráticos, despreciables. En adelante, todos los capítulos de la serie, salvo en el último, van a empezar con una muerte de un desconocido que luego se velara en la funeraria de los Fisher: muertes plácidas de ancianos, muertes espantosas de bebés, muertes por accidentes, por negligencia, por inseguridad, muerte de hermanos, de hijos, de padres, de esa persona que estaba peleada con todos, muerte de violadores, muerte de gente sin familia, suicidios, accidentes domésticos, sexuales.

¿Por qué ver una serie con tanta muerte? Y la respuesta de nuevo vuelve a ser esa que todos sabemos: porque la muerte es parte de la vida. Fácil decirlo y difícil practicarlo. Tengo una relación extraña con la muerte. En los últimos diez años enterré a mi papá, que sentí el instinto de verlo y murió minutos antes que llegara, cuando estaba viajando. Murió mi abuela, mientras estaba el volando de nuevo a Buenos Aires y nadie podía contactarme para avisarme; la velamos el día de mi cumpleaños. De lo más duro fue enterrar a mi hermana más chica, que estuve en ese hospital y que logró tener un rapto de lucidez para despedirse; al mes me estaba yendo a Japón. Murió la tía de pareja, muy cercana a nosotros, mientras estábamos en un periplo de aviones, volviendo de Malvinas, para tratar de llegar antes del deceso. Murió mi suegro una mañana que nadie lo encontraba y resultó que murió cuando intentaban robarle; a la semana me echaron del trabajo. No sabía si vida era demasiado dramática, si la muerte era una marca o una desgracia, sé que uno no se acostumbra ni cuando sucede, ni cuando pasan los años; cada muerte duele y uno nunca está canchero con el manejo del dolor.

Ver una serie sobre la muerte, me llevó a ponerme en la realidad de que lo que a mí me pasó no es excepcional, que muchos pasan por lo mismo, por peores o mejores cosas, que, en definitiva, es algo por lo que todos vamos a pasar, todos vamos a morir y todos vamos a velar a alguien, y se podrían hacer escalas de muertes mas o menos dolorosas, pero cada muerte duele y eso es lo único que cuenta. Enfrentarse a tener que ver todos los días cómo se enfrenta la muerte cuando en el medio estamos viajando, festejando nuestro cumpleaños, nos están echando de nuestros trabajos, nos lleva a dar una dimensión más profunda a la vida, la vida es vivir y sobrevivir, y sobrevivir conlleva enterrar a aquellos que no nos sobreviven, mientras en el medio vivimos. Qué hacemos con nuestra vida, qué no hacemos, cuánto la aprovechamos, cuánto la desperdiciamos, qué decimos y qué nos quedó sin decir, y así todos los dilemas de la muerte, puestos en el llano, en la mismísima normalidad del día a día, nos hace ver imperfectos, claro, pero normales, humanos; a todos los faltó un abrazo más, también todos cargamos con algo de culpa. Desde la serie nos están diciendo que no saben cómo lo estamos haciendo, simplemente que lo hacemos de la mejor manera que podemos y creemos y eso es vivir, sin recetas de éxito ni castigos por el fracaso; haciéndonos cargo de lo que es arrastras una vida.

Para agregar, el guion es exquisito, la dirección es pulida, tiene transiciones suaves, los capítulos son para, máximo, ver uno por día y digerir poco a poco lo que sucede. Las alucinaciones tienen una producción despampanante que es increíble el despliegue para apenas tres minutos de capitulo y las actuaciones son tan increíbles, que, además de que todos cantan y bailan (se van a encontrar con una serie densa salpicada por destellos de musical), te llevan a lo profundo, uno vive con ellos sus dramas, sus obsesiones, sus ilusiones. Los personajes, complejos y maravillosos, le dan capas de sutilezas: Frances Conroy como la matriarca de la familia de funebreros, revolea a cada instante, con cada frase, con cada gesto, debates feministas, desde la vejez en una mujer, el sexo, el derecho a ser puritana, la rectitud del deber ser, odiarse por servir sólo como niñera de sus nietos, extrañar a sus nietos, haber sido sólo madre y ama de casa y sufrir el nido vacío. El hermano mayor, conflictuado, hippie, queriendo ponerle el corazón a un negocio que cobra por enterrar el dolor, a vez, déspota y despreciable, egoísta. La hermana menor, la paracaidista, la que esta bien económicamente y se suma en toda campaña de pobres y desvalidos, que quiere ser artista y no encuentra en ese mundo de niños ricos algo de empatía y sólo un republicano pro guerra de Irak será el que le va a demostrar real interés; una grieta manifestada como estúpida, algo así como que hoy una piba rica, blanca pro Palestina encuentre cariño verdadero en un pibe negro que se identifica con MAGA. Y el hermano del medio, que personalmente me tocó directamente porque es un calco de mi personalidad, es el único que lleva el legado del padre, aunque le cueste, es un control freak, atento, antepone los dramas ajenos a los propios, laburador, obstinado, sabe que no es el favorito de ningún padre y atraviesa su salida del clóset en una de las mejores veces que vi representada la homosexualidad masculina, de nuevo desde el completo llano. También son importantes en la trama las historias de latinos, de negros, de hermanos que están enamorados, que los tiene como protagonista.

A dos capítulos de terminar la serie me crucé en una calle de Chelsea en Nueva York a Michael C. Hall, el actor que interpreta a este hermano del medio y que todos lo conocen por ser el protagonista de Dexter, y me dijeron que soy más igual todavía. No creo en señales, tampoco en sugestiones, pero llegué a Argentina, vi el final y realmente, fue de las mejores series que vi en mi vida.      

 

Publicado por Juani Martignone.

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