La educación como una cuestión de guita

Cuando el debate educativo es un postureo de redes sociales, gana el que tiene más billetera.

Hace algunas semanas terminé de leer Facundo de Domingo Faustino Sarmiento, famoso, porque de un tiempo a esta parte se demonizó con una frase o un subtítulo inexistente o una intención del autor que indica a los europeos como civilización y a los indígenas como barbarie, dato que, a priori, podría confirmarse incorrecto con el origen europeo de Facundo Quiroga, el protagonista del libro, pero poco importa en tiempos dónde una opinión debe poder caber en un posteo de redes sociales y con la polémica suficiente para generar engagement, a nadie le interesa leer un clásico complejo para intentar comprender la compleja idea de cómo las ciudades, la relación amuchada con otros distintos civiliza y la enajenación solitaria de los campos nos vuelve más bárbaros; el sueño de Sarmiento de poblar el interior para contrarrestar la desigualdad geográfica del país que tan bien describe, hacer que la civilización esté en cada rincón del país y no sólo en Buenos Aires. De nuevo, poco importa, leer clásicos me deja con una sola conclusión: quienes más los citan, son quienes lo leyeron por resúmenes de fotocopias. Lo triste (percepción completamente personal), en el caso de Sarmiento, que su figura es juzgada en la actualidad con técnicas que denotan que otro de sus grandes desvelos, sino el más importante, ha fallado. La población que se comprometió en los esfuerzos junto al Estado sarmientino por posicionarse en los primeros puestos regionales y globales a nivel educativos, hoy no puede hacer doble click y leer más de una carilla antes de emitir un juicio de valor con vehemencia. Ese es el estado de la educación argentina que se complementa año a año con índices y mediciones de todo tipo que indican que, a medida que pasa el tiempo, estamos peor, que desde el año 2000 aproximadamente, los niveles educativos secundarios decrecen hasta los niveles desesperantes actuales. En los últimos veintiséis años ningún índice mejoró ni siquiera estacionalmente, sólo empeoró.

 



El debate de esta semana, o más bien, que viene arrastrado de los últimos años, refiere a la educación universitaria, puesta en términos catastróficos, que son los términos que las redes sociales educaron a quienes levantan la voz más de los que los pudo haber educado una experiencia educativa con pares y docentes. Primer indicio. De un lado tenemos “la educación está en peligro” “quieren privatizar la universidad” y del otro “no hay plata” “no se dejan auditar”. Vacuo por el rincón que se lo quiera mirar. Para hacer un pequeño y simple racconto del estado de situación que se pretende discutir compartiendo fotos en Instagram, el poder legislativo, cuyo objetivo principal es crear las leyes para mejorar los problemas que surgen, promulgó una ley para aportar más presupuesto (o sea más dinero) a las universidades públicas; el poder ejecutivo, cuyo objetivo principal hacer cumplir esas leyes que el legislativo promulga, se negó a hacerlo porque indica que la ley está mal hecha porque no incluye de dónde deben sacar los fondos; entonces se recurre al tercer poder de una republica democrática como la nuestra: el poder judicial, cuyo objetivo principal es definir técnicamente (por eso es lógico que sea el único poder no electo por el pueblo) si lo que ejecuta uno es acorde a lo que legisló el otro y si lo que legisla el otro está acorde para ejecutarlo o se choca con otras leyes o bien con la constitución. La respuesta del judicial fue que el legislativo no había hecho nada mal y el ejecutivo debía ejecutar. En este encono negativo que tiene en su narrativa el gobierno actual con la educación como con la cultura y los discapacitados, hizo todo lo que el marco legal le permite para no cumplirla y los otros poderes hicieron todo lo que el marco legal les permite para hacerla cumplir. Nada de lo hecho está fuera del Estado de derecho, nada, hasta que el poder ejecutivo se niega a cumplir algo que los otros dos poderes, que son los que lo controlan, lo instan a cumplir con o sin razón, porque a diferencia de lo que dice que el gobierno, la razón ya no la tienen cuando tuvieron instancias de revisión y apelación y ninguno de los otros dos poderes que gobiernan la Nación no le dieron lugar por unanimidad. Apegarse a los designios de los poderes del Estados es estar a derecho y el gobierno no lo está. Sí, es cierto que durante el kirchnerato de más de una década tanto Néstor, como Cristina se negaron a cumplir todos los fallos que no les gustaban y nada pasó, pero este gobierno que dice antagonizar con ese período, se comporta exactamente igual: los kirchneristas también dicen que Cristina está injustamente encarcelada cuando su causa fue vista y apelada por absolutamente todas las instancias que da el Estado de derecho para determinar de la forma más justa que sabemos hacer, que alguien es culpable o una ley está bien hecha. Vivir en una democracia plena, a diferencia de los que creen que se trata de poder votar en un período determinado, también es aceptar que hay reglas y cumplimientos que debemos acatar, aunque a uno no le guste, pero es lo que el Estado democrático determinó que es lo mejor para el bien común.

Ahora bien, si la educación está en peligro y los índices desde hace más de veinte años azuzan lo mismo, que el gobierno acate la ley y ponga la plata ¿resuelve el problema? ¿es esta una marcha por el estado de la educación o por los fondos, por el dinero? Podrían decirme, como dicen, que sin dinero no se puede tener ningún tipo de discusión sobre la calidad y ahí es en donde entiendo que el gobierno tiene un punto, pero lo plantea como todo lo que plantea, a las puteadas y gritando más que haciendo. Es importantísimo plantear un debate, no sólo sobre la calidad educativa sino sobre el alcance que tiene esa educación en la Argentina. Podemos afirmar que tenemos una de las universidades más prestigiosas del mundo como la UBA, pero si ella más otras universidades, entre las que también se encuentran las privadas, sólo pueden producir un 15% de profesionales universitarios (la estadística siempre se infla con los terciarios) de la población total, es cierto que que la universidad no le llega a todo el mundo, sino más bien pocos, o a menos de lo que le llega a nuestros vecinos de la región; tendríamos que afirmar que teniendo una universidad de calidad tenemos la misma accesibilidad que Perú y Uruguay que producen la misma cantidad de profesionales, pero mucho menos que Brasil que tiene el 25% de su población con título universitario y muchísimo menos que Chile, donde el 45% de su población cuelga un cuadro con titulo emitido por una universidad. De ser el país sarmientino que tuvo a toda su población alfabetizada en la región a ser el país que no puede profesionalizar en gran escala a su población a pesar de ofrecer calidad y gratuidad en sus universidades. Y aunque los índices que en veintiséis años demuestran que la educación sólo empeoró refieran sólo a la educación en los ciclos iniciales, es un problema para las universidades a la hora de producir futuros profesionales porque uno de los siete de cada diez chicos que se recibe del secundario sin comprender un texto de complejidad media, no va a poder acceder a la calidad que la universidad propone y entonces o se baja la calidad (como propuso un partido de sacar matemática del CBC) o se sólo de egresan los excelsos, las excepciones.

Viendo dos o tres números, se puede entender la lógica del gobierno que dice gastar mucho para recibir poco, y cuando hablamos de gastar implica no sólo gastar dinero efectivo en una universidad, es gastar tiempo de mano obra productiva de jóvenes que no producen para mejorar su condición intelectual, que a futuro y gracias a ello, podrá producir más y mejor, incluso si no termina la carrera, si no engrosa el porcentaje de profesionales del país, porque alguien que atraviesa la universidad, indefectiblemente tendrá una mirada y una capacidad distinta del que no, lo que hará tener la sociedad más formada. El tema es llegar a la universidad de calidad y gratuita, una discusión que para los porteños no tiene mucho sentido porque la tienen a mano, de la misma forma que los del conurbano tienen la UBA o las universidades del conurbano, pero para alguien como yo, que nació en lugar a dos horas de la Casa Rosada, acceder a una universidad gratuita y de prestigio costó, económicamente hablando, casi novecientas veces más que lo que le costó a un porteño o alguien del gran Buenos Aires, gasto que no todas las familias de mi pueblo podían afrontar, por el contrario, muy pocas, para luego atravesar casi ocho años (si, más de los debía) con todos docentes ad honorem, porque los que cobraban un sueldo, ya por ese entonces miserable, eran los adjuntos y titulares que venían una vez al mes a dar la master class en el aula magna y después nos dejaban con los ayudantes para ver el detalle de planos y maquetas. Entonces ¿cómo podemos profesionalizar más a nuestra población si les damos mala base y lo bueno y gratis se encuentra en puntos específicos del país para los cuales se necesita mucho dinero para acceder? Quizás la clave la esbozó Sarmiento cuando habló de llevar civilización al interior, para que un pibe de pibe Pico Truncado tengas exactamente las mismas posibilidades que uno de Caballito, o sea, la accesibilidad de la universidad ¿Hoy quiénes llegan? ¿cómo llegan? ¿con qué preparación? ¿cómo sobreviven? ¿quiénes logran egresar? Son las preguntas que primero deben resolverse si la educación está en peligro, y con eso resuelto analizar si es que efectivamente falta plata o hay plata que está siendo malgastada, porque entiendo que la intención es que pueda entrar cada vez más gente a una universidad, gente cada vez más distinta, de distintos estratos sociales (no sólo los estratos sociales que se ven en el AMBA, quienes conocemos el interior conocemos otros estratos que no están en los debates que se dan en Honduras y Bondpland) y con posibilidad de atravesar esa universidad de calidad lo mejor posible.

La universidad requiere que la pongamos entre las cuerdas y le hagamos preguntas, le exijamos resultados, eso es mejorarla, soltarle la billetera porque sí, en principio, no parece un favor, aunque sea empíricamente cierto que somos el país que menos gasta en universidades. Es lógico que el gobierno pida rendiciones de cuentas si es que en verdad las va a hacer, decir que gastan mucho, pero desde hace más de dos años no presentan un número o una auditoria con datos de cómo se malgasta es solamente meter ruido, aunque en efecto se malgaste, de nada sirve tener percepciones sin los datos comprobables. Los estudiantes podrían reclamar al rectorado mejores resultados si quieren una mejor educación sin esperar que el gobierno lo plantee y si es tan grave incluso el gobierno hasta podría intervenir la universidad si es que está provocando el defalco que dicen que está provocando o si sólo se trata de una teoría bastante convincente que indica que es la última caja que le queda al radicalismo, pero de nuevo, en esta época, más que los hechos, lo que importa son las posiciones, establecer una postura a los gritos o con imágenes icónicas y lacrimógenas, eso ya significa defender una causa, aunque tengas toda una batería de elementos a la alcance de la mano que no se utilizan porque implica más esfuerzo que poner “compartir” en una red social.

Mientras veía en los medios un nuevo intento por lograr que el gobierno salga de su capricho infundado y vil de ponerse a derecho, leía las notas en los diarios franceses sobre la marcha educativa de los colegios secundarios. En ningún momento se habla de plata, sino de objetivos. El reclamo principal es que los docentes que toman licencias no son reemplazados y tiene tantas horas libres que afecta en el resultado final y no podrán aplicar a universidades de calidad en el futuro; que los docentes en su afán de aggiornarse pretenden dar materias con tecnologías que no entienden y, por ejemplo, se quejan que ya no les dan a leer libros clásicos, ni libros en papel, “ya no se lee Rimbaud” decía un cartel. El sistema educativo francés es muy similar al argentino y sin embargo en las dos marchas había un abismo conceptual. Primero hay que definir el objetivo, y una vez definido hay que poner la plata haga falta para cumplirlo, sin berrinches. Ahora si se pide plata con berrinches y sin plantear un objetivo claro y medible y sin mostrar resultados, es lógico que el otro no quiera soltar la billetera, yo debía justificar muy bien con mi viejo por qué necesitaba más plata para estudiar, a nivel de cuánto había aumentado el cartón o el foamboard y si había recorrido todas las librerías o sólo había ido al “Poli”.

Lo que más me apena (de nuevo, otra expresión completamente personal) del debate educativo es que sea un debate por plata, porque la idea que me subyace es que las cosas son mejores cuando más plata hay de por medio, que el problema educativo se resolverá si le aportamos más dinero, y claro que hay problemas concretos que se solucionan con dinero, por ejemplo un salario docente, pero resulto ese salario ¿vamos a salir a la calle cuando ese docente bien pago tome licencia y no sea reemplazado como sucede en Francia? Lo dudo. Los que seguimos mucho la educación, porque es un tema que nos interesa profundamente, recordamos cómo durante el período comprendido entre el año 2007 y 2013 la población argentina se volcó masivamente a la educación privada en los niveles primario y secundario llegando tener casi el 70% de los estudiantes en instituciones privadas. La explicación del gobierno de turno fue que la gente al tener más plata en bolsillo elije gastarla en educación, y eso es justamente una gran definición de valores, que reconoce que lo público no funcionaba, por eso emigraban, nadie intenta comprarse un auto porque es más barato y más simple manejar todos los días al trabajo, lo hace porque el servicio público de trenes es un desastre, por eso, esa idea deja asentado que si uno quiere algo bueno, debe pagar por ello y cuanto más caro, mejor calidad; todo lo contrario a lo que se intenta decir hoy, pero con el mismo espíritu: la universidad será mejor con más plata, lo mejor es lo que más caro sale. Creo que ese concepto es lo que describe nuestro gran fracaso educativo, por qué la educación, en efecto, está en peligro.

Publicado por Juani Martignone.

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